El Hombre Desclasificado
Novela breve — ficción filosófica
“Comprendí
algo peor que el exilio: que la historia no nos necesita.
Su ambigüedad no es un error a corregir, sino el precio de pensar sin
consuelos.”
Autor: Thomas A. Riani
SINOPSIS DE CONTRAPORTADA — EL ARCHIVO
En la Moscú posterior a la muerte de Stalin, un científico soviético intenta destruir el Mausoleo de Lenin no por odio, sino para fracturar la mentira que ha convertido un cadáver en dogma. Su experimento —más filosófico que militar— no provoca una explosión: abre una grieta en la realidad y lo arroja a un planeta desconocido donde la materia misma funciona como memoria.
Allí, Iván Aleksándrovich Zariádov descubre que el universo entero es un archivo vivo de patrones de poder, repetición y engaño. Cuando decide regresar, vuelve desplazado en el tiempo, sin identidad administrativa y bajo una vigilancia silenciosa que lo considera una anomalía imposible.
Entre expedientes falsos, interrogatorios velados y la presencia inquietante de un Archivo cósmico que parece llamarlo, Zariádov comprende que la verdadera batalla no es contra el Estado ni contra la historia, sino contra la manera en que ambos fabrican la verdad.
El archivo es una novela sobre la conciencia, la memoria y la responsabilidad individual frente a los sistemas totalizantes: un relato donde la ciencia roza lo metafísico y donde la mayor grieta no está en el mundo, sino en el alma de quien se atreve a mirarlo sin máscaras.
NOTA DEL AUTOR — Thomas A. Riani
Escribí El archivo como quien excava: no para encontrar certezas, sino para desenterrar preguntas.
Me interesaba menos la historia de un científico que la historia de una conciencia que se niega a ser catalogada. Iván Zariádov no es un héroe ni un mártir; es una herida viva entre dos formas de verdad: la burocrática, que pretende ordenar el mundo mediante papeles, y la cósmica, que nos recuerda que toda certeza es provisional.
La Unión Soviética de 1956 no es aquí sólo un escenario político: es un laboratorio moral donde el individuo enfrenta la tentación de desaparecer dentro del sistema o resistir como anomalía. El planeta sin nombre no es una fantasía escapista, sino una metáfora extrema de aquello que siempre nos observa: un archivo más vasto que nuestras ideologías.
Si esta novela inquieta, fracasa.
Si incomoda, quizá acierte.
Porque toda comprensión auténtica es, por definición, incómoda.
— Thomas A. Riani
EL ARCHIVO
I
La ciudad respiraba como un animal enfermo.
Moscú, en los meses posteriores a la muerte de Stalin, no era un lugar sino un estado del alma: húmedo, gris, vigilante incluso cuando parecía dormir. Los faroles, alineados como testigos cansados, iluminaban calles donde nadie miraba de frente y todos sospechaban de todos.
Iván Aleksándrovich Zariádov caminaba entre esa multitud con la sensación de cargar un expediente invisible. No un expediente administrativo —de esos había muchos—, sino uno más íntimo y devastador: el archivo de sus propias traiciones.
Había sido científico del Estado, físico-químico formado en la lógica fría de los laboratorios y en la lógica más fría aún del poder. Había creído en la razón como herramienta de salvación, hasta descubrir que la razón también podía convertirse en coartada del engaño.
Comprendió, lentamente, que el verdadero escándalo no era la muerte, sino la vida vivida con docilidad.
Y decidió actuar.
II
El Mausoleo de Lenin se erguía en la Plaza Roja como un dogma hecho piedra.
Para millones era santuario; para Iván era una mentira embalsamada. No odiaba a Lenin como hombre: odiaba lo que su cuerpo había sido obligado a significar. Un cadáver convertido en argumento.
En secreto, diseñó un dispositivo radical —no exactamente una bomba, no exactamente un experimento—, una máquina capaz de fracturar no sólo la materia, sino la narrativa que sostenía al poder. La instaló en los niveles subterráneos del Mausoleo, entre pasillos fríos y tubos que susurraban.
La noche de su activación, Iván no sintió heroísmo, sino vértigo.
Hubo un zumbido, un temblor, y luego —nada.
O, más bien, algo que no pertenecía a este mundo.
III
Despertó sin saber dónde estaba.
El cielo no era cielo. El suelo no era suelo. Todo parecía respirar.
Había llegado a un planeta sin nombre: un mundo luminoso, orgánico, donde las estructuras crecían como árboles de luz y memoria. No había ciudades ni ejércitos ni banderas; había archivos vivos.
Entidades de otras galaxias —sin rostro, sin voz humana— lo rodearon. No lo juzgaron. No lo consolaron. Le mostraron, simplemente, que el universo entero era un archivo de patrones: de poder, de mentira, de repetición y de ruptura.
Comprendió que su dispositivo no había sido sólo físico. Había sido un gesto metafísico, y el universo lo había llevado al corazón de su propia memoria.
En una torre herida vio el instante exacto de su activación: su mano temblando, el mundo plegándose, la realidad desgarrándose como papel.
Entendió entonces que no había sido castigado ni salvado.
Había sido exigido.
IV
Decidió regresar.
No por arrepentimiento ni por heroísmo: por responsabilidad.
Volvió a Moscú —pero no al mismo momento. Habían pasado dos años. Era 1956, y el XX Congreso discutía el legado de Stalin. El mundo había seguido sin él.
El Mausoleo estaba intacto. Lenin permanecía detrás del cristal, perfecto, inmóvil, administrado.
Iván sintió alivio y horror a la vez: alivio porque no había causado devastación; horror porque su acto parecía no haber dejado huella alguna.
Comprendió algo peor que el exilio: la historia no lo necesitaba.
V
Intentó reinsertarse y descubrió que no existía.
Su departamento había desaparecido. Su cargo ya no figuraba en ningún registro. Para el Estado, Iván Zariádov era una anomalía.
Consiguió trabajo como auxiliar nocturno en un archivo municipal. Allí, entre carpetas húmedas y sellos cansados, empezó a ver con claridad: cada expediente no describía la realidad, la fabricaba.
“Donde hay orden documental, hay orden moral.”
Pensó lo contrario: el orden documental era la forma más elegante de la mentira.
Pronto sintió la vigilancia: un hombre que siempre aparecía en los mismos lugares, miradas que se detenían demasiado tiempo, silencios calculados.
No lo perseguían por un crimen. Lo perseguían por ser inclasificable.
VI
Una noche encontró una carpeta sin número.
Su propia carpeta.
Dentro había fotografías, testimonios, notas marginales: “tendencia al idealismo peligroso.”
Un informe anónimo planteaba tres hipótesis sobre su desaparición: deserción, sustitución de identidad, o “evento no clasificable por la ciencia actual.”
Y añadía: “La tercera opción no puede descartarse.”
El vigilante apareció y le ofreció un trato: un pasado limpio, un nuevo expediente, una identidad funcional.
A cambio, silencio.
Iván se negó.
Prefirió no existir antes que existir como corrección tipográfica del poder.
VII
Esa noche, una presencia lo llamó.
No era voz ni imagen: era una presión en el pecho que lo condujo a un descampado cerca de las vías del tren. El aire vibraba como vidrio a punto de quebrarse.
Allí comprendió la verdad final: el verdadero archivo no era cósmico ni burocrático.
Era moral.
La realidad volvió a abrirse, pero no hacia otro planeta: se abrió dentro de él.
Una parte de Iván permaneció en Moscú: el hombre desclasificado, vigilado, condenado a vivir como pregunta.
Otra parte cruzó al Archivo cósmico, como conciencia sin cuerpo.
No murió. No escapó. Se partió.
VIII
Al amanecer, Iván decidió quedarse.
No para destruir el Mausoleo, ni para redimir la historia.
Para vivir dentro de la mentira sin convertirse en ella.
Regresó al archivo municipal y escribió en su propio expediente:
“No soy prueba de nada.
Soy una grieta viva entre lo que el poder cree saber
y lo que el universo permite ignorar.”
El vigilante lo observó desde la puerta. No intervino. Sabía que algo más peligroso que una bomba había ocurrido: la certeza del sistema había sido contaminada.
IX — EPÍLOGO
Con el tiempo, algunos archivistas hablaron de una carpeta sin número en los sótanos del Estado. Otros negaron que Iván Zariádov hubiera existido.
Unos pocos afirmaron que existía en dos lugares a la vez.
Y hubo quienes juraron que, si uno permanecía demasiado tiempo frente al Mausoleo de Lenin, podía sentir una leve vibración en el pecho, como si alguien estuviera leyendo un archivo invisible.
Tal vez era el Archivo del universo.
Tal vez era sólo la conciencia humana.
O tal vez —y esto es lo más inquietante— eran ambas cosas al mismo tiempo.
Etiquetas: FicciónFilosófica, LiteraturaContemporánea, NovelaBreve, Existencialismo, UniónSoviética
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