El Problema no es el Pasado

 

La intoxicación del aire y la arrogancia del hombre

La intoxicación del aire y la arrogancia del hombre

O por qué un 35% de oxígeno bastaría para borrarnos
Thomas A. Riani

La humanidad vive de guerra en guerra y aun así se presenta como sorprendida, como si la violencia fuera una anomalía reciente y no su sistema operativo original. Antes de los Estados, antes de las banderas, antes de los libros encuadernados con solemnidad y culpa, ya nos partíamos el cráneo con piedras. La guerra no nació con los relatos sagrados: los relatos vinieron después, para ordenar el crimen, para darle coartada metafísica a lo que ya se hacía por miedo, territorio y estupidez.

El hombre escribe historias para convencerse de que no es un animal.
Luego las usa como permiso para comportarse peor que uno.

Por eso el hombre actual se queja de todo. Del clima, del vecino, del precio del pan y del destino universal, mientras recicla conflictos milenarios con tecnología nueva. Cambia el uniforme, cambia el idioma, cambia la bandera; la pulsión es idéntica. Se ofende por palabras, tolera misiles y después se pregunta por qué el mundo es violento. Es un animal que exige sentido mientras fabrica destrucción en serie.

Desde esa criatura hipersensible y permanentemente indignada, imaginemos el experimento: el hombre moderno viajando físicamente al pasado. No como metáfora ni fantasía cultural, sino con pulmones, sangre, mitocondrias, ansiedad crónica y toda su bioquímica delicada incluida.

Cae en el Paleozoico tardío, más precisamente en el período Carbonífero (hace entre 359 y 299 millones de años), cuando la Tierra no tenía ninguna intención pedagógica y mucho menos humana. La atmósfera contiene cerca de un 35% de oxígeno. Una cifra obscena. Mortal para un organismo moderno.

Al principio ocurre la trampa. El cuerpo responde con una energía exagerada: mayor oxigenación, músculos más eficientes, reflejos rápidos. Durante un rato miserable, el hombre se siente fuerte, lúcido, casi invencible. Un superhombre químico, un error de laboratorio con autoestima inflada. Cree, como siempre, que ha dominado el entorno.

Pero el oxígeno no es un benefactor moral: es un oxidante feroz.

En exceso, oxida las células, rompe membranas, daña proteínas y fragmenta el ADN del mismo modo en que el hierro se cubre de óxido hasta desintegrarse. Aumentan los radicales libres, el envejecimiento celular se acelera, los pulmones se inflaman, el sistema nervioso se satura. El superhombre dura lo que dura una consigna política: poco. Después empieza a oxidarse vivo, chatarra consciente en un mundo que no lo reconoce.

Los insectos, en cambio, no mueren. Y esa es otra humillación.

No tienen pulmones. No respiran como este primate sofisticado y frágil. Su sistema de tráqueas y espiráculos conduce el oxígeno directamente a los tejidos por difusión pasiva. No hay sangre que lo cargue. No hay intoxicación. No hay drama. Por eso crecen. Por eso dominan. Por eso el Carbonífero es la era de los insectos gigantes.

El problema no es el pasado.
El problema es este animal que se cree el centro del universo y se ofende cuando el universo no responde.

“El hombre moderno confunde protagonismo con importancia, y por eso no soporta la idea de no ser necesario.”
© Thomas A. Riani

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