"Un consuelo extraño..."

 El todo en nombre del propio todo

Epígrafe
«Quien se asoma demasiado a sí mismo descubre que no hay profundidad, sino un eco burlón devolviendo la misma pregunta, como si el alma fuese un templo vacío que insiste en fingirse sagrado.»


I. El cuerpo como ensayo del pensamiento

No escribo: mezclo. Ensayo a ciegas un fatalismo tibio que tantea lo luminoso; una ironía que reza sin dioses; un humor clandestino que intenta apiadar el dolor ajeno para dejar constancia de que estuve, aunque sea de costado. Escribo para que el todo no se esfume en nombre de su propia grandilocuencia, ahora que hasta el silencio—ese maître volátil—empieza a desconfiar y a soltar chirridos insinuantes como cubiertos mal lavados en la vajilla de mi interior.

Mi estómago, peregrino elocuente y temperamental, es el primero en levantar la voz: un saco muscular que, privado de su liturgia nocturna, me recuerda con cada onda peristáltica que la nostalgia también puede ser un ácido.

Extraña la cena: la saliva inaugura la función como un vino barato que pretende hacerse pasar por reserva; los dientes—mozos de sierra incansables—trituran lo que pueden antes de delegar al esófago, camarero vertical que nunca protesta. Y luego llega él, el estómago, anfitrión mal pagado que mezcla, agita y macera sentimientos y nutrientes con idéntica indiferencia, esperando siempre que alguien le pase la cuenta.

A falta de festín, me consuelo con los versos de una conciencia que ni es la mía ni sabe comportarse en la mesa. Y aun así, sonrío: un postre improvisado, glucosa emocional para quienes ya aprendieron a funcionar sin corazón.


II. Silencio, memoria y heridas interiores

Llega una edad en que el silencio, viejo cómplice, te mira de reojo para ver si todavía sos capaz de sostenerlo sin quebrarte. Cuando hasta él sospecha, ya no queda refugio. En cada lágrima mal amortajada comprendemos que incluso los cuchillos de juguete hieren si rozan las venas de la memoria. Esa herida tenue—casi imaginaria—ilumina lo poco que aún nos sostiene.

He aprendido que la existencia no se apoya en certezas, sino en pequeñas equivocaciones que guardamos como amuletos defectuosos. Temo soltarlos, no por fe, sino por no saber qué vendría en su lugar. Nadie se salva: ni de la vida ni de la muerte. En ese filo compartido hay un consuelo extraño: lo inevitable nos hermana.


III. El gallinero interior

Por eso, como otario confeso, garabateo en la penumbra, rasgando el aire con letras sucias—un corral de abecedarios mugrientos—donde cada palabra suena a golpe seco de pico contra madera.
Entre gallinas imaginarias, mis consonantes aletean desesperadas y mis vocales resbalan en estiércol viejo. Aun así, vomito mis frases: crudas, impacientes, desolladas de todo barniz. Un pollo tembloroso de honestidad reclamando su cierre.

No he envejecido lo suficiente para decirlo suave. Lo digo como un gallinero al alba: que este final venga ya, antes de que el gallo repita su rutina infinita.


IV. Amor, ausencia e ironía

No es valentía: es la sangre rancia de mi rival la que deja esta amargura en el semblante. He soportado tormentos que se marchitaron como rosas mal cuidadas, y aun así me niego a reprocharte lo poco—y lo mal—que me han querido en tu nombre. Con tu abandono, irónicamente, me dejaste una migaja de felicidad: la paz amarga de saber que tu ausencia vale más que tu presencia.

Llega ese temblor darwiniano de los años: la juventud empaca sus cosas y se muda sin permiso, dejando un polvo que nadie reclama. Allí descubrí algo que nunca me atreví a decirte: jamás fue un gusto quererte, y mucho menos despreciarte. Fue inevitable, como una herida que sólo sana cuando dejamos de tocarla.

A cierta edad fallan los amuletos y la memoria convierte cualquier juguete en arma. La ironía—diosa menor de alas filosas—me enseñó a sospechar de mi propia seriedad. La vida, diligente, me mostró que lo único permanente es esa sensación de haber llegado tarde a casi todo: tarde a la valentía, tarde a la renuncia, tarde al supuesto instante revelador.

Vivir es pedir disculpas por llegar tarde.


V. Los que se mojan

Aun así, prefiero apostar lo que queda al lado de hombres verdaderos, aunque mañana la vida nos quiebre. Al menos estaremos juntos, como en aquella primera caída que todavía guarda calor de casa.
Todo se reduce a dos tonos: uno elige o lo eligen. Y en ese dilema eterno descubrimos lo mismo: las almas que no se dejan tocar se vuelven monstruosas.

Yo, que caminé con la lengua corta y la sombra larga, sigo esperando con los ojos abiertos hacia adentro. No esperen grandeza: mi heroísmo es doméstico, brutal en su humildad. Levantarme sin fe, seguir sin épica, sostener la mirada sin nada que ofrecer. De afuera parece desesperación; de cerca, apenas una rutina honesta.

Todavía busco esas almas que aceptan mojarse aun sabiendo que la vida pasa factura. Criaturas llenas de inviernos internos, que por amor contradictorio se descarrilan sin pudor. Nos aferramos a la aristocracia del amor, nobleza imaginaria que justifica nuestras caídas. Gobernamos reinos donde el inconsciente lleva la corona.

Celebramos cada vínculo como una iniciación psicológica: mitad gracia, mitad destino, teatro puro del alma. Porque el amor no es más que un experimento cósmico donde la psique juega a ocultarse creyendo que se encuentra.


VI. Revelación y cierre

Yo también tomé la existencia demasiado en serio y demasiado en broma, equilibrio imprudente reservado a quienes ya no temen perder pie. Hoy me observo sin metáforas ni rencores vencidos, y me encuentro intacto en lo esencial: todavía sorprendido, todavía incrédulo, caminando como si el mundo pudiera, en un gesto improbable, pedirme perdón.

Dicen que en este edificio del universo Dios es el administrador: cobra expensas espirituales, manda circulares de fe y deja notas en el ascensor… pero jamás baja a la planta baja para atender un reclamo.

La sensibilidad, cuando abandona la solemnidad, irradia un magnetismo raro. El lector agradece la emoción sin ruido. Mi vanidad—actriz de utilería—presume entender mi soledad, pero sospecho que soy yo quien actúa para ella.

El único elogio que valdría es ese reconocimiento silencioso del lector que detecta una huella inconfundible y murmura sin mirar la firma: “esto sólo pudo escribirlo él”.
Porque lo auténtico, incluso cuando alza el sarcasmo como escudo, conserva una gravedad que ninguna impostura imita.

Quizás lo único que me delata como humano es esta persistencia absurda, casi terca, de esperar que la vida algún día explique su enigma mayor:

El todo en nombre del propio todo.


Final

«Comprendí, al borde de mi sombra, que uno es un gil ejemplar; pero cuando el viento arrastra el último telón, se cuelan unos rayos mínimos—esquirlas del porvenir—que recuerdan, en el hueso más secreto del ahora, que la juventud todavía respira.»
Thomas A. Riani


 

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