Navidad

 

Navidad: el inconsciente iluminado
(o la pedagogía de no mirar)

 

Aclaración previa:

Este texto no fue escrito para agradar, convencer ni acompañar.
Tampoco para explicar el mundo ni ofrecer consuelo. Si algo hace, es exponer una incomodidad.

No es una lectura rápida ni un objeto narrativo diseñado para el descanso. Exige atención, pero no por complejidad técnica sino por densidad emocional y conceptual. No avanza en línea recta: vuelve, insiste, se repite, porque así funciona aquello que lo originó. No hay una tesis cerrada ni una moraleja disponible al final. Hay una presión sostenida sobre ciertas ideas que no se dejan resolver sin costo.

Quien busque entretenimiento, ligereza o confirmación de lo que ya piensa, probablemente experimente rechazo, cansancio o irritación. Ese efecto no es un error: es parte del dispositivo. La saturación, el exceso y la falta de alivio no son descuidos estilísticos, sino decisiones que reproducen el clima interno desde el cual el texto fue escrito.

No hay aquí neutralidad ni distancia académica. Tampoco confesión íntima en el sentido habitual. La voz que habla no pretende erigirse en autoridad moral ni en portavoz de una verdad superior. Habla desde una experiencia situada, fragmentaria, a veces contradictoria, atravesada por la sospecha hacia los rituales, las narrativas heredadas y las anestesias culturales que facilitan la continuidad de lo intolerable.

Este texto no propone una salida. No organiza un camino. Apenas señala fricciones. Si algo se mueve en quien lee, no será una idea nueva sino una defensa que cede, un automatismo que se resquebraja, una pregunta que deja de estar en reposo.

No se recomienda leerlo con prisa ni como quien consume contenido. Tampoco como quien busca identificarse. Leerlo implica aceptar cierta incomodidad: la de no saber inmediatamente qué hacer con lo leído.

Si aun así se continúa, que sea con la advertencia clara:
esto no es un texto para entrar en él, sino para resistirlo.

Thomas A. Riani

 

Querido pago,

Quizá ando empujando este sueño
como quien debe un regreso,
pa’ llegar hasta tu rincón
serrano, guardado y quieto.
No te escribo de lo pasado,
te escribo desde la sangre:
lo tuyo no es memoria,
es costumbre que no se parte.

En tus márgenes me afirmo,
como hijo que no se olvida,
y dejo el intento enterrado
en la raíz de la vida.
A veces quise, no miento,
cortar la tormenta arisca
con el facón de los gauchos,
a lo bravo, sin premisas.

Como aquellos de fortines
y frontera sin amparo,
que un decreto fue apagando
sin responso ni reparo.
De ellos aprendí el silencio
y el modo de resistir,
aunque el viento hoy no escuche
ni se detenga a sentir.

Hay una copla que arrastro
—no sé quién fuese su cantor—
mas se me volvió sendero
de tanto invocar dolor.
Habla de bravos antiguos,
ya mudos bajo la tierra;
yo te escribo por sus sombras,
porque en vos aún se esperan.

Sin más que decir por ora,
te dejo esta carta expuesta;
si algún día me llamares,
sabrás que sigo a la vuelta,

pues es cuestión de agallas
pa’ capear los temporales,
aura si mi Hijo, la vida
no es ensayo aunque se piense,
ni ficción aunque se narre,
ni confesión aunque sangre.

La vida es un dispositivo de resistencia.
Y no lo digo como teoría, sino como advertencia.
Una idea mía, sí, pero una idea que exige del que la lee —o del que la hereda— lo mismo que me exigió a mí: no anestesiarse por primera vez.

 Que este sueño sea pivote, no consuelo.

Que no mire al cielo ni pida permiso.
Que empuje la raíz hacia abajo, donde duele.
Porque crecer no es elevarse:
es aguantar el peso de lo que no se ve
y seguir clavándose en la tierra,
aunque sangre,
porque uno puede fallar incluso en aquello que no quiso.

¿Te acordás…?
Yo sé que vos sí.
Yo, en cambio, me acuerdo a ratos. Como se recuerda una fiebre.

Te acordás del día en que me preguntaste qué entendía yo por un hombre correcto.
Fue hace años. O no tantos. Da igual.
Lo que no olvidé fue el silencio previo. Ese instante en que una palabra todavía puede no decirse y por eso pesa más.

Te respondí que un hombre correcto es aquel capaz de sostener la exigencia sin delegarla.
Inherentemente incómodo.
Poco exportable.
De esos que no encajan en ningún catálogo moral, pero que se reconocen enseguida cuando uno ya aprendió a desconfiar del decorado.

Después te hablé de la estupidez humana.
De las cantidades obscenas que uno debe tragar a lo largo de la vida.
No por elección, sino por exposición.
Como una dieta forzada.
Y te dije —esto lo recuerdo con precisión— que en ciertos metabolismos del espíritu esa estupidez nunca termina de digerirse.

La estupidez no es falta de inteligencia.
Eso sería casi disculpable.
La estupidez es comodidad moral.
Una forma de descanso.
Prosperan en ella los organismos apáticos, las almas que confunden repetir con ser, y el ruido con no estar solos.
Creo que usé esa palabra: ruido. O algo muy parecido.

También te hablé de vos.
Eso hacen los padres cuando ya no saben qué más decir y aun así siguen hablando.

Te dije que tenías una inclinación natural hacia el riesgo, el exceso, y hacia ese vértigo raro que implica no dormirse del todo.
Permanecer despierto cansa.
Pero anestesiarse sale más caro a largo plazo.

Por eso te advertí —o simplemente lo constaté— que no te iban a atraer los excesos que adormecen, sino otros: los que te dejan solo en la mesa, la lucidez que no se puede compartir sin pagar un precio, la paz mental construida a base de renuncias conscientes.
La amistad auténtica, esa anomalía estadística.
Y una inteligencia que no pide permiso ni aplausos para existir.

La vida es levantarse aunque no haya motivo, fumar lo que queda y seguir igual.
Es perder más de lo que se gana, aprender tarde y amar mal.
Pensar menos y sentir más —pero eso se aprende tarde, hijo— cuando ya pagaste el precio.

La vida es un golpe diario que a veces afloja y te deja reír cinco minutos.
No promete nada.
No explica nada.
Y aun así insiste.
Hasta que al final no te queda otra cosa que hincarte y rezar, aunque no sepas bien a quién.

En algún momento hablé de la muerte. Siempre termino ahí.
Te dije que el destino es radicalmente igualitario.
Que la muerte no distingue trayectorias ni absuelve intenciones.
Cae igual sobre el héroe y el distraído, sobre el sabio y el necio.
Una ecuación absurda. Hermosa, a su manera.

No sé si entendiste entonces. Yo tampoco entiendo todo ahora:

No me lo advirtieron,
pero el cuerpo sabe.

Metí la lengua en la herida del mundo
y supe:
quema.

El fuego no pide perdón
y el traidor tampoco.

Quien rompe una vez
lleva la grieta en los huesos,
vuelve a morder,
vuelve a pudrir lo que toca.

Nacer no fue una decisión; morir no es una opción.

Entre una cosa y la otra hay un intervalo breve que solemos desperdiciar mirándonos el ombligo, creyendo que ser distintos nos libera de comprender.
La vida no pide contemplación narcisista.
Pide una sola cosa: amar y conocer.
O conocer y amar. El orden ya no lo tengo tan claro.

Yo con vos no estoy solo.
Quizás con la mente fracturada por esta enfermedad, hecha de grietas y ruido, pero solo nunca.
Mientras estés —incluso roto— sigo siendo dos respirando en el mismo pulso.

Aquí me quedo, entonces, hasta que la muerte tenga a bien recogerme.
No porque ignore el dolor, sino porque me niego a aceptar una vida prolongada bajo una sombra que no me pertenece: la de tu fe o la mía cuando se vuelve jaula.

No rendiré culto a una mentira solo para descansar en la comodidad de ser aceptado.
Prefiero el temblor de la intemperie, el peso de mis propias preguntas, antes que una paz comprada al precio de negarme.

Estas palabras no quedan para convencerte.
Quedan para advertirte: que no se yerre el camino cuando se busca la verdad, porque incluso la fe, cuando no se mira de frente, puede extraviarse.
No hablo desde la certeza, sino desde la necesidad de ser fiel a lo que veo, aunque duela, aunque nadie más lo reconozca como real.

Amar no como consuelo, sino como apertura.
Conocer no como acumulación, sino como lucidez.
Vivir es aprender a reconocer el amor en sus raíces incómodas, en las que duelen, en las que contradicen lo que uno creía saber de sí mismo.
El conocimiento del amor —no su idealización— es, quizá, la última forma de rebeldía que nos queda.

Saber no es acumular. Es discernir.
El conocimiento que no se comprende es lastre: pesa, pero no impulsa.
No se confía en quien sabe mucho, sino en quien entiende bien.
El rigor —no el volumen— es lo único que convierte la información en pensamiento.

El mundo funciona porque alguien lo está rompiendo por dentro. Siempre fue así.
Palabras sucias. Trazos torcidos. Ruido que no pide permiso.
El amor no decora: incomoda.
No da sentido; lo deja sangrando a la vista.
A veces se me olvidan nombres. Esto no.

Después me quedé callado.
No por efecto dramático. El silencio ahora me viene solo.
Pero entonces fue distinto.
Me pregunté si había hecho bien. Y te pedí disculpas.
Porque no te di a elegir. Te formé según lo que vi. No como mandato, sino como consecuencia.

Fui padre tarde. Muy tarde.
Vi demasiado telón, demasiado decorado.
Y llegué a creer —todavía lo creo— que un alma vieja en cuerpo joven, curtida en la intemperie, era una estructura digna para habitar este malentendido que llamamos mundo.

No lo olvides: uno termina hablando siempre de aquello que ama.
El carácter no se anuncia. Se filtra.
La responsabilidad auténtica no acusa. Entiende.

La gente te quiere por lo que sos, y por eso mismo te detesta.
Les duele verte libre.
Seguí. Peor es vivir domesticado entre cobardes.

Y ahora escuchame esto, que es lo último y quizás lo más simple:

No te preocupes.
De verdad.

Ser un alma vieja en un cuerpo joven
también debe ser incómodo.
Al comienzo duele distinto,
pero el tiempo —que no es justo, pero es insistente—
termina acomodando todo. Siempre lo hace.

Empareja la partida.
Y entonces tendrás la misma ventaja
que al principio molestaba.

Lo que hoy es carga
mañana será equilibrio.
No porque el mundo mejore,
sino porque vos ya no necesitás probar nada.

Eso también es crecer.
Y casi nadie lo dice.

Te quiero.
Aunque a veces me cueste acordarme de decirlo.

Tu padre.
(Recuerdo del autor)

 



“A veces la vida dice que sí. Otras veces tampoco…” El resto del tiempo ni se molesta en responder. Te deja intentar vivir, pero solo lo justo para no morirte del todo. Supongo que eso viene incluido en el precio de la entrada a esta fiesta maravillosa y mal organizada llamada vida.

Resistir la anestesia es pensar aun cuando pensar desgasta. En ese sentido, todo es verdad. Lo que poseo parece ser mío; lo que soy, en cambio, pertenece a otros. Vivo bajo la custodia de aquello que no tengo. El ser humano —esa invención colectiva— me posee con más eficacia que cualquier propiedad. Mis objetos me obedecen; mis carencias, no. Ellas deciden mis gestos, mis lealtades, mis rencores.

Creemos poseer cosas, pero apenas administramos símbolos. En cambio, somos poseídos por lo ausente: por lo que falta, por lo que no fuimos, por lo que otros esperan de nosotros. El hombre no es el dueño de su casa sino su rehén. Y la identidad, lejos de ser un patrimonio, es una servidumbre compartida.

La juventud es un caballo de carreras, de esos que tiemblan en el partidor y miran el mundo con el ojo encendido. Tiene el cuerpo entero, la sangre apurada y la ilusión de que siempre hay una largada más. Sale a fondo, se juega todo en cada pasada, mezcla músculo con noche, sudor con promesas, y apuesta sin leer el programa. El pingo es bueno, de ley; lo que suele ser trucho es la carrera y peor todavía los que la arman desde la tribuna. 

Con los años el cuerpo se va quedando sin viento. No aprende: se gasta. El caballo ya no rompe el reloj, camina el stud con dignidad cansada, siente los huesos, recuerda los palos. Los callos no están en los cascos sino en el alma. Y ahí cae la ficha: no se perdió la juventud por correr, se perdió por jugar carreras ajenas, por poner la guita —y el cuerpo— en apuestas que no pagaban. 

Después vienen los discursos grandes. Todos quieren la inmortalidad, la piden como si fuera el premio mayor. Pero son los mismos que, cuando se larga a llover un domingo a la tarde, no saben qué hacer con dos horas de vida. Querían eternidad y no supieron administrar ni una siesta. Eso, más que trágico, es bien tanguero.

Amanezco hoy medio mambeado —si es que el cuerpo, ese diccionario mal encuadernado, admite semejante voz—. Hay una sensación precisa y a la vez inverificable: como si la sangre, cansada de obedecer, desertara de las grandes avenidas del cuerpo y se perdiera por callejones secundarios, dejando barrios enteros sin riego ni patria. Según los papeles soy joven; pero la presión arterial, que no cree en certificados ni en fechas, se desploma con la dignidad de un imperio hidráulico agotado. Hipotensión episódica, diría el médico. Yo lo traduzco de otro modo: la bomba del corazón reduce su ritmo, el caudal ya no alcanza, y algunos engranajes —los más ilusos— quedan girando en seco.

Nos sostenemos, al final, por una cortesía del cuerpo hacia la belleza: mientras esa alianza dura, todo parece tener sentido. Pero cuando la belleza se gasta, cuando se descascara como un yeso viejo, lo que queda no es armonía sino psicologías enfrentadas, dos fuerzas ciegas midiéndose sin árbitro ni metáfora que las salve. Entonces el cuerpo deja de ser un sistema y pasa a ser un campo de batalla: confuso, inelegante, brutal. Y uno entiende —tarde, como siempre— que la salud no era un estado, sino una tregua.

No es una falla terminal. El motor arranca, responde, pero trabaja desparejo, con un ralentí inestable. El cerebro —tablero de control que exige lubricación constante— entra en modo ahorro: mareo, visión en túnel, una nubosidad mental parecida al parabrisas empañado de un coche detenido demasiado tiempo en invierno. Me siento borracho sin haber brindado, flojo de reflejos, hablando de más, como si el cuerpo me obligara a confesar lo que normalmente calla.

Abro el capó con esa desconfianza aprendida, la de cuando el silencio no tranquiliza sino que avisa. Miro el aceite: no está bajo, pero está curtido, negro de horas y kilómetros, como cualquiera que ya anduvo de más. El agua está en su nivel, no hirvió, el motor no gritó. El sistema aguanta. El chasis zafa: ningún golpe grande, nada que explique por qué todo vibra por dentro.

En los papeles está todo bien. En la calle, no.

Porque uno puede chamuyar con la luna mientras camina solo por estas veredas gastadas de la humanidad, medio desconfigurado, como un archivo que abre pero no termina de cargar. Pasa lo mismo que en el amor: no hay falla clara, no hay pieza rota que se pueda cambiar y listo. Lo que se rompe es otra cosa, algo que no figura en el manual y que tampoco termina de romperse del todo. Y ahí está el problema: seguís andando, seguís empujando, aunque cada cuadra cueste más. Los finales, entonces, no llegan como un cierre limpio, llegan como una insistencia. Se pelean, se negocian, se estiran. Y cuando finalmente pasan, no es porque todo encajó, sino porque el corazón ya no dio para seguir haciendo de cuenta que sí.

La otra persona que me habita —ese acompañante sin nombre— también se marea. Dos borrachos recorriendo el habitáculo sensorial llamado cuerpo humano, chocando contra los mismos paneles internos, tienen al menos una ventaja: se dicen la verdad sin diplomacia. El sistema nervioso compensa como puede, acelera cuando no debe, frena tarde, y a veces amenaza con apagarse en un semáforo invisible.

El motor que me dieron vino ya asentado, con algunos kilómetros de más. La experiencia —esa falla que se vende como virtud— deja holguras mínimas, ruidos leves, tolerancias reducidas. Mi padre decía que todos tenemos fallas de origen, piezas que ya vienen así, selladas de fábrica. Uno puede ser joven y, aun así, no ser nuevo. El cero kilómetros es un mito publicitario.

Pero todo esto —la presión baja, el aceite oscuro, el ralentí inestable— no es todavía lo que quiero empezar a decir. Es apenas la puesta a punto, la inspección previa. Lo que realmente quiero hablar es de las fiestas, si es que todo logra acomodarse en este habitáculo sensorial llamado cuerpo humano: de la música cuando no marea, del alcohol cuando no traiciona al sistema hidráulico, de los cuerpos cuando el propio no se apaga en medio del baile.

Estimado lector —que soy yo mismo dentro de unos años—:

Hoy he leído un prospecto. El hecho, en sí, carecería de importancia si no fuera porque ese texto minucioso y clínico parece haberme leído a mí primero. En sus líneas descubrí, con una cortesía casi cruel, que la juventud no era una condición permanente sino una hipótesis refutada por el tiempo.

Alguna vez creí —como creen los caballos antes del primer tropiezo— que la carrera era infinita. Que el cuerpo, ese laberinto indulgente, no pediría peaje. Ahora sé que el nacional era una metáfora excesiva.

El amlodipino (nombre que podría pertenecer a un oscuro general romano o a un barrio olvidado de Alejandría) me es prescripto no como castigo sino como recordatorio: el corazón, ese tigre doméstico, debe ser contenido. Bloquearle los canales de calcio es, sospecho, una forma elegante de decirle que ya no está solo en el mando.

No me indigna la derrota. Me inquieta la precisión. Todo está explicado: dosis, efectos, advertencias. No hay misterio, y sin embargo lo hay. Porque en algún punto de esta lectura comprendo que el caballo no está muerto: simplemente ha aceptado el paso.

Guardo el prospecto entre libros que ya no releo. Tal vez algún día lo encuentre y piense que este hombre —yo— exageraba. O tal vez confirme que toda carrera, incluso la más gloriosa, termina en una caminata razonable.

Lo saluda,
un corredor retirado
que aún recuerda el polvo.

Si el motor sostiene el régimen, si la presión se estabiliza, si el aceite circula sin rencor, quizá esta noche el viaje no sea clínico sino festivo. Pero antes había que decir todo esto: nadie entra a una fiesta sin antes escuchar, aunque sea de reojo, los ruidos del vehículo que lo trae hasta la puerta.

No es un texto para entrar en él, sino para resistirlo. Lo escribo sabiendo —porque no soy santo y no finjo serlo— que con rencor no se puede vivir, pero sin rencor tampoco se entiende nada. Somos apenas humanos, y eso significa que hacemos lo mejor que podemos con materiales defectuosos. Todos sabemos, o decimos saber, que el buen gusto consiste en no insistir; todos lo predican, pocos lo practican. Sin embargo, sin esa mentira mínima —la de que sabemos detenernos— no sabríamos cómo seguir respirando.

Para aumentar la densidad de mi zozobra —porque la angustia, como ciertos vinos baratos, siempre acaba fermentando— se acercaba la Navidad. No una fecha: una operación simbólica, una amenaza ritual. La detestaba, desde luego, pero más aún la temía, que es una forma más lúcida y duradera del odio. Desde mi ingreso administrativo en la adultez —ese trámite sin rito ni testigos— no había conocido una sola Navidad que mereciera el nombre. Año tras año, obedeciendo a una ley física que Newton omitió por pudor o por cansancio, el día me encontraba empotrado en el núcleo familiar.

Allí estaba yo: caballero melancólico, revestido de una armadura negra no para la guerra sino para la resistencia pasiva, condenado —como cualquier otro infeliz de la cristiandad— a rellenar el estómago más allá de toda necesidad y a soportar la cháchara circular de una parentela que confunde el volumen con la intimidad y la repetición con el afecto. Se habla para no escuchar, se brinda para no recordar, se ríe para no pensar. Yo cumplo: mastico, asiento, sobrevivo. La Navidad no es una fiesta: es una prueba de endurance moral. Y como toda prueba verdadera, no ennoblece; apenas deja marcas.

Uno aspira, con torpeza pero con fe, a ser de esos escritores que, cuanto más se los lee, más expulsan al lector de otros libros; no por arrogancia, sino por contagio. Una literatura que funcione como virus selectivo. Pero uno habla, en realidad, desde lo más garrulo de sí mismo, desde ese balbuceo interior que intenta, al menos, acertar el vaso tembloroso de una idea antes de que rebalse y manche el mantel encefálico —esa mollera que hace de mesa familiar donde nadie pidió sentarse.

Hablo de la tentativa mínima y heroica de ser uno mismo "aunque" sea una vez en la vida. Decir: esto no. Esto sí. Esto me queda, aunque me apriete. Esto jamás será de mi color. Ese inventario íntimo que nadie enseña y que, sin embargo, decide todo. Tal vez la literatura no sea otra cosa que ese inventario escrito con letra nerviosa.

Hay que resignarse a ser un escritor simple —si es que tal cosa existe— porque nadie es un buen escritor para siempre. Se escribe como se muere: muchas veces. Y llega un punto en que, por decencia hacia uno mismo, por una forma elemental de amor propio, ya no se le debe temer a la muerte interior, a ese pequeño deceso cotidiano que deja restos pero también espacio. Al final, la muerte solo se derrota por instantes, del mismo modo en que se ama: mientras dura. Y dura lo que puede.

Eso que tanta gente llama amar suele consistir en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen. Lo juro. Los he visto. Como si el amor fuera una carta de restaurante o un sillón en liquidación. Como si pudiera elegirse aquello que, en realidad, cae. Porque el amor no se elige: ocurre. Es un rayo que te atraviesa el esqueleto y te deja clavado en medio del patio, sin explicación ni recibo. Vos dirás que la eligen porque la aman; yo sospecho lo contrario: la aman porque ya están atrapados.

A Beatriz no se la elige. A Julieta no se la elige. Del mismo modo en que no elegís la lluvia que te empapa hasta los huesos al salir de un concierto, ni el frío que te recuerda que seguís vivo, ni la frase que te arruina para siempre la lectura de otros libros. Todo lo importante sucede sin pedir permiso.

Y quizá escribir sea eso: no elegir las palabras, sino aceptar las que caen. Como lluvia. Como un rayo. Como una Navidad inevitable.

Todo el que ocupa un espacio en el mundo termina por perpetuarlo, aunque no lo defienda. Dicho esto, conviene aclarar algo desde el inicio: no hablo desde la moral ni desde la acusación. No señalo culpables: no hay moralina, no hay prédica explícita, no hay “yo superior”. Describo el cansancio. Ese agotamiento sordo que aparece cuando uno advierte que ya no imagina, solo repite. Y eso, curiosamente, inquieta más que cualquier denuncia.

"La imaginación no muere por prohibición sino por organización…"

La imaginación no muere cuando se la prohíbe. Muere cuando se la organiza. Cuando se la reduce a adorno, a permiso otorgado dentro de una realidad perfectamente reglada: emociones con fecha, gestos aprobados, afectos certificados por su correcta ejecución. Allí la psique no crea; obedece. Y en esa obediencia encuentra una paz útil, parecida a una anestesia: no cura nada, pero permite seguir caminando sin sentir el dolor.

La vida interior no desaparece; se miniaturiza. Se vuelve un vivero de clones: frases sin origen, emociones repetidas hasta perder peso específico, símbolos vaciados de experiencia. No producen sentido: producen continuidad. Son útiles porque no interrumpen nada.

Cuando uno permanece suficiente tiempo en ese régimen, deja de escribir para pensar y empieza a escribir para drenar. Ya no es opinión —demasiado conflictiva— ni literatura —demasiado viva—, sino una forma intermedia: pensamiento cansado, reflexión desplazada, como si el inconsciente hablara cuando la conciencia baja la guardia. No es una decisión estética; es una consecuencia.

Este texto no busca convencer. Convencer supone que aún compartimos un marco. Aquí no hay marco, solo restos. Si funciona, será como proceso: una presión lenta alrededor de un núcleo que no se nombra, hasta que algo en el lector cede. No una idea: una defensa.

La Navidad es el dispositivo perfecto para ese trabajo. No porque mienta, sino porque organiza la mentira de manera confortable. Indica qué sentir, cuándo brindar, a quién abrazar y con qué objeto sustituir la experiencia del afecto. La emoción llega lista, el gesto homologado. Pensar —introducir diferencia— es visto como una falla del sistema.

El niño no necesita esto. No porque sea inocente, sino porque todavía no se ha separado de la experiencia. No “participa”: está. No interpreta símbolos: los habita. La imaginación no es para él un escape, sino una forma de presencia. Por eso no puede volver allí el adulto: no perdió la fantasía, perdió la permeabilidad.

El adulto que intenta regresar no regresa: simula. Convierte la celebración en protocolo, la alegría en rol, el encuentro en coreografía. La Navidad deviene manual de instrucciones emocionales para sujetos que ya no saben qué decirse sin apoyarse en un símbolo prefabricado.

Aquí aparece una cobardía estructural: solo se permite el afecto cuando está autorizado por una fecha. Decir “te quiero” sin calendario es indecoroso. Sentir sin objeto es sospechoso. El amor espontáneo implica riesgo; el ritual lo neutraliza. Así, la emoción se vuelve trámite y el vínculo, un expediente. 

La Navidad no es una fiesta: es un alivio. El alivio de no decidir nada. Y todo alivio sostenido es una forma de renuncia. 

Osos polares vendiendo gaseosas en el hemisferio sur no son un error de marketing; son una declaración metafísica. El clima, el territorio y el cuerpo son irrelevantes frente a la repetición del símbolo. El asfalto se derrite, pero el relato permanece. Eso es lo que se celebra.

Papá Noel no es una figura infantil. Es un artefacto ideológico de altísima eficiencia. No necesita justificar nada: solo repetir un gesto. No envejece, no enferma, no responde. Su triunfo no es económico; es ontológico. Ha conseguido que la explotación no sea percibida como violencia, sino como atmósfera.

Los renos no importan. Funcionan. Todo lo que funciona queda absuelto. La pregunta ética se disuelve en el espectáculo. El público sonríe. La culpa se solidifica y se vuelve decorado.

Conozco esa lógica. Mi madre miraba lo que otros usaban como ornamento. No suele haber lugar para esa mirada en las fotos. Los que sostienen el mundo rara vez entran en el encuadre. Los símbolos, en cambio, persisten.

Lo verdaderamente obsceno no es la violencia, sino su continuidad sin fricción. El trineo avanza, la música suena, el consumo fluye. Y nosotros colaboramos, no por maldad, sino por agotamiento. La docilidad nace del cansancio, no de la perversión. 

La tradición es el nombre respetable de esa inercia. Como el alcohol, justifica lo que de otro modo sería intolerable.

En el sur, los pingüinos reales no venden nada. No sonríen. No participan del relato. Existen. Por eso molestan.

Diciembre es una escena disociada: calor obsceno, iconografía invernal, nostalgia importada. No hay magia; hay repetición. No hay encuentro; hay anestesia. Todo está diseñado para evitar la pregunta más peligrosa: ¿por qué seguimos celebrando lo que no nos pertenece? 

Ignorar la Navidad no es cinismo; es higiene psíquica. Requiere una integración de la sombra que la cultura llama negatividad. La alegría obligatoria es una forma de violencia blanda. Todo rol sostenido termina asfixiando al sujeto que lo interpreta.

Las luces no iluminan: saturan. No revelan; encubren. Sirven para que no miremos hacia abajo, hacia el sótano donde se acumula lo no resuelto. Allí se pudre lo que no puede decirse sin afectar el valor de una marca.

Coca-Cola no vende bebidas. Vende suspensión del juicio. Una dulzura que permite tragar el mundo sin masticarlo. Mientras el líquido baja, algo se quiebra en otro lugar. Todo ocurre al mismo tiempo. Eso es lo intolerable: no la violencia, sino su simultaneidad con nuestra comodidad.

La guerra no es un fallo del sistema: es su expresión más clara. Dura lo que dura su rentabilidad. No se pierde; se archiva. No hay bandos: hay accionistas. Y todos participamos mientras sigamos consumiendo el relato.

Lo absurdo no es la guerra.
Lo absurdo es beberla con hielo, convencidos de que no nos atraviesa.

Vivimos escindidos: de día sujetos funcionales, de noche residuos conscientes. En el árbol interno no hay regalos; hay contradicciones. Deseo de contacto y terror al contacto. Tristeza sin permiso.

La crueldad final es esta: prohibir la sombra. En diciembre, el silencio es sospechoso. Pero lo reprimido no desaparece: se descompone. La felicidad obligatoria es una pedagogía de la negación.

No hacen falta más luces; estas se despostan aquí y punto:

“No le guiñes el ojo a la suerte,
mucho menos al destino: no son tus amigos.
Deja el gesto a medias,
la mano quieta,
la boca cerrada.

La complicidad fácil siempre cobra después.
No coquetees con la suerte:
el destino no cojea, aplasta.”

Hace falta menos impostura.
Un espacio donde la sombra pueda sentarse sin ser expulsada del encuadre.
Porque solo quien acepta la oscuridad puede producir una luz que no mienta. 

Celebramos.
No porque tenga sentido.
Sino porque el sistema lo espera.

Si hubiera algo que ajustar, señalaría el riesgo de una cierta densidad conceptual. Soy consciente de que el texto exige un lector atento, poco dispuesto a la entrega inmediata o quizás el riesgo no es “que el lector no entienda”, sino otro más sutil:

El texto puede volverse hermético por saturación, no por complejidad.

Hay momentos —sobre todo en el tramo medio— donde varias ideas fuertes aparecen en mi mente como una lapidaria sucesión sin espacio de respiración simbólica. El lector atento no se pierde, pero se tensa. Y esa tensión, sostenida demasiado tiempo, puede producir lo que el texto critica: anestesia por exceso. 

No porque falte claridad, sino porque todo importa al mismo nivel.

Sin embargo, considerado con detenimiento, esto no constituye un defecto si su propósito es precisamente ese: provocar una lectura activa, una permanencia en la frase, análoga a la forma en que el hablante permanece en la carencia. 


Feliz Navidad. (Decir “Feliz Navidad” después de esto no es contradicción:
es diagnóstico.)

—El autor

 


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