Como si el deseo...
Elegía de la demanda y la luz
Como si el deseo, desnudo y sin preguntas,
pudiera erigirse en ley,
como si bastara querer para absolver la herida,
como si la prisa del yo
mereciera rodillas ajenas.
El antojo no instituye justicia;
produce estrépito.
Y nada corrompe tanto el juicio
como exigir sin asumir
el peso de aquello que se exige.
La sed del día no consiente
ni azar ni prodigio.
No solicita el número propicio:
pretende el mundo.
Yo mismo, erguido en el exceso,
proclamé la nada por herencia,
alzando la voz
sobre la ruina que me sostenía.
Llegan los tiempos torcidos.
Llegan siempre.
Importa poco lo que se entrega
o lo que se oculta bajo la lengua;
todo depende del sitio
del que brota la mano que reclama.
La costumbre envejece mal, sin duda;
pero hacer del sangrar un hábito
es un yerro del que nadie emerge indemne:
todo duele
cuando el daño se inflige por partes,
cuando la mordida no mata,
pero persevera.
Escucha y conserva esto:
cuando el vínculo se calcula,
nace el reproche;
cuando se acepta,
se establece el silencio fecundo.
El íntegro da
hasta donde le permiten los huesos
y no se justifica cuando cesa.
El otro —el que rehúye el examen—
transmuta su carencia,
hace doctrina de su hambre
y llama convicción
a la negativa de mirarse.
No falsean.
No se equivocan.
Desgastan.
Los he visto revestirse de fulgor,
como quien se adorna
con alhajas sustraídas a la noche:
daban luz a la sombra
para hacerla pasar por misterio.
Pupilas bellas flotando en lodazales de estrellas,
figuras leves y seductoras,
solas y múltiples,
idénticas bajo el disfraz de la diferencia,
copias del mal,
bendecidas por quienes confunden la claridad
con el reflejo.
Sabes de quién se habla.
Siempre se sabe.
Y se permanece ahí,
en el centro incierto:
separado y atado,
aprendiendo —tarde—
que el amor no es ornamento del mundo,
sino su principio oculto.
El amor no explica:
hace posible.
Tal es su oficio,
para que lo demás
no se disuelva en ruido.
No toda pregunta reclama palabra.
No toda exigencia merece oído.
Hay violencias de una limpieza perfecta
—y por ello, las más crueles—:
pedir sin responder
del temblor que se abandona atrás.
Por las tardes oigo
a los hombres hablar del tiempo
reducido a mercancía,
de palabras pronunciadas sin calor,
de opiniones que no revelan,
sino que encubren.
Hay voces que jamás arriesgan la piel,
que rehúyen el temblor,
que traicionan al amor.
A esas las nombro cobardes,
no ya desde el silencio, sino desde el alma,
pues la vida comienza a extinguirse
cuando rehúsa transfigurarse,
cuando teme consumirse
en la dignidad de su propio incendio.
Y, sin embargo,
ya no tengo edad
para la queja estéril,
esa que se pudre en cajones
llenos de polvo y excusas.
No me queda rencor alguno.
Me queda el tiempo,
deshaciéndose en la mano,
inclinándome, como polvo sagrado,
a la serena dicha de pensarte.
Aún conservo,
sobre la pequeña mesa de noche,
tu postrera misiva.
Al releerla,
medito aquellas palabras
en que decías
que tu vida no había sido
sino un aprendizaje inconcluso,
semejante al de todos,
y acaso lo único verosímil
en esta eternidad que apenas nos roza.
Mas te lo ruego:
no la entregues al fuego
ante miradas ajenas.
Este tiempo es tuyo,
como ayer fue mío.
Y este escrito,
en mi propio decir,
ya ha cumplido su incendio,
pues el amor que me otorgaste
—tal vez sin saberlo—
es el fuego secreto
de mi silencio.
Papá, en soledad, a veces,
cual visita del ayer, sin previo aviso,
vuelve la nostalgia
de tu luz extinta.
Y en ese fulgor
—breve, suficiente—
todavía, aun aquí,
tan cerca del yerro,
aprendo a vivir.
Este poema indaga en la ética del deseo, la violencia silenciosa de la demanda y la confusión contemporánea entre luz y reflejo. Escrito desde la conciencia del exceso y la pérdida, propone al amor no como ornamento ni explicación, sino como principio que hace posible el mundo y lo rescata del ruido.
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