La Conciencia como Umbral

CUANDO EL TIEMPO APRENDE A REÍRSE DE NOSOTROS

Espejo del cabaret humano al borde de 2026

(como si el borde existiera)


Introducción:

La humanidad no avanza: tropieza, se recompone con gran alboroto y, satisfecha de no haberse caído del todo, bautiza esa torpe destreza con el nombre de pensamiento y ahí se incendian los leños secos del olvido.

Da vueltas, insiste, vuelve a tropezar con la misma baldosa floja y después finge sorpresa. El universo, mientras tanto, se inclina hacia el olvido con una educación impecable. No empuja, no grita. Apaga. Como el mozo que retira una mesa vacía sin preguntar si alguien va a volver.

Las estrellas nacen cansadas. Los sistemas se ordenan con la secreta intención de desarmarse mejor más adelante. Todo pierde temperatura, forma, nombre. Y en ese desorden prolijo aparece la vida: una imprudencia breve, una llama que se prende aun sabiendo que no hay aplauso final.

Cada vez dialogamos menos y vadeamos el pensamiento serio, como si nos incomodara su sola presencia. El pensamiento hondo fue desterrado de un plumazo: le sobra demora y le aprieta el lazo en este tiempo arisco, que toma el apuro por viveza y, en la carrera, viste de luto al instante que se le dio de prestado. Nos tiramos a lo sencillo y liviano, a lo que no deja rastro ni remordimiento. Cercamos campos ajenos, estirando ilusiones como tientos viejos, pero el poste cede de golpe y la púa del tiempo, arisca, le va arrancando tajos a la vida.
El ocio se viste de existencia y la distracción se hace pasar por libertad, y así nos ve uno, cinchando parejo por un bocado, pobres de palabras aunque haya millones dando vueltas: no usamos ni doscientas. Y uno, dale que dale, nos mira encorvados en la cincha, ganándonos el pan como se puede.

Leemos poco, hablamos peor y pensamos a medias. Las palabras, antaño instrumentos de precisión, hoy se reducen a escombros funcionales, apenas suficientes para sobrevivir a la conversación. Y mientras tanto, nos engañamos con la idea de progreso, cuando en realidad retrocedemos hacia una cómoda indigencia intelectual.

La juventud —esa abstracción tan invocada como mal comprendida— no es culpable, sino síntoma. Somos una generación que ha decidido no esforzarse, que desconfía de la profundidad y huye del conflicto que implica pensar. Lo simple nos tranquiliza; lo complejo nos delata.

La vida de un hombre, comparada con la duración del cosmos, es un turno corto. Nace creyendo que algo le espera, camina unas horas convencido de que entiende de qué va todo y, antes de que caiga la noche, ya empieza a acordarse más de lo que proyecta. Ama mal, se equivoca con convicción, deja marcas que el tiempo borra sin mala intención.

Pensar —ese gesto soberbio— no es más que un comentario al margen en un libro que nadie va a reeditar.

No todo recuerdo merece insistencia. Y no todo olvido es una derrota. Hay memorias que sostienen, que permiten reconocerse en el espejo un lunes cualquiera. Y hay olvidos que son pura higiene mental, una piedad discreta. Si uno cargara con todo —cada herida intacta, cada frase mal dicha— terminaría loco o solemne, que es casi lo mismo.

El recuerdo absoluto no ennoblece: asfixia. Por eso vivir también es elegir qué se guarda y qué se deja ir, como quien ordena un departamento sabiendo que igual se va a mudar.

La tristeza, y su versión más presentable llamada depresión, no siempre es una falla. A veces es mirar sin filtro. Entender que nada se sostiene demasiado tiempo. No por eso hay que tirarse al silencio ni al retiro espiritual. Desde ahí también se puede seguir, no por esperanza —esa palabra tan usada— sino por una lealtad mínima a estar acá.

Saber que todo termina no impide gestos chicos: llenar un vaso sin tener sed, releer una frase gastada, quedarse un rato más en una habitación donde no va a pasar nada. Hay quien cree que la lucidez lleva a la abstinencia, como si entender el final obligara a deshacerse del cuerpo. Al contrario: la conciencia del límite no paraliza; apenas limpia ilusiones baratas.

Dicen que la alegría necesita ignorancia. Mentira elegante. Uno puede escuchar una canción gastada, arreglar algo que se va a volver a romper, compartir una noche sabiendo que no hay continuidad. No hay engaño en eso. Hay aceptación. Precisa, sin discurso.


Beber no niega el desgaste.
Escribir no cree en la permanencia.
Amar no promete duración.

El amor no se mide por el tiempo que aguanta,
sino por la luz con que se deja ver.
Cuando esa claridad falta, se vuelve peso muerto.

Le decimos “intenso” a lo que pasa como viento de loma
y “sólido” a lo que no nos animamos a largar,
como tranquera vieja que chirría pero nadie cambia.

La mayoría de los amores se vienen abajo
por no saber bien qué son:
demasiado largos para ser un rato de fogón,
demasiado cortos para hacerse destino parejo.

Y esto mismo pasa con la viudez,
en cualquier hábito del vivir, como cosa de campo:
queda la forma sin la vida,
el surco sin semilla,
la casa parada pero sin fuego.

Son zonceras, capaz, quién sabe…
pero llevarlas a la escritura es igual que arriar ganado:
uno no inventa el paso,
lo sigue,
y deja que el polvo diga lo que sabe.


Son gestos modestos en un tiempo que no ofrece salida, pero sí margen de maniobra. No se hacen para ganarle a la muerte, sino para acompañar —un rato— la propia condición.

Leer un libro sabiendo que el final ya está escrito no vuelve inútil la lectura. La afila. Vivir desde una tristeza lúcida no es rendirse; es prestar atención en serio.

No se vive para salvarse ni para llegar a algo. Se vive como quien acomoda una pieza en un tablero perdido. No por fe, sino por fidelidad al gesto.

La tristeza no invalida ese gesto; lo vuelve exacto. Porque solo el que sabe que todo se termina puede celebrar sin chamuyo. Tal vez esa sea la alegría más honesta: la que no promete eternidad, pero tampoco pide disculpas.

Cuando la conciencia de la finitud aparece —porque no aparece seguido— lo hace como una sombra que obliga a mirarse. Más rara aún es cuando viene acompañada de ese clima interno, medio gris, que llamamos depresión. No como enemigo, sino como tiempo atmosférico.

Y aun así, incluso ahí, la vida se vuelve extrañamente hermosa. Aparece el deseo absurdo de quedarse para siempre. Ese deseo ya es tristeza, porque sabe que lo que ama no dura.

A eso se suma otra cosa: el dolor por los otros. No todos lo tienen. Los vínculos no se disuelven: se tensan. Y vibran cuando alguien querido se pierde, fracasa o se quiebra. Verlos caer es también verse caer en diferido.

Ahí el dolor deja de ser privado. Se vuelve colectivo, casi antiguo. Es el dolor del que amó de verdad y no se cerró a tiempo. No es solo tristeza: es conciencia ampliada. Saber que vivir implica perder, y aun así elegir seguir.

Capaz no habla una patología.
Capaz es el alma pidiendo que no la tapen con ruido.

Escribir, en el fondo, es una mala costumbre. Aísla. Obliga a pensar donde uno preferiría hacerse el distraído. Hablar es social; escribir es quedarse solo con lo que no sabe callarse. Y en ese silencio, lo no dicho exige forma.

Dicen que los años pasan. Mentira piadosa.
Los años no pasan: se reacomodan.

Como estaciones mal explicadas en un calendario que finge autoridad. Enero, diciembre… utilería. El tiempo no firma balances. Cambia el clima, no el problema.

Lo único que no caduca es esa charla interna que acompaña como un analista sin matrícula: no arregla todo, pero escucha, ajusta algo y te devuelve al camino con ironía cansada.

Este año dejó algo claro: uno siempre está solo con su conciencia.
Y no es trágico. Trágico sería no tenerla.

La conciencia no consuela: acompaña.
Y acompañar no siempre es amable.

Durante años llamé soledad a lo que era resistencia. Resistencia a sentarme conmigo mismo sin distracciones. Pero la conciencia no se calla: se posterga. Y cuando vuelve, vuelve con intereses.

No estamos solos porque falten otros;
estamos solos porque nadie puede responder nuestras preguntas.

Acompañarse no es quererse: es bancarse. Ser el paciente y el terapeuta, el problema y la herramienta medio rota. No hay manual. Hay prueba y error, introspección torpe y humor negro como salvavidas.

El humor no niega el dolor:
le saca la corona.

La charla interna no se jubila con el año nuevo. No entiende de brindis ni de promesas. Está mientras dure el cuerpo y aguante la lucidez. A veces es cruel. A veces, inesperadamente tierna. A veces se ríe justo cuando uno se estaba tomando demasiado en serio.

Y aun así, entre tanto análisis, aparece algo parecido al amor. No como salvación, sino como gesto mínimo: seguir hablándose sin destruirse del todo. Seguir insistiendo.

Los años se van. Las estaciones cumplen.
Pero la conversación sigue.

Y mientras siga, mientras uno se acompañe incluso cuando no se cae bien, todavía hay camino.
Todavía hay algo vivo que no conviene abandonar.



«À l’heure des bilans»

(A la hora de los balances)

La sabiduría no sobrevive donde el amor aprieta el cuello.
Nadie puede ser sabio cuando está jodidamente enamorado.

El amor no vuelve lúcidos a los hombres:
los vuelve estúpidos, pero con cierta gracia.

Enamorarse es abdicar de la lucidez
y llamar a esa capitulación destino.

"Nadie irrumpe en el amor con conocimiento.
Se entra como en una biblioteca sin índice,
guiado apenas por una estela imprecisa,
una nota de salida que promete sentido
y no lo explica.

Al principio es volátil.
Cítrico, tal vez.
Una ilusión de transparencia
que persuade al espíritu de su autonomía.
Creemos elegir,
cuando apenas reaccionamos
a una molécula invisible.

Luego el amor macera.
Se fija en la piel como una nota media,
insistente, educada,
capaz de simular equilibrio.
Allí nace la falacia:
confundir persistencia con solidez,
duración con verdad.

El enamorado —ese distraído metafísico—
se vuelve vulnerable con método,
estable por costumbre.
Ignora que toda fragancia
es también una renuncia al aire puro,
una forma lenta de encierro.

Más tarde aparecen los fondos.
Resinas oscuras, maderas cansadas,
una dulzura espesa que ya no seduce
pero gobierna.
El perfume no asciende:
permanece.
Y lo que permanece, domina.

Entonces comprendemos —tarde—
que amar es aceptar una alquimia
capaz de disolver la identidad.
Uno ama incluso en la degradación,
incluso cuando la fórmula
se vuelve tóxica.

No hay heroísmo en ello.
Solo una fidelidad absurda
a ese aroma que alguna vez fue promesa
y hoy es ruina.
Así, sin causa ni redención,
el amor puede llevarnos
a la pérdida de la vida,
no por exceso de pasión,
sino por la costumbre
de respirar aquello
que ya nos destruye."

Mientras tanto, el tiempo hace su cuenta regresiva
y el 31 de diciembre se asoma
como un juez que no acusa
pero tampoco absuelve.

Cambia el año. Llega 2026.
No cambia, sin embargo, la torpeza de creer
que el amor aprende algo de los calendarios.

También es peligrosa esa fe
según la cual lo distinto sería fácil.
A veces lo diferente no alivia:
simplemente nos ofrece otra manera de caer.

El año muere, otro nace,
y uno sigue enamorado,
como si la estupidez
también tuviera vocación de eternidad.

No es que el ser humano tenga siempre algo verdadero que decir.
La mayor parte del tiempo habla
para no escucharse.

La palabra funciona entonces como defensa del ego
frente al silencio,
ese lugar incómodo donde habita la sombra.

Pero cuando el impulso de afirmarse se fatiga
y el yo calla —no por virtud,
sino por cansancio—
algo más hondo puede emerger.

En ese intervalo la psique deja de proyectarse
y comienza, torpemente, a mirarse.

A eso hoy se le llama inteligencia,
aunque no sea más que
el primer gesto de conciencia.

No sé con claridad qué intento decir.
Tal vez baste con desear
que el año venidero no sea más fácil,
sino más honesto:
que nos obligue al mismo combate interior,
pero con menos palabras inútiles
y mayor respeto por el silencio que revela.

31 de diciembre de 2025.
No escribo una fecha:
escribo un umbral.

Allí donde todo parece fácil,
el yo se adormece
y lo inconsciente gobierna.

Solo quien se vigila a sí mismo
permanece despierto.

No es un final.
Es una emboscada elegante del tiempo,
que finge despedirse
mientras afila el cuchillo
con paciencia histórica.

El año no muere:
se disfraza.

Cambia de máscara
para seguir haciendo lo mismo de siempre:
gastarnos.

El tiempo no corre: observa.
No grita, no discute, no se justifica.
Mata despacio,
como matan las cosas seguras de sí mismas.

La vida nos concede el tiempo justo
para construir la ilusión de comprensión;
cuando creemos haber integrado el sentido,
nos enfrenta con su sombra
y nos cobra el precio
de lo no asumido.

La conciencia es el precio
que pagamos por no ser eternos.

Hoy me miro al espejo
y no veo una cara:
veo un personaje.

El loco lúcido del cabaret de la vida,
maquillaje corrido, sonrisa torcida,
mirada que no sabe
si reírse del chiste
o del público.

El espejo no miente,
pero exagera.
Y exagerar también es una forma
de decir la verdad.

Este 2025 fue un desfile de sueños:
los grandes, los modestos,
los heroicos
y los francamente ridículos.

Sueños que prometían salvación
y enseñaron humildad.
Otros que ni siquiera se animaron a nacer
y aun así dejaron cicatriz.

Soñar no nos ennoblece.
Lo que nos define
es qué hacemos cuando el sueño se rompe
y no hay manual,
ni profeta,
ni algoritmo
que explique qué hacer con el vacío.

El fracaso no destruye al hombre:
lo obliga a mirarse
sin excusas.

Sentí todo el catálogo humano
sin orden ni cortesía:
angustia metafísica y alegría estúpida;
amor vivido como fe momentánea
y odio ejercido con una lucidez
que después dio vergüenza.

Risas fuera de lugar,
de esas que aparecen
cuando la tragedia se pone solemne
y uno decide faltarle el respeto
para no rendirse.

El humor negro no fue un vicio:
fue defensa propia.
La ironía no fue cinismo:
fue oxígeno.

La risa es la venganza secreta
de la conciencia
cuando la realidad se cree importante.

Las civilizaciones lo intuyeron siempre.
Unas contaron los días
como animales sagrados;
otras grabaron el tiempo en piedra
creyendo domesticarlo.

Ninguna acertó del todo.
El tiempo no se entiende:
se atraviesa.

No reconoce méritos,
apenas oportunidades malgastadas.

Imperios convencidos de su eternidad
duraron menos
que una mala idea bien defendida.

Las civilizaciones no caen:
se cansan de explicarse.

La historia es el arte
de repetir errores
con mejor retórica.

En estas tierras del sur,
largas y abiertas,
todo pasa, todo insiste,
todo vuelve con otro nombre.

El horizonte no se deja encerrar
y la memoria no se deja callar.

Y acá estoy yo:
resultado tardío
de cruces que nadie planeó.

Sangre de islas grises
donde el silencio es una virtud.
Piedra antigua en las venas.

Y esta manera argentina
de pensar puteando,
como si decir “qué boludez”
fuera, a veces,
una descripción exacta del universo.

Putear es filosofar
sin anestesia.

Confirmé algo incómodo:
el yo no es una entidad sólida.
Es una narración improvisada
para no caer en el silencio.

Somos borradores que se corrigen en marcha,
tachando convicciones
con la misma facilidad
con que ayer las defendían.

La identidad es una herida
que aprendió a hablar.

El tiempo mata.
Cuerpos, ideas, dioses, imperios.
No discrimina ni negocia.

La suerte, en cambio, es caprichosa.
No responde a méritos
ni a plegarias bien redactadas.

La suerte no se conquista:
se seduce.
Y aun así
suele irse con otro.

Este año también me dio miedo.
No a morir,
sino a acomodarme.

A volverme cómodo, predecible,
blindado contra las preguntas.

No hay tragedia más vulgar
que una conciencia acolchonada.

Pero hubo placer:
el placer inútil
de entender algo a las tres de la mañana
y olvidarlo al mediodía;
el de una conversación
que no sirve para nada;
el de mandar todo al demonio por una noche
y seguir respirando al día siguiente.

Vivir es negociar constantemente con el desastre
para que no se note el contrato.

No cierro el año con balances ni propósitos.
Eso es contabilidad emocional
para tranquilizar conciencias.

Lo dejo ir
como se deja ir una casa vieja,
sabiendo que algo mío
quedará en las paredes.

Mañana el calendario fingirá
que algo nuevo empieza.
Yo fingiré creerle.

Porque aunque el tiempo mate,
aunque los sueños sangren
y la suerte elija sin criterio,
seguimos insistiendo.

La humanidad no avanza:
insiste.

Entramos igual
al cabaret de la vida.
Nos miramos en el espejo.
Nos reímos cuando no corresponde.
Seguimos escribiendo.

Y eso —misteriosamente—
alcanza.


«El silencio no es carencia de palabras,
sino una forma de elegancia del espíritu:
decir únicamente aquello que el espejo no osa quebrar.»
Thomas A. Riani

No clausura: deja vibrando.
La conciencia como umbral.


Para el Blog de la Asociación de Artes y Letras de Valencia

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