El peso de lo poseído

Nostalgia de la liviandad

Una reflexión sobre el peso de la acumulación y la memoria del tiempo intacto

“La vaca que entra en la huerta sabe que no, pero come.” — José T. Larralde Saad

Aclaración: La sentencia alude a quien posee plena conciencia de obrar mal y, aun así, se aprovecha. No es ignorancia ni necesidad: es viveza consciente.

El hombre, abandonado a la intemperie de sus propios huesos, tiembla incluso antes de pensarse. Dialoga consigo mismo en una lengua que no desciende al mundo ni busca garganta ajena: palabras sin caída ni eco, pronunciadas en el ámbito cerrado de la conciencia. Se nace en soledad, se atraviesa la vida en el esfuerzo por velarla y se muere regresando a ella como a una patria antigua.

Son pocos los que advierten esta evidencia. La mayoría se encadena a cosas frías y perdurables —formas, nombres, artificios— cuya duración apenas excede la nuestra, y en esa mínima diferencia deposita la esperanza de no desaparecer del todo.

Pero descifrar al hombre exige un coraje poco común. No basta con mirarlo: hay que sostenerle la mirada cuando se despoja de las máscaras, cuando el ruido de sus ataduras calla y queda al descubierto su temblor esencial. Comprenderlo implica aceptar la contradicción que lo funda, internarse en sus pliegues sin promesa de redención y resistir la tentación de huir hacia consuelos fáciles. Porque quien se atreve a leer al hombre se expone también a leerse, y no todos soportan ese riesgo.

Hay un momento —tardío, casi siempre— en que el hombre descubre que no fue el mundo el que se volvió pesado, sino él mismo, cargado de cosas. No de cosas necesarias, sino de aquellas que alguna vez prometieron sentido y terminaron exigiendo obediencia. Es entonces cuando aparece una fatiga distinta, más amarga que el cansancio físico: la de saberse prisionero de lo que uno mismo construyó.

La maldad no siempre se manifiesta en el daño visible, sino en la apropiación silenciosa: cuando otro dispone de tu tiempo como si le perteneciera y lo somete a su antojo bajo el pretexto de su propio designio.

Las cosas no descansan. Aun inmóviles, se degradan. Y en esa lenta corrupción obligan a una vigilancia perpetua, como si la materia reclamara al hombre una fidelidad que no merece. Puertas que se abren para romperse; espacios que existen solo para ser mantenidos; mecanismos que envejecen por el simple delito de no ser usados. Todo exige. Todo reclama. Nada agradece.

Así, el tiempo —ese bien frágil que alguna vez fue propio— comienza a ser devorado por lo inerte. Ya no se vive: se administra. Ya no se habita el espacio: se lo controla. El hombre deja de preguntarse por el sentido de su vida y se concentra en sostenerla materialmente, como si ese esfuerzo bastara para justificar la existencia.

Desde afuera, a esto se lo llama éxito. Desde adentro, se parece peligrosamente a una cadena invisible. Tener tanto —espacios, estructuras, responsabilidades— no siempre significa abundancia; a veces es apenas una forma elegante de esclavitud. Se acumula para afirmarse, pero en el proceso uno se dispersa. Se multiplica lo poseído y se diluye lo esencial. Y, sin notarlo, el hombre termina perdiéndose dentro de las cosas que creyó levantar para protegerse del vacío.

Lo más cruel no es el exceso, sino la nostalgia que deja. No se extraña la pobreza, sino la liviandad. No se añora la carencia, sino el tiempo intacto: aquel que no estaba comprometido con el mantenimiento de nada. Cuando el día no era una sucesión de controles, sino una posibilidad abierta. Cuando vivir no implicaba sostener, reparar, prever.

Entonces surge una culpa muda: la sospecha de haberse equivocado. De haber confundido crecimiento con acumulación, seguridad con encierro, progreso con ruido. Pero esa culpa no pide castigo, sino comprensión. Porque querer menos no es retroceder: es recordar. Es un gesto de lucidez tardía frente a un mundo que empuja constantemente a poseer, aun a costa de perderse.

Suele afirmarse, con tono de máxima irrevocable, que el hombre no debe regresar a los ámbitos donde conoció la dicha. No comparto tal dictamen. El lugar no guarda la felicidad —siempre fugitiva—, sino la proporción exacta de lo que fuimos. Volver no es anhelar la repetición de un goce extinto, sino someter el ánimo a la comprobación de su propia persistencia.

La verdad no corona al poderoso: ensancha al débil, otorgándole forma y sostén. La duda no degrada al valeroso: atempera al rudo, devolviéndolo a la medida de lo humano. La falsedad, en cambio, no edifica: acomoda. Y en ese acomodo se instituye un dominio sin rostro, donde el favor suplanta al mérito y la conveniencia usurpa al juicio.

Así, el retorno se convierte en prueba y en cifra. Pues si existe un tiempo señalado para cada tránsito del espíritu, existe también una divinidad para cada desamparado, no como refugio, sino como exigencia. Rehuir el regreso no es siempre sabiduría: con frecuencia es tan solo el arte de evitar el examen último de uno mismo.

«No extrañamos aquello que jamás fue nuestro;
añoramos, más bien, la ingrávida ventura
de no ceñir al pecho el peso del mundo.

No es miseria el desear menos: es memoria —aún palpitante—
de la edad primera en que el tiempo nos pertenecía
y no rendía vasallaje a las cosas.

Y si me fuere dado consumarme del todo,
aunque vague extraviado entre brumas y sombras,
no me será ajena la severa idea
que, desde el sacro instante del primer aliento,
me punza con su dictamen irrevocable:
todos, al fin, nos quebramos
bajo un mismo designio.»

— Thomas A. Riani

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