“Apuntes Inútiles de un Hombre Ileso, pero Indigerible: Tratado Menor sobre la Vejez, el Saber y la Obscenidad de Estar Lúcido”

por Thomas A. Riani

 

He sobrevivido.
Y ello no constituye mérito, sino carga:
defecto estructural del que se atreve a permanecer despierto
en un mundo que adormece con recompensas de barro.

El cuerpo —arca cansada que alguna vez soñó eternidades—
se desmorona lentamente,
como los himnos antiguos de una civilización que el polvo ha mutilado.
No duele la muerte.
Lo que duele, con esa punzada cotidiana y callada,
es la absurda persistencia de estar vivo
cuando todo alrededor ha pactado con la farsa.
 

Estoy cansado, sí.
Pero no claudico.
No por valor, sino por rabia.
Porque no se trata de resistir:
se trata de no permitir que el silencio escriba el epílogo.
Ese silencio cobarde,
disfrazado de optimismo mercenario
por quienes no han sentido el estallido de un buen libro en las entrañas.

Yo aposté a la existencia
como un iluminado torpe,
como esos profetas desnutridos que aún creen en la palabra.
Sabía que perdería.
Pero juego, como juegan los viejos,
por fidelidad al rito,
no por ilusión de victoria.

¿El sexo?
Un parpadeo.
Una estética del grito contenido.
Ahora lo comprendo:
el goce más alto es la inteligencia.
Leer hasta inflamarse de lucidez.
Pensar hasta que el pensamiento se vuelva filo.
Informarse como se besa lo sagrado:
con hambre y reverencia.

La certeza me exalta.
Porque la certeza —la verdadera, la impura—
es saber que el mundo celebra su propia ignorancia
con fanfarrias de neón y necedad permitida.

Me he vuelto más sensible, sí.
Pero no por ternura,
sino por saturación del alma.
Porque el dolor ajeno dejó de ser tragedia
y se volvió estadística de noticiero.

Y la belleza —¡ay, la belleza!—
si no se piensa,
es apenas ornamento de féretros prematuros.

La sabiduría no es consuelo:
es condena.
Una cruz invisible.
Un ojo que no se cierra jamás.

Uno aprende demasiado.
Tanto que ya no puede amar sin ironía,
ni dormir sin dudas,
ni respirar sin sospechar que todo, absolutamente todo,
carece de dirección.

Por eso escribo.
No por posteridad,
sino por decoro.
Como quien vomita flores sobre un cadáver.
Para que si alguna alma extraviada tropieza con estas líneas,
sepa:
yo también estuve aquí.

Y no fui feliz.
Pero fui lúcido.
Terriblemente lúcido.
Y eso —en este siglo de idiotas satisfechos—
es casi una forma de patriotismo espiritual.

Porque el ser humano —criatura sembrada de abismos—
no ha nacido solo para resistir,
sino para significar.

Es en su tragedia donde brilla,
en su búsqueda inútil donde arde,
en su rebelión frente a la nada donde se vuelve eterno.

Y si la muerte ha de ser el final absoluto,
si todo se apaga sin eco, sin sombra, sin memoria,
entonces vivir es una broma cruel,
y amar es escribir en agua.

Por eso el hombre clama por trascendencia:
no como capricho,
sino como instinto.
Como quien recuerda, aunque no sepa por qué,
que dentro de sí late la huella de lo infinito.

Perdónanos, Señor,
porque no sabemos lo que hacemos.
Pero danos fuerza
para combatir no al que yerra,
sino al error.
Porque en la lucha por la verdad,
el hombre se vuelve digno.
Y en la conciencia del absurdo,
encuentra —por fin—
el fuego de su libertad.

"Una mente sin propósito es terreno fértil para los susurros del demonio."

Comentarios

Publicar un comentario