Una maquinaria gastada...

La refracción del idiota: tratado sobre la incurvabilidad de la nada

La refracción del idiota

Tratado sobre la incurvabilidad de la nada
Por Thomas A. Riani

“Incurvabilidad” no es la simple negación de la curva.
No es una propiedad geométrica: es una actitud del espíritu.

Es la obstinación de lo plano.
La negativa a ceder ante la profundidad.

Es el gesto íntimo —casi miserable— de quien, enfrentado al vértigo de lo curvo, decide endurecerse: volverse superficie, clausurar toda posibilidad de pliegue.

La incurvabilidad no describe al espacio.
Describe al hombre que se niega a ser afectado por él.

Porque curvarse implica reconocer fuerzas, aceptar tensiones invisibles, admitir que uno no es centro ni medida.
Ser incurvable, en cambio, es un acto de defensa: una rigidez ante lo incomprensible.

Por eso no es un término inocente.
Es una acusación.

Hablar de la “incurvabilidad de la nada” es señalar el intento absurdo de volver incluso el vacío algo plano, domesticado, sin espesor ni misterio. Como si hasta la nada debiera someterse a la comodidad del ignorante.

***

La vida suele ser un asunto jodido. No en abstracto, sino en los rincones donde se ensaña con uno y lo obliga a mirar donde no quiere.

Y sin embargo, es ahí —en esa intemperie— donde empieza a gestarse algo parecido a la verdad.

Cuando ya no queda refugio ni consuelo fácil, uno descubre, con una mezcla de espanto y dignidad, que todavía puede levantarse.
Y que en esa obstinación silenciosa, casi absurda, late una forma de esperanza que nadie puede arrebatarle.

Entonces aparece otra evidencia: uno no controla la máquina.
Hay engranajes más hondos que giran a espaldas de la voluntad.

El viento, clavado en el espinazo como una señal antigua, parece decir —sin palabras— que todo empezó ahí: no en la certeza, sino en ese temblor inicial donde el hombre, aun sin comprender, decide seguir avanzando.

***

A nadie le sale una nota verdaderamente pareja cuando es el corazón el que grita lo que falta.

Uno intuye —más que sabe— que hay que dar vuelta esos pequeños ángeles que custodian las palabras, forzarlos a decir lo indecible. Pero a veces, por exceso o por desborde, no brota ni siquiera una idea áspera a la que aferrarse.

Y entonces aparece la rabia.

La rabia de descubrir que lo que llamábamos “plano” no era una forma, sino una enfermedad del espíritu.

Hay hombres —y esto conviene admitirlo— que necesitan reducir el mundo. Amputarle dimensiones para no enfrentarse al vértigo.
Pero también hay algo de esa tentación en uno mismo: un impulso secreto a simplificar, a domesticar lo que excede.

Pretender que la existencia se agota en una superficie lisa es el último refugio de quienes han claudicado ante el misterio… y, a veces, la primera coartada de nuestra propia cobardía.

Elegir la tranquilidad de una mesa de billar antes que la grandeza terrible de la gravitación.

***

En esa negación de la curvatura hay una violencia callada: el deseo de que el universo no exceda la medida de la propia conciencia.

Pero el universo —como el alma— siempre se rebela contra esa mutilación.
Lo que parecía orden se revela grieta.
Lo que se creía certeza, apenas un temblor contenido.

La esfera no tiene lados: es el lado absoluto.
Síntesis de infinitas tangentes que colapsan en una unidad.

Mientras el necio mide con su regla, la métrica del espacio se burla de su linealidad.
El camino hacia la verdad no es una recta, sino una curvatura que lo excede.

El plano es la geometría de la muerte.
La esfera, la topología del retorno.

“La planicie es el sudario de la inteligencia; solo en la curvatura el hombre encuentra la profundidad necesaria para no caerse de sí mismo”.
***

Existe una bronca necesaria contra quienes intentan aplanar el cosmos.
Pero esa bronca también nace del miedo.

Son los mismos —somos los mismos, a veces— que confundimos el horizonte con un muro.

Negar la esfera es negar la arquitectura del ser.

La realidad es más exigente: nos obliga a la curva, nos somete a la rotación, nos inscribe en ciclos donde el final nunca es del todo final.

***

El cuerpo, mientras tanto, pasa factura.

Se avanza igual.
Flaco, deslucido.
Como si cada paso cobrara su precio en hueso.

La lluvia cae —pero cae mal—.
Y uno entiende que la ley no ordena: acomoda el desastre.

El verano es un privilegio ajeno.
El invierno se reparte entre quienes tienen que aguantarlo.

Y los que dicen servir sostienen una maquinaria gastada que nunca se detiene.

***

Y aun así…

Hay algo que no termina de apagarse.

Una resistencia muda.
Casi absurda.

Una chispa mínima pero terca que insiste, contra todo, en seguir encendida.

***
“Ustedes, los agrimensores de la nada, caminan sobre una esfera jurando que es una alfombra.

Sigan midiendo su mundo plano.

El resto de nosotros seguirá habitando la curva, sabiendo que su mayor miedo no es caerse por el borde, sino descubrir que, después de tanto caminar en línea recta, terminarán dándose de frente contra su propia espalda”.

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