Confunden Fe con Continuidad

La contabilidad de Dios

Introducción

Esta obra es una nouvelle político-policial de carácter ensayístico. Los personajes y organismos que aparecen en ella son ficticios, aunque su lógica y sus procedimientos no lo sean.

No escribí esta novela para aclarar un crimen. Tampoco para acusar formalmente a nadie. Los tribunales ya se ocupan —cuando quieren— de esas tareas. La escribí porque hay muertes que no se resuelven con una causa judicial, sino con una forma narrativa. Y porque algunas verdades solo se vuelven tolerables cuando se las disfraza de ficción.

El caso ocurrió en 1982. Un banquero italiano, íntimamente ligado a las finanzas vaticanas, apareció colgado bajo un puente de Londres. Tenía piedras en los bolsillos y un nudo mal hecho alrededor del cuello, como si la muerte hubiera sido ejecutada con prisa o con desgano. Oficialmente fue un suicidio. En los márgenes del expediente, un error de contabilidad humana. El apodo con el que pasó a la historia —el banquero de Dios— fue más eficaz que cualquier investigación: redujo una red de intereses, silencios y complicidades a una anécdota casi teológica.

No me interesan las teorías conspirativas. Me interesa algo más simple y más incómodo: el consenso social necesario para que ciertos hombres mueran sin que nadie pregunte demasiado. En ese consenso participan bancos, Estados, instituciones religiosas y ciudadanos comunes que prefieren no saber. La fe, en estos casos, no actúa como causa sino como lubricante moral.

De esa incomodidad nació Étienne Ferrand.

Ferrand no existió. Pero todo en él es reconocible. Es hijo de un sacristán y una costurera, criado entre rituales que nunca creyó del todo, aunque aprendió a respetar como se respeta una lengua muerta. No tiene fe, pero conoce su gramática. Sabe cuándo una palabra es oración y cuándo es excusa. Por eso nunca entró al Vaticano ni a una policía tradicional: eligió el borde, ese lugar donde nadie te protege del todo, pero nadie te posee.

Ferrand vive solo, camina mucho, duerme mal y escribe a mano. No busca redención; busca coherencia. Para él, la coherencia es una forma laica de santidad. Tiene una aversión particular a los hombres que hablan de Dios en tercera persona, como si se tratara de un socio ausente.

Lo hice miembro del Oficio de Supervisión Moral y Financiera, una institución ficticia pero verosímil, nacida del hartazgo europeo frente a los escándalos donde la religión funciona como coartada contable. El OSMF no juzga dogmas ni discute teología. Sigue el dinero, los cuerpos y los silencios. Cree, de manera casi herética, que la verdad debe poder mostrarse. Que lo oculto corrompe incluso cuando se oculta en nombre de Dios. Por eso es tolerado, vigilado y discretamente combatido.

Las reglas que rigen a Ferrand son simples y por eso peligrosas: todo debe poder explicarse a un civil; ningún investigador puede aceptar favores espirituales; el archivo es público por defecto; nunca se investiga para salvar una institución; la fe personal queda fuera del expediente. Ferrand cree sobre todo en la primera. Dice que es la única que separa la justicia del ritual.

En esta novela, Ferrand no es un héroe ni un mártir. Es un ejecutor incómodo. Alguien a quien llaman cuando el caso es demasiado sucio para la policía común y demasiado visible para enterrarlo del todo. Humaniza a los muertos, escribe informes sin eufemismos y tiene poca tolerancia al pragmatismo institucional. Por eso lo respetan. Por eso no lo quieren.

El caso del banquero lo enfrenta a algo peor que un asesinato: la certeza de que la sociedad necesita que ciertos hombres mueran para seguir creyendo que el sistema es moral. Ferrand entiende entonces que su papel no es corregir el mundo, sino dejar constancia de la mancha.

Yo tampoco creo que la literatura pueda corregirlo. Pero al menos puede impedir que el silencio quede prolijo.

Al final, esta novela no trata sobre Dios, ni sobre bancos, ni siquiera sobre la mafia. Trata sobre el uso sistemático de la fe como infraestructura del poder. Y sobre el momento —raro, incómodo— en que un individuo despierta y comprende que la redención no es un activo financiero ni un peaje institucional.

Por eso cierro con una convicción personal, que no pretende ser revelación ni consuelo:

La Iglesia ha operado durante siglos como una prodigiosa maquinaria de reciclaje existencial: el domingo se encarga de lavar la culpa de la plebe mediante el terror metafísico, mientras que el lunes se ocupa de lavar el dinero de la mafia mediante la opacidad de sus bancos. Pero cuando el individuo despierta de su letargo y comprende que la redención no es un activo financiero ni un peaje institucional, el templo se queda solo con sus tesoros y sus sombras. Intentar limpiar siglos de infamia con reformas de última hora no es más que un epílogo estéril; para el hombre libre, el arrepentimiento del Vaticano siempre será demasiado poco y demasiado tarde.

— El autor de este expediente


LA CONTABILIDAD DE DIOS

«La codicia no es un pecado: es un método. El pecado es creer que el dinero no tiene memoria.» —Apunte anónimo encontrado en una caja fuerte vacía

El cuerpo apareció al amanecer, cuando la ciudad todavía fingía inocencia. Colgaba bajo el arco del puente como una corrección tardía, mal hecha, con el nudo torcido y el traje caro empapado por la niebla del río. Los bolsillos estaban llenos de piedras, una solución antigua para un problema moderno. Los primeros transeúntes miraron lo justo para saber que no debían mirar más.

Étienne Ferrand llegó sin urgencia. No llevaba uniforme ni símbolos. Solo un abrigo oscuro, gastado en los bordes, y una libreta fina en el bolsillo interno. Observó el cuerpo desde distintos ángulos, como si se tratara de un objeto mal colocado en una habitación ajena. No le interesaba la muerte en sí, sino la voluntad que la había organizado.

Vittorio Calvani. El nombre ya circulaba en voz baja entre los policías, cargado de una reverencia incómoda. Banquero. Intermediario. El hombre que hacía posible que el dinero atravesara muros que ni siquiera la fe decía poder cruzar. Ferrand conocía ese tipo de hombres: no tenían patria ni devoción, solo agendas.

Anotó mentalmente la primera anomalía: el rostro no mostraba pánico. Había cansancio, sí. Un cansancio antiguo, como si la muerte hubiera sido la última reunión del día.

Ferrand no pertenecía a la policía local ni a ningún organismo eclesiástico. Trabajaba para el Oficio de Supervisión Moral y Financiera, una entidad sin emblemas, creada para tranquilizar conciencias estatales cuando la religión empezaba a oler demasiado a empresa. Entre ellos se llamaban los Externos. Ni adentro ni del todo afuera. Tolerados. Vigilados.

Su oficina estaba lejos de cualquier catedral. Un edificio gris, funcional, donde no se rezaba pero se respetaba el silencio. Allí regía una regla simple que Ferrand repetía como un mantra: todo debía poder explicarse a un civil. Cuando algo no podía explicarse, no era sagrado, era corrupto.

El informe preliminar hablaba de suicidio. Ferrand lo leyó sin apuro, apoyado contra una ventana sucia. Entendía la tentación. Un banquero arruinado, perseguido, colgado de un puente: la historia se contaba sola. Demasiado sola. El puente no era un lugar íntimo. Era un escenario.

Cuanto más avanzaba la investigación, menos humano se volvía Calvani. Aparecía en balances imposibles, en transferencias sin origen, en fundaciones con nombres caritativos y cuentas agresivas. Ferrand comprendió que no estaba siguiendo a un hombre, sino a una función que había dejado de ser útil.

Entre los movimientos más opacos aparecieron transferencias trianguladas a través de entidades menores, algunas con sede en América del Sur. Ferrand reconoció nombres que no figuraban en los comunicados oficiales, pero sí en informes reservados: sucursales del Ambrosiano en Argentina, el Banco Andino de Lima, y operaciones realizadas durante los años finales de una dictadura militar que necesitaba financiamiento silencioso mientras libraba una guerra imposible.

No había pruebas judiciales concluyentes, solo patrones: dinero que salía de Roma, se diluía en Lima y reaparecía en Buenos Aires con otra identidad. Fondos destinados, según versiones nunca escritas, a sostener un aparato militar en retirada. Ferrand no anotó acusaciones. Anotó la coincidencia temporal. Y comprendió que, en ciertos contextos, la contabilidad reemplaza a la ideología.

Durante los días siguientes, hombres con trajes impecables comenzaron a aparecer. Algunos hablaban en nombre de bancos, otros en nombre de fundaciones piadosas, otros no hablaban en nombre de nadie, que era siempre lo más interesante. Todos coincidían en una cosa: Calvani estaba solo. Ferrand asentía, pero anotaba ausencias. Nadie mencionaba miedo. Nadie hablaba de fe. Nadie parecía sorprendido.

Una mujer lo recibió en un departamento pequeño, sin crucifijos visibles. Había sido secretaria de Calvani durante años. Le ofreció café y lo miró con una mezcla de alivio y resignación. Dijo que Calvani no creía en el suicidio. No por Dios, aclaró, sino por método. “Decía que era una salida torpe.” Ferrand escribió eso. Las manías suelen sobrevivir a las coartadas.

Días después, un hombre pidió verlo en una cafetería cercana al río. No se presentó como emisario de nadie. Eso ya era una forma de presentación. Habló con corrección, con una calma aprendida. Dijo que el informe final debía ser cuidadoso. Que había equilibrios delicados. Que la verdad completa podía resultar funcional a intereses peores.

Ferrand lo escuchó sin interrumpir. Cuando el hombre terminó, preguntó algo simple, casi ingenuo:

—¿Esto se lo podría explicar a un civil?

El hombre sonrió apenas. No respondió.

El Vaticano no apareció oficialmente. Nunca lo hacía. En su lugar llegaron intermediarios: hombres educados, medidos, que hablaban de estabilidad, de escándalos innecesarios, de proteger a los fieles. Ferrand los escuchó con una cortesía casi religiosa. Cuando se fueron, escribió en su libreta una frase que no entraría en ningún informe: confunden fe con continuidad.

Una noche volvió solo al puente. El río seguía arrastrando esa luz sucia que no limpiaba nada. Pensó en las reglas del Oficio, en la transparencia prometida, en los archivos que algún día serían públicos cuando ya no importaran. Pensó en su padre, sacristán, limpiando cálices sin hacerse preguntas. Pensó en lo fácil que era esconder la maldad detrás de una idea elevada.

El informe final fue preciso y frío. No hablaba de asesinos. Hablaba de presiones estructurales, de aislamiento inducido, de una muerte funcional a múltiples intereses. No mencionaba nombres propios más allá de los ya públicos. No señalaba culpables directos. Se limitaba a describir un sistema que había empujado a un hombre hasta volverlo prescindible. La muerte aparecía como una consecuencia lógica, casi administrativa. Un desenlace compatible con la estabilidad general.

Ferrand sabía que ese lenguaje era una concesión. No a la mentira, sino a la supervivencia del documento. Un informe demasiado honesto no circula; se archiva. Uno apenas incompleto, en cambio, se filtra. Se cita. Se comenta en pasillos donde nadie deja constancia escrita.

Al enviar el archivo, recibió una notificación interna del Oficio: la publicación completa quedaba diferida. No censurada. Diferida. Ferrand reconoció el término. Era la palabra que las instituciones usan cuando necesitan que el tiempo haga su trabajo sucio. Cerró el mensaje sin responder. Anotó la fecha en su libreta, como quien registra un hecho que todavía no ocurrió, pero que ya es inevitable.

Firmó el informe sin orgullo. Nunca lo tenía. La firma no era un gesto de autoría, sino de responsabilidad mínima. Alguien tenía que haber estado allí. Alguien tenía que haber escrito que esa muerte no había sido un error, sino una solución.

Meses después, el nombre de Calvani desapareció de los diarios. Otros escándalos ocuparon su lugar, más recientes, más rentables. El Vaticano siguió en pie. Los bancos también. Las fundaciones cambiaron de nombre. Las cuentas se redistribuyeron. El mundo no se corrigió ni se desvió: simplemente continuó.

Ferrand siguió trabajando como externo. Sin ascensos. Sin protección. Sin fe. Con reglas. Le asignaron casos menores, zonas grises que no ameritaban titulares. Los aceptó todos. Sabía que la relevancia era un riesgo innecesario.

A veces soñaba con el puente. En el sueño no había cuerpo. Solo el nudo, balanceándose suavemente, intacto, esperando. No a una víctima concreta, sino a una circunstancia adecuada. Ferrand entendía ese detalle incluso dormido: los sistemas no necesitan hombres; necesitan funciones disponibles.

Despertaba siempre con la misma certeza:

que Dios no llevaba las cuentas,
pero alguien lo hacía en su nombre.

Fin.


Nota final del autor

No creo en la literatura como redención. Tampoco en la justicia como destino natural de los hechos. He vivido lo suficiente para saber que el mundo no se ordena por mérito ni por verdad, sino por persistencia. Lo que sobrevive no es lo justo, sino lo funcional.

Escribí este libro porque hay silencios que empiezan a parecerse demasiado a la paz. Y porque toda institución que se proclama eterna termina desarrollando una ética de la demora: pospone la verdad hasta que deja de doler, hasta que deja de importar, hasta que deja de existir.

No me interesa denunciar a la Iglesia como si fuera un monstruo excepcional. Los monstruos tranquilizan: permiten señalar algo externo y dormir mejor. Me interesa, en cambio, observarla como lo que ha sido durante siglos: una construcción humana capaz de producir consuelo y devastación con la misma eficiencia. Una maquinaria simbólica que aprendió antes que nadie que la culpa es un recurso renovable y que el perdón, administrado con prudencia, puede convertirse en capital.

La tragedia no reside en la fe, sino en su gestión. No en Dios, sino en quienes hablan en su nombre con la soltura de un gerente y la impunidad de un intermediario invisible. Cuando la trascendencia se vuelve contable, el alma deja de ser un misterio y pasa a ser una garantía.

Ferrand —ese hombre sin fe pero con reglas— no pretende salvar a nadie. Apenas se obstina en comprender. Y en un mundo organizado para no comprender demasiado, esa obstinación ya es una forma de resistencia. No heroica. No eficaz. Pero humana.

He aprendido que la verdad rara vez libera; a veces solo incomoda. Y que la incomodidad es el último espacio donde todavía puede respirarse algo parecido a la libertad. Todo lo demás —los rituales, las absoluciones, los discursos bien intencionados— son intentos de domesticar el espanto.

Si este libro deja alguna huella, quisiera que no fuera indignación ni cinismo, sino una pregunta persistente:

¿en nombre de qué aceptamos ciertas muertes como necesarias, ciertos silencios como prudentes, ciertas mentiras como piadosas?

Porque el día en que dejemos de hacernos esa pregunta, no habremos perdido la fe.
Habremos perdido algo peor:

la responsabilidad de pensar en lo que concierne a Dios.

Thomas A. Riani

 

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