La Abundancia Estéril

La ilusión de la riqueza en un mundo empobrecido

“No hay capital sin entorno: lo demás es desperdicio contable.
La normalización del desgaste es su padre; el colapso, su herencia...”

Amaga la tarde con llover, y yo, que riego mi propio jardín, siento cómo el olvido, como mala hierba, vuelve a crecer en los ribazos de mi memoria, fiel a tantos veranos torcidos. Hoy, dos de febrero, escribo esto sin fe en la verdad, sin esperanza de salvar nada: apenas una intuición, un susurro que me habita y se sostiene con esfuerzo. Afuera, la lluvia golpea lo ya mojado, levantando un estrépito antiguo, un murmullo profundo de las cosas que no piden permiso. Riego mi jardín cansado y, aun sabiendo que es estéril, me entrego a ello con el agua tibia y necesaria de mi propia y nuestra propia sed. Cada gota que cae entre las hojas parece hablarme de lo que fue, de lo que somos y de lo que podría haber sido; y yo sigo allí, entre la tierra y el verano, haciendo de mi cuidado un acto silencioso de amor, un gesto íntimo que busca sostener lo efímero y encenderlo con la pasión de quien ama lo que existe:

 “Hay que habitar el tiempo que nos es dado, con la dignidad de quien acepta tanto el fracaso como la vacilación, entendiendo que la vida no premia al más brillante, sino al que persevera. Resistir, en ese sentido, no es un acto de fuerza, sino de lucidez.

Lo no común no implica automáticamente “destino”, “genialidad” ni “superioridad”. Implica responsabilidad.

Cuando el deterioro de una estructura es profundo, resulta inútil —y hasta ridículo— cubrir las grietas con una mano de pintura: el color puede distraer un instante, pero no evita el derrumbe. La única respuesta honesta es retirar el andamiaje decorativo, dejar el esqueleto a la vista y aceptar que solo enfrentando la fragilidad, sin disfraces, se abre la posibilidad real de reconstrucción permitiendo que irrumpa el aire áspero de la calle y confiar en que la verdad, como el viento, termine renovándolo todo.

Porque en el fondo, todo se origina en una forma profunda de educación: aquella que no busca complacer ni destacar, sino sostener la compostura incluso en la intemperie, preservar la figura sin rigidez y sin máscaras, pase lo que pase. Pocos caprichos, mucha conciencia: ser, en la vida misma, sin imposturas.

El ser humano es quizá el único organismo capaz de articular, sin fisura aparente, el recorrido que va del estímulo sensorial a la ingeniería del poder. Del olfato —esa forma primaria e involuntaria de conocimiento— accede al sistema límbico, donde la experiencia se fija como afecto, y de allí a una economía emocional que regula miedos, deseos y expectativas. Ese desplazamiento culmina, casi por gravedad histórica, en la economía política: no como construcción doctrinaria, sino como precipitado del malestar colectivo.

«Si realmente puedes, une la mano con la cabeza, la emoción con la técnica. Eso no hará de ti dispersión, sino unidad. Porque no es sabio quien amontona artes, sino quien las ordena bajo una sola alma, como voluntades sin descanso

En el territorio de la razón, cuando la pérdida se administra a destajo, todo se oscurece: el juicio se vuelve defensivo, la lucidez adopta la textura del cinismo y la inteligencia aprende a sobrevivir desconfiando. Pero incluso en ese empobrecimiento hay un límite que no debería franquearse. Amargarse en el orden del afecto es una mutilación diferida. La razón puede tolerar la derrota; el corazón, si se endurece, pierde la facultad misma de querer. Y llegará —inevitable— el tiempo de la vejez, cuando aún persista el impulso de amar, pero ya no quede en nosotros la elasticidad necesaria para hacerlo. Habla de todos y no habla por nadie. No se dice pueblo ni se dice yo. Por eso incomoda. Por eso importa.”

— Por quien escribe

La abundancia estéril

El agua quieta, dicen los libros gordos de ciencias naturales, pierde oxígeno, cambia su química y se vuelve un criadero perfecto: algas primero, luego larvas, después mosquitos; no hace falta que esté sucia, basta con que no circule. Acaba de llover y el charco parece puro, casi bonito, pero la biología no cree en apariencias: lo que no se mueve se degrada. En la economía pasa lo mismo, no es poesía, es física barata aplicada al dinero; cuando la plata se queda guardada, apretada en pocas manos, deja de cumplir su función básica que es moverse, pagar, circular, alimentar trabajo. Entonces aparecen los parásitos, la especulación, la miseria alrededor del charco. No hay misterio ni teoría fina: así como el agua estancada cría mosquitos, la riqueza que no circula cría desigualdad, y al final huele igual de mal.

“La virtud no nace en la calma ni se conserva en la seguridad: se enciende cuando el peligro la llama y se apaga cuando ya no hay nada en juego. Solo quien ha caminado al borde sabe si la virtud era suya o solo una costumbre.”

Antes que nada, quiero creer que todo esto ocurre por una mezcla de química y memoria. Una explicación razonable, casi tranquilizadora, para fenómenos que en realidad son emocionales, pero se manifiestan como sensaciones físicas. El cuerpo, incapaz de sostener abstracciones por demasiado tiempo, necesita traducirlas. Y lo hace a través del olfato, ese sentido primitivo que no pregunta: activa.

Existe una confusión profunda en aquello que se presenta como una sociedad basada en la confianza. Bajo la promesa de cercanía y transparencia, se desarman los criterios que antes permitían discriminar, elegir, jerarquizar. Cuando todo circula sin resistencia, el juicio se vuelve innecesario. En ese terreno blando, la vulgaridad no necesita irrumpir: prospera de manera orgánica.

La vulgaridad no se transmite como un dogma, sino como un hábito. Se forma en un entorno saturado de discursos que no buscan decir, sino mantenerse visibles. La televisión —y sus derivados— no articula pensamiento ni propone sentido: simplemente ocupa el tiempo. Habla porque puede, no porque tenga algo que decir. En esa proliferación vacía, la vulgaridad encuentra su pedagogía: aprende a repetir, a exagerar, a reemplazar la reflexión por la inmediatez.

La verdadera distinción, en cambio, siempre ha sido minoritaria. No responde a la lógica del acceso ni del volumen. La elegancia —como economía del gesto, como exactitud del decir— requiere una atención que no se impone ni se multiplica. Es exigente, y por eso escasa. No se adapta bien a los sistemas que privilegian la velocidad, la exposición constante y la falsa igualdad de todas las expresiones.

Así, la vulgaridad no solo se normaliza, sino que se legitima a sí misma. Se disfraza de espontaneidad, de franqueza, de cercanía humana. Pero lo que ofrece es una renuncia: la renuncia a la complejidad, al matiz, al esfuerzo por decir mejor. En una cultura donde hablar sin contenido es suficiente para existir, la vulgaridad deja de ser un exceso y se convierte en el lenguaje por defecto.

“La trampa consiste en ocultar que la carencia prolongada entrena al sistema nervioso, y luego exigir decisiones “racionales” a cuerpos que llevan demasiado tiempo exhaustos.”

Cuando llueve y se huele la tierra mojada aparece un olor llamado petricor. Ese aroma proviene, en gran medida, de una sustancia llamada geosmina, producida por bacterias del suelo. La lluvia la libera al aire y nuestro olfato —excesivamente sensible a ella— la detecta de inmediato. No es un olor neutro: es un detonante.

Por eso la tierra mojada suele recordar a las hormigas. No por casualidad, sino por aprendizaje. Las hormigas producen ácido fórmico, de olor fuerte y terroso. Cuando hay muchas —especialmente después de la lluvia— ese ácido se mezcla con la humedad del suelo. El cerebro registra la coincidencia, la repite, la fija. A partir de entonces, basta uno de los elementos para que el recuerdo completo vuelva. No se piensa: irrumpe.

El olfato está directamente conectado con el sistema límbico, la región del cerebro que gestiona recuerdos y emociones. Por eso un olor no solo se percibe: se revive. No vuelve como imagen clara ni como relato ordenado, sino como atmósfera. Como sensación envolvente. Como algo que se respira.

La falta de dinero funciona de la misma manera.

No tiene olor físico, pero se manifiesta como si lo tuviera. Un aroma seco, persistente, que no proviene de un objeto puntual sino de una experiencia sostenida en el tiempo. La carencia prolongada se vuelve ambiente. Y el cerebro, fiel a su lógica sensorial, la convierte en percepción.

Este olor —imaginario pero preciso— no remite a la miseria espectacular, sino a algo más sutil y cruel: la abundancia estéril. Hay cosas, pero no alcanzan. Hay movimiento, pero no avance. Hay dinero, pero no posibilidad. Todo está, excepto lo esencial: la sensación de holgura.

Sus notas son reconocibles:
facturas viejas,
monedas contadas más de una vez,
comida pensada para durar,
decisiones pequeñas cargadas de un peso desproporcionado.

No es hambre, pero se le parece.
No es pobreza absoluta, pero la imita con disciplina.

Como con el petricor, este olor aparece después de la lluvia. Solo que aquí la lluvia no es agua: son gastos, imprevistos, cálculos. Y la tierra no es tierra, sino el cuerpo, que absorbe tensión, vigilancia constante, una economía emocional que no descansa.

Basta un estímulo neutro —una tarde larga, un local cerrado, una billetera liviana— para que la memoria se active. No como recuerdo puntual, sino como presión ambiental. Como ese aire que se vuelve denso sin que uno sepa exactamente por qué.

La falta de dinero, entonces, no se recuerda:
se respira.

Y lo más inquietante no es su presencia, sino su persistencia. Porque, como todo olor continuo, llega un momento en que deja de notarse. Hasta que alguien con aire limpio entra en la habitación y, sin decir nada, abre la ventana.

Perdemos la vida sin que nadie nos la quite. La entregamos solos, mirando. Mirando a los demás, mirando pantallas, mirando pasar una versión ajena de la existencia mientras la propia se oxida en silencio. Vivimos atentos a lo que no somos y distraídos de lo que late delante nuestro. Así, el tiempo no camina: nos desgasta.

La televisión —y todo lo que se le parece— no solo roba horas: entrena la mirada para no ver. Miramos tanto que olvidamos cómo mirar. Ya no sabemos detenernos frente a una flor ni sostener el temblor simple de algo vivo. La atención se nos volvió débil, fragmentada, domesticada. Y donde no hay atención, no hay vida plena: apenas consumo de instantes.

Eso es lo que se me impone al pensar esta frase —más como diagnóstico que como advertencia—, una expresión que funciona a la vez como título y como síntesis. No hay aquí intención moralizante: la moral pertenece a la moralina, y la moralina suele ser el último refugio de quienes prefieren indignarse antes que comprender.

Llegar a esta idea no fue inmediato ni cómodo. Exigió leer y releer a los llamados maestros, desmontar verdades repetidas con la solemnidad de dogmas y atravesar esa fatiga intelectual que aparece cuando una idea deja de tranquilizar y empieza a incomodar. Tras muchos libros —algunos lúcidos, otros apenas respetables— no desperté a una certeza, sino a una sospecha persistente: que buena parte de lo que llamamos riqueza es, en realidad, una forma de abundancia improductiva, incapaz de generar bienestar más allá de sus propias cifras. Una riqueza que se exhibe, pero no circula; que se acumula, pero no fecunda.

Lo que sigue no nace del deseo de impresionar ni de la densidad como coartada intelectual, sino del intento —imperfecto, pero honesto— de pensar cómo se sostiene esa ilusión incluso allí donde el entorno social se empobrece, y por qué comenzó a resquebrajarse ya en la infancia.

“La peor ceguera no es sensorial: es pedagógica.
Por eso algunos ciegos ven
y muchos videntes solo leen
aquello que no los obliga a vivir.”

Cuando era niño —ingenuo no tanto por la cronología biológica como por la precariedad de mis categorías mentales— asumía que, en los países empobrecidos, el hombre más rico debía ser necesariamente el más dichoso. Imaginaba la riqueza como una coraza ontológica: un blindaje capaz de aislar al individuo del hambre circundante, de la inestabilidad social y, por extensión, de cualquier forma de desasosiego moral. En esa fantasía infantil, el dinero no solo compraba bienes, sino también sentido, inmunidad y una forma elemental de redención. La realidad, como suele ocurrir, no tardó en desmentir esa superstición.

Con el tiempo comprendí que la riqueza que prospera sobre la miseria no es fortaleza, sino aplazamiento del colapso. La riqueza desacoplada del entorno social no es riqueza, es residuo. Todo capital que se reproduce empobreciendo su entorno termina por devorar las condiciones que lo hicieron posible. No existe acumulación inteligente en una sociedad exhausta: solo una contabilidad ciega que confunde la ganancia inmediata con la estabilidad histórica. La riqueza, cuando se desacopla del bienestar general, deja de ser un motor y se convierte en residuo.

El verdadero quiebre se produjo cuando me acerqué a la economía no como promesa de ascenso social, sino como disciplina del entendimiento. No como manual para hacerse rico, sino como herramienta para comprender por qué unos lo son y otros no. Fue entonces cuando entendí algo elemental y, sin embargo, sistemáticamente negado: la riqueza no es un atributo individual autosuficiente, sino un fenómeno relacional. Existe porque hay un entramado social que la precede, la sostiene y le da sentido.

El millonario rodeado de miseria no habita una cima, sino una anomalía. Posee capital, pero carece de mercado; ostenta abundancia, pero se mueve en un ecosistema económicamente moribundo. Mucho dinero, pocos compradores. Exceso de oferta, ausencia de demanda. Lo que suele celebrarse como éxito es, en realidad, una forma sofisticada del fracaso: una acumulación incapaz de reproducirse sin destruir lo poco que la rodea.

Es aquí donde la ironía adquiere un tono más oscuro, porque la política —ese teatro donde la necedad suele vestirse de pragmatismo— insiste en celebrar modelos que prosperan empobreciendo a los otros. Actúan como si la riqueza pudiera sobrevivir en aislamiento, como si el capital no necesitara circulación, confianza ni interlocutores solventes. Esta ceguera no es solo moralmente cuestionable; es, sobre todo, económicamente estúpida.

Ningún hombre puede ser verdaderamente rico en un mundo de pobres. No porque lo impida una consigna ética, sino porque lo prohíbe la propia lógica económica. La riqueza no se reproduce en el vacío: necesita socios capaces, mercados estables y consumidores con poder adquisitivo. Allí donde todos están exhaustos, la riqueza se vuelve estéril: una cifra inflada que ya no encuentra dónde apoyarse.

Quien se beneficia de la miseria ajena no comete únicamente una injusticia social; incurre en un error económico profundo. Al erosionar la capacidad de los otros para participar del intercambio, destruye los mercados que alimentan su capital. No se puede comerciar con quien nada puede adquirir, ni sostener riqueza alguna cuando se arrasan los circuitos que la hacen circular.

La explotación sistemática de la pobreza es, en última instancia, una ilusión contable: una ganancia de corto plazo que devora el ecosistema social del que depende. Como todo sistema que consume su propio soporte, está condenado al colapso, aunque lo haga rodeado de balances positivos y cifras ostensiblemente exitosas.

Así actúan los hombres necios del poder: aquellos que, enceguecidos por el beneficio inmediato, olvidan —o se niegan a comprender— que la riqueza no es un fenómeno individual, sino sistémico. Creen habitar la cúspide cuando, en realidad, están sentados sobre las ruinas del mercado que los sostiene. La economía, en su humor más negro, recuerda una verdad elemental: ningún sistema de riqueza sobrevive cuando convierte a la sociedad que lo nutre en su principal víctima.

Se acusa de vicio al que se pierde solo, pero se celebra al que se pierde en masa. Al que se sienta ocho horas frente a una pantalla nadie le dice adicto: le dicen normal, informado, integrado. En cambio, al que se sale del carril se lo marca, se lo corrige, se lo castiga. La economía funciona así: tolera y hasta premia las dependencias que sirven, las que mantienen el cuerpo quieto y la cabeza ocupada. El rico necesita otro rico para sentirse legítimo, del mismo modo que el sistema necesita multitudes dóciles para parecer sano. No es moral: es estructura. Se condena el exceso inútil y se bendice la adicción rentable. Triste, rabioso y real como el hueso bajo la piel. El ser humano se proclama racional, pero se mata por migajas: pelea por posesiones que ningún animal reclamaría, mientras nada en un planeta donde el 71 % es agua y el resto ya tiene escritura, deuda y propietario.

“Los hombres no mueren:
se vacían cuando pierden la vergüenza.
En economía, eso se llama carrera.

La conciencia no crece: se archiva.
La sombra manda, firma decretos
y cobra en dólares.

¿Cuánto estudio hace falta para desaprender la vida?
¿Cuántas fórmulas para no reconocer
el momento exacto en que la resignación
se disfraza de responsabilidad
y empieza a cagarse en todos?

El miedo es su única industria nacional:
lo producen, lo exportan
y nos lo devuelven en cuotas.

Con miedo ajeno se alimentan
estos enfermos de poder sin cuerpo,
expertos en Excel y analfabetos de calle,
que hablan de ajustes
como si no fueran tajos.

Cuando llegan a ministros,
la economía deja de explicar
y empieza a golpear.
Siempre con la misma excusa.
Siempre sobre los mismos huesos.”

*Mi viejo decía, medio en joda, medio en serio —que es como se dicen las verdades— que la guerra es lo único que le queda al mal negociante. Que si el mundo no se fue del todo al carajo es porque hace ochenta años alguien apretó dos botones nucleares y dejó a todos cagados de miedo. Lo demás, decía, son guerras de segunda, negocios mal hechos por tipos que no supieron vender otra cosa.

Ahora nos dicen que no hay enfermedades, que hay enfermos. Como si cambiar las palabras limpiara la sangre del piso. Como si el problema fuera semántico y no moral. Vendemos el alma como fruta madura en una feria barata y todavía pedimos vuelto.

El hambre tiene malas costumbres porque aprende de los pobres: vuelve siempre al mismo lugar, reconoce los cuerpos y sabe cuánto pueden aguantar. No irrumpe, se instala; no grita, hierve. La gente pobre no la convoca, pero la sostiene a fuerza de repetición, la vuelve parte del día para no romperse. Así el hambre se queda, paciente, disciplinada, mientras en la olla de la conciencia hierve el matambre de nuestras vidas, carne dura, fuego bajo, cocción larga, sin urgencia ni testigos. Nada se quema de golpe: todo se consume despacio, como si fuera normal. Al final me queda eso: pensar que dudé de todo, creer que tal vez no era cierto… y después entender que sí lo era. Lo peor no fue la verdad. Lo peor fue haber dudado de ella.

Autor: Thomas A. Riani (Aceptémoslo: cuando suena la tripa, manda ella.)

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