La Utopía

 

La autopista de la utopía


“No tememos al final del camino, sino a descubrir que nunca hubo una salida justa.”
Thomas A. Riani


La autopista de la vida no tiene partida solemne ni campanazo inaugural; nadie corta una cinta ni nos entrega un mapa. Más bien, nos encontramos ya en marcha, arrastrados suavemente por un impulso que precede a nuestra memoria, como pasajeros tardíos que descubren, con cierta turbación, que el tren lleva tiempo rodando. Creemos sostener el volante con autoridad, imaginando que cada giro es fruto de nuestra voluntad, cuando en verdad somos conducidos por una corriente más antigua y paciente que nosotros mismos. Pues ningún alma firma contrato para ingresar en este camino: simplemente abre los ojos y ya está dentro de él, avanzando, sorprendida y algo perpleja, en una travesía que comenzó mucho antes de que pudiéramos consentirla o comprenderla.

La autopista de la utopía no comienza en un punto preciso. Aparece, como casi todo lo importante, cuando uno ya está en movimiento. Yo iba en un auto que no recordaba haber comprado, pero que reconocía como mío por la manera en que me ajustaba: un sedán gris mate, sin brillo, con pequeñas abolladuras en los guardabarros como cicatrices antiguas, y un motor que ronroneaba con una leve irregularidad, como si respirara con un defecto que había aprendido a aceptar. No era moderno ni elegante; tampoco miserable. Era fiel a mi propio chasis: práctico, resistente, un poco cansado, con el olor persistente de viajes largos y decisiones tomadas demasiado tarde.

El tablero marcaba 113 kilómetros por hora, aunque mi pie no tocaba el acelerador. Nunca lo tocó. El auto sabía a dónde ir… y yo, por primera vez, sentí el miedo de esa certeza. No era un miedo espectacular, sino una inquietud fría, instalada en el estómago, como la sospecha de que ya había firmado algo sin leerlo.

El asfalto era negro, pero no de ese negro honesto del petróleo, sino un negro reflexivo, como si la carretera se observara a sí misma. A los costados, los paisajes se repetían con una variación mínima y cruel: campos verdes que prometían descanso pero nunca ofrecían una salida, árboles que parecían moverse solo cuando uno dejaba de mirarlos, carteles oxidados que anunciaban ciudades con nombres optimistas —Progreso, Futuro, Redención— todas tachadas por el tiempo o por algo peor: la indiferencia.

La autopista estaba diseñada para fluir, pero jamás para detenerse. No había semáforos, solo embotellamientos. Atascos infinitos donde miles de autos permanecían inmóviles mientras sus motores seguían encendidos, consumiendo combustible, tiempo y esperanza. Nadie salía del vehículo. Nadie tocaba la bocina. Yo tampoco. Pero, a diferencia de los demás, sentía el temblor leve de mis manos sobre el volante, como si mi cuerpo quisiera protestar contra una decisión que nunca tomó.

Nos mirábamos de reojo, como animales educados para no mostrar los dientes. Cada conductor llevaba el rostro cansado de quien aceptó las reglas sin haberlas leído. Yo también, pero con una diferencia mínima y perturbadora: yo sabía que las reglas estaban mal y, aun así, las obedecía.

Mi auto avanzaba con una disciplina casi moral. El motor nunca gritaba, pero tampoco descansaba. Las ruedas parecían contar los kilómetros como si cada uno fuera una prueba que debía superarse. A veces escuchaba un leve crujido en el chasis, un recordatorio de que todo se desgasta, incluso aquello que creemos estable.

La velocidad permitida no estaba indicada en ningún cartel, pero todos sabíamos cuándo íbamos demasiado rápido o demasiado lento. La autopista castigaba ambos excesos. Si acelerabas, el paisaje se volvía borroso y el miedo aparecía en forma de curvas cerradas. Si reducías la marcha, el tráfico se cerraba sobre ti como una idea obsesiva. El equilibrio era obligatorio. La libertad, un rumor.

Y aun así, seguía. No solo porque no podía detenerme, sino porque una parte de mí había aprendido a encontrar momentos extraños de felicidad en el trayecto. Pequeños instantes: la luz del atardecer reflejada en el parabrisas, una canción que sonaba justo cuando necesitaba escucharla, la sensación de movimiento por el simple hecho de moverse. En esos momentos —breves, frágiles, casi accidentales— me olvidaba de la muerte, del muro blanco al final, de la injusticia del camino. Y era feliz. No de manera profunda ni duradera, sino como quien se ríe en medio de un funeral porque recordó un chiste.

Pero la inteligencia siempre regresaba. Sabíamos el final. No era un secreto. No había sorpresa alguna: la autopista terminaba en la muerte. Un muro blanco, sin puertas, sin grietas, sin explicaciones. Lo veía a lo lejos, cada vez un poco más cercano, y sentía un nudo en el pecho que ninguna distracción lograba desatar por completo.

¿Por qué el embotellamiento ahora? ¿Por qué ese conductor avanza y yo no? ¿Por qué algunos nacieron en carriles rápidos y otros aprendimos tarde a cambiar de marcha? Nadie respondía. El auto tampoco. El tablero seguía marcando 113, imperturbable, como si la velocidad fuera una verdad matemática y no una elección humana.

A veces, en raros tramos, la autopista se elevaba y desde allí se veía todo: kilómetros de autos avanzando hacia el mismo final, cada uno convencido de que su trayecto era único, personal, merecido. Desde esa altura, mi propio miedo parecía pequeño, pero también más claro: no temía solo a la muerte, sino a la manera en que habíamos aceptado llegar a ella.

Comprendí entonces que la injusticia no era un error del sistema, sino su combustible. Sin ella, la utopía se detendría. Y, sin embargo, yo seguía encontrando breves chispazos de alegría cuando olvidaba esa verdad, cuando me perdía en el ritmo del motor o en el brillo del asfalto al anochecer.

Seguí manejando. No por esperanza ni por fe, sino porque el freno no estaba inscrito en la geometría de la autopista ni en la de mi propia respiración.

El motor continuaba su conteo imperturbable, como si cada kilómetro fuese una pregunta que nadie estaba autorizado a responder, y el muro blanco crecía en el horizonte con la serenidad fría de lo necesario.

Entonces comprendí —o creí comprender— que el verdadero abismo no era mi llegada al final, sino el instante en que los autos que amaba pasarían solos por el último peaje: un peaje sin cabina, sin moneda y sin testigos, donde no se paga con tiempo sino con ausencia.

Tal vez ese era el diseño oculto del camino: que la vida nos prestara afecto como quien presta un auto sabiendo que algún día lo reclamará, y que ese préstamo —generoso y despiadado— fuese al mismo tiempo su regalo y su castigo.

Quizá desde el origen, desde que alguien nombró “Dios” al primer motor encendido, la existencia ya venía con ese costo incorporado: nacer es aceptar el peaje, amar es aceptar la deuda, conducir es aceptar que ambos se pagarán al final.

Y, sin embargo, mientras el asfalto relucía como un espejo negro y mi auto respiraba conmigo en la penumbra, logré por momentos suspender esa verdad —y en ese olvido precario, fugaz y prestado, fui feliz mientras avanzaba.

 

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