"Cuando Aparecen Las Excusas"

De los Andares del Alma

Reflexión sobre el silencio, la conciencia y el camino interior del hombre a la luz de las llanuras que enseñan paciencia y verdad.

“En las grandes soledades el hombre escucha con mayor claridad la voz de su propio espíritu.”

Hay en la vasta extensión de nuestras llanuras una lección severa para el espíritu del hombre. Allí donde la mirada se pierde sin hallar muro ni término, donde el viento corre libre como si fuese dueño del mundo, el pensamiento aprende una verdad que las ciudades suelen olvidar: que todo comienza en el silencio.

La pampa, ese océano de tierra que se dilata desde el horizonte hasta el horizonte, no admite la tibieza. En su soledad se forman caracteres o se disuelven voluntades. El hombre que la habita se acostumbra a la espera, al riesgo y a la incertidumbre; aprende a escuchar antes de hablar, a mirar antes de juzgar.

Así ocurre también con las ideas.

Muchos toman la pluma con la ilusión de hallar en ella una obediente herramienta. Creen que el pensamiento se ordenará dócilmente sobre el papel. Pero pronto descubren que la inteligencia humana no es un instrumento sumiso, sino una fuerza indómita, tan caprichosa como el viento que recorre nuestras campañas.

La página en blanco se abre entonces ante el escritor como la llanura ante el viajero: vasta, incierta, desafiante. Y del mismo modo que el hombre que se interna en el campo abierto no sabe con certeza dónde terminará su jornada, tampoco el pensamiento conoce desde el principio la forma exacta que tomará su camino.

El espíritu débil retrocede. El espíritu firme avanza.

Porque del mismo modo que el gaucho, perdido entre leguas de campo, encuentra finalmente la huella que lo conduce, el pensamiento humano —si se lo sigue con paciencia y resolución— termina por hallar la palabra justa que lo expresa. Escribir, en ese sentido, no consiste en repetir lo que ya sabemos, sino en conquistar, palmo a palmo, una tierra nueva dentro del entendimiento.

Algo semejante ocurre con la vida misma. El hombre atraviesa sus años como quien cruza una llanura extensa: a veces con ligereza, cuando la juventud todavía no conoce el peso de las decisiones; otras veces con paso más medido, cuando la experiencia comienza a señalar los límites de la voluntad.

En los primeros tramos del camino, el espíritu suele creer que el mundo se abre entero ante sus deseos. Más tarde comprende que cada impulso deja su huella y que las decisiones del hombre rara vez afectan solamente su propia existencia. Ansias, recuerdos y voluntades se entrelazan entonces como pasto enredado en el campo: sin violencia visible, pero con la silenciosa firmeza de las verdades que cuesta reconocer.

De allí nace una cierta fatiga del espíritu. No tanto un cansancio del vivir, sino una desconfianza hacia las máscaras que el mundo acostumbra a ofrecer. Llega un momento en que el hombre ya no desea justificar su vida con pretextos ni adornarla con discursos. Prefiere, antes bien, mirarse con sencillez y decir lo que verdaderamente siente, aun cuando esa verdad sea breve y desnuda como una palabra dicha sin adornos.

Porque en lo más hondo del espíritu humano habita una voz que rara vez se equivoca. No se impone con estridencia ni reclama atención pública; habla en voz baja, como si supiera que no necesita convencer a nadie. Algunos la llaman conciencia, otros intuición, y otros —con mayor ternura— corazón. Pero cualquiera sea el nombre que se le dé, lo cierto es que esa voz conoce muchas veces el camino antes que nuestra razón.

Sin embargo, entre lo que el hombre reconoce como verdadero y aquello que finalmente se decide a hacer suele levantarse una resistencia silenciosa. El espíritu humano, amigo de su propia comodidad, teme con frecuencia las consecuencias de obedecer aquello que sabe justo.

Es entonces cuando aparecen las excusas.

La más común de todas adopta una forma aparentemente humilde: el hombre dice “no puedo”. Pero si se examina esa frase con atención, muchas veces no expresa una verdadera imposibilidad, sino una duda disfrazada de resignación. Al convencerse de que no puede, el hombre se protege de la responsabilidad de intentar.

De ese modo conserva la apariencia de inocencia, aunque en lo profundo de su conciencia sepa que ha preferido la tranquilidad antes que la verdad.

Pero la conciencia no desaparece. Puede ser ignorada durante un tiempo, cubierta con razonamientos o postergada por la prudencia, pero permanece allí, como una lámpara encendida en el interior del pecho. Y cuando el hombre se encuentra finalmente a solas consigo mismo, descubre que ninguna palabra alcanza para engañar del todo a aquello que ya ha sido juzgado en su interior.

Por eso los espíritus más hondos han aprendido a respetar el silencio. Hay ocasiones en que hablar sería traicionar lo que uno sabe, mientras que callar preserva la dignidad de una verdad que todavía no se tiene el valor de vivir. El silencio, entonces, no es necesariamente cobardía; puede ser también una forma de respeto hacia aquello que el alma reconoce como justo.

Así, la verdadera elevación del espíritu no consiste únicamente en saber lo que es correcto, sino en aceptar con humildad esa verdad que habita en nuestro interior. Y si todavía no se posee la fuerza suficiente para cumplirla, al menos no negarla con palabras.

Porque al final, como bien sabe cualquiera que haya caminado lo suficiente por los campos del mundo y por los del propio espíritu, el corazón suele reconocer antes que nuestras razones aquello que debe hacerse.

Y ese “no puedo”, repetido tantas veces por los hombres, no es muchas veces más que la cautela de un espíritu que todavía no se anima a intentar lo que su propia alma ya ha comprendido.


Autor: Thomas A. Riani

Género: Ensayo filosófico

Publicado en: Blog de la Asociación de Artes y Letras de Valencia

Año: 2026

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