A través de la obediencia

 

Las lluvias convenientes

* “Nunca escribas para contar algo; escribe para perforar una verdad humana desde todos sus ángulos. Porque la filosofía solo se vuelve literatura cuando deja de adornar ideas y comienza a sangrar dentro de ellas. Eso es literatura de verdad: cuando una abstracción deja de sonar intelectual y empieza a doler. Y acaso no exista tragedia más honda que descubrir que la necesidad de amor puede humillar incluso más que la ignorancia.”

 Esto que sigue no nació enteramente de mi imaginación. Su semilla me fue entregada hace años por un linyera en el tren Roca, entre Burzaco y Constitución, en una de esas mañanas obreras donde el cansancio viaja sentado junto a la ventanilla. Nunca volví a ver a aquel hombre, pero todavía persiste en mí el eco de su voz, como si hubiese pronunciado algo demasiado antiguo para perderse del todo. Y aunque la memoria, con el tiempo, también aprende a fabular, sigo creyendo que fue una de las cosas más hermosas que escuché jamás.

Lo demás lo inventé yo, naturalmente. Porque escribir acaso consista en eso: en añadir carne y sombra al hueso de un misterio, en prolongar el enigma para que continúe respirando entre las palabras:

“Porque un dios distraído sigue siendo más tranquilizador que un universo indiferente.
Para mí, creer en un dios distraído todavía implica intención, conciencia, la posibilidad de ser visto alguna vez. Todo lo contrario diría de un universo indiferente, que ni siquiera registra nuestra existencia.

Y por eso pienso en los que ya no están, y llego por un momento a una conclusión realista: la tranquilidad no viene de que ese dios actúe, sino de que podría hacerlo. Hay alguien ‘del otro lado’, aunque permanezca ausente.

Eso toca una ansiedad profundamente humana: prefiero sentirme ignorado antes que irrelevante. Porque el silencio del cosmos puede ser más inquietante que cualquier divinidad imperfecta.”
El Autor.

 

Evangelio doméstico sobre la obediencia y otras supersticiones útiles

En una casa húmeda, antigua y ligeramente vencida por el olor de las croquetas mojadas, coexistían tres especies distintas y una misma religión: la obediencia recompensada.

La pecera descansaba junto a la ventana, iluminada con esa solemnidad azul que tienen las iglesias baratas y las cárceles caras. Allí flotaban los peces adultos, redondos de cuerpo y absolutos de pensamiento, predicando a los alevines una teología acuática heredada desde tiempos inmemoriales.

—Si se portan bien —declaró el pez más gordo, inflando las agallas con autoridad episcopal—, del cielo caerá alimento.

Los pequeños abrieron los ojos con devoción húmeda.

Y, efectivamente, a veces llovía comida.

Nunca comprendieron que aquella “lluvia” provenía de una mano humana gigantesca que arrojaba escamas secas mientras discutía por internet o ignoraba mensajes de su ex pareja. Pero los peces, como casi todos los creyentes funcionales, preferían atribuir el milagro a la virtud antes que al aburrimiento de un ser superior.

Porque un dios distraído sigue siendo más tranquilizador que un universo indiferente.

En el otro extremo de la casa, sobre una manta vieja impregnada de leche y supervivencia, la gata adoctrinaba a sus cachorros.

—Escuchen bien —susurró con gravedad litúrgica—: si aprenden a caer parados, a desconfiar de las caricias y a no necesitar demasiado a nadie… lloverán ratones.

Los gatitos ronronearon fascinados.

Uno preguntó:

—¿Y quién hace caer los ratones?

La gata lo observó con esa mezcla de desprecio y ternura con la que las religiones miran a la filosofía.

—Las preguntas excesivas son propias de los perros.

Y el catecismo continuó.

Porque los gatos no mienten por crueldad.

Mienten por elegancia.

Consideran que la verdad desnuda tiene algo obsceno.

Detrás de la puerta, tirado sobre el suelo como un profeta expulsado de su propio templo por babear demasiado, estaba el perro.

Viejo. Marrón. Tristemente sabio.

Había escuchado todo.

Se lamió una pata, suspiró con cansancio metafísico y soltó una risa nasal.

—Qué animales ignorantes… Todos saben que, si uno se porta bien, llueven huesos.

Hubo silencio.

Los peces dejaron de nadar.

La gata entrecerró los ojos.

Los cachorros observaron al perro con esa mezcla de compasión y vergüenza que se reserva para los locos… o para los herejes.

Porque cada criatura defendía no la verdad, sino la versión del universo que hacía soportable su encierro.

Los peces necesitaban creer en la recompensa vertical.

Los gatos, en la meritocracia del cazador.

Y el perro…

el perro necesitaba creer que la obediencia todavía podía ser amada.

Nadie soporta demasiado tiempo mirando de frente el mecanismo absurdo del mundo.

Por eso las especies inventan dioses domésticos, promesas simples y lluvias convenientes.

No porque sean estúpidas.

Sino porque la ignorancia, cuando es colectiva, adquiere inmediatamente la textura emocional de una patria, una iglesia… o una familia.

Y así siguieron viviendo:

los peces esperando alimento,
los gatos esperando ratones,
y el perro esperando huesos…

mientras la mano humana continuaba arrojando sobras sin la menor intención metafísica.

Porque la verdad más insoportable no es que nos hayan mentido.

La verdad insoportable es descubrir que casi todos prefieren una mentira útil antes que una libertad incomprensible.

Y quizá por eso las criaturas rezan.

No para entender el universo.

Sino para no sentirse abandonadas dentro de él.

Fin.

Nota final del autor

Lee mucho y terminarás descubriendo que la víbora siempre vuelve a morderse la cola: muchas de las ideas humanas nacen menos de la lógica que del miedo profundo a no ser abandonados. El perro, en particular, no es simplemente “el tonto”. Es, quizá, el único personaje verdaderamente trágico del relato. Los gatos tienen orgullo; los peces, doctrina. El perro tiene necesidad de amor. Y eso vuelve todo, inevitablemente, más humano… o al menos así lo entiende mi pupila, tristemente doctrinal.

“Me pregunté qué era el paso del tiempo y terminé recordando al físico alemán de origen judío. Pero después pensé —durante esos segundos que parecen durar lo mismo que los inviernos del alma— que cada uno necesita una versión soportable del universo. Y entonces comprendí que el paso del tiempo tal vez no sea otra cosa que ciertas tristezas humanas atravesándonos con honestidad, mientras apenas aprendemos a convivir con sus ausencias.

Ya no se trata de ‘¿existe Dios?’, sino de una pregunta más íntima y más dolorosa: si cumplo, si espero, si permanezco fiel… ¿hay algo ahí afuera capaz de seguir queriéndome?

O tal vez haya que seguir como si nada, aceptando en silencio que incluso una mentira puede cumplir una función afectiva indispensable. Y es precisamente eso lo que vuelve el problema irresoluble.”

Debo haber escuchado algo parecido alguna vez, y mi mente lo terminó procesando así. No defiendo la religión, sino la necesidad psicológica de una intención superior, aunque sea negligente. Y es en ese punto donde insisto: “el perro necesitaba creer que la obediencia todavía podía ser amada”.

— Thomas A. Riani

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