Los prejuicios de la memoria
La dosis exacta de la crueldad Thomas A. Riani Hay placeres que duran un instante y victorias que uno se lleva a la cama, a la madrugada, cuando no queda nadie para aplaudirte. Desear algo y dejarlo pasar. Sentir el impulso ardiendo adentro y no mover un dedo para satisfacerlo. Ahí empieza una forma silenciosa de libertad. Porque cualquiera puede seguir sus ganas. Lo difícil es quedarse quieto, mirar de frente aquello que uno quiere y entender que quererlo no significa necesitarlo. A veces, la mayor victoria no consiste en conseguir lo que buscás, sino en descubrir que podés vivir sin ello. Y entonces, por una vez, no es el deseo el que decide por vos. Sos vos quien decide qué lugar darle en tu vida. Los extremos se tocan, aunque jamás admitan haberse visto. Uno llega envuelto en la promesa de protegernos; el otro, en la de liberarnos. Ambos construyen sus templos con palabras distintas y, llegado el momento, exigen sacrificios en el mismo idioma. No hay nad...