Entre un Dios cansado y un Hombre
La
economía del vacío
(Fragmentos
del diálogo entre un dios cansado y un hombre que confundió el valor con el
precio)
*No es una crítica al dinero.
Es una crítica a la conversión del valor humano en rendimiento cuantificable.
Hay una forma de pobreza que no puede medirse.
No aparece en estadísticas, ni en barrios marginales, ni en cuerpos
hambrientos.
Es una miseria más sofisticada. Más elegante.
Una miseria que usa relojes caros, habla de productividad y duerme abrazada a
la ansiedad como si fuera una medalla moral.
De esa pobreza trata esta historia.
“Donde el
ser humano contemporáneo ya no trabaja para vivir, sino para justificar su
existencia.”
O quizás no sea una historia.
Tal vez sea una autopsia.
Aquella noche el hombre soñó con Dios no
porque fuera digno de una revelación, sino porque estaba demasiado vacío para
seguir soñando solo.
Había pasado los últimos años consumido por
una idea simple: hacerse rico.
(Ya no
hace falta coerción externa porque el individuo se convierte simultáneamente en
amo y esclavo de sí mismo.)
No rico como símbolo accidental de plenitud,
ni rico como consecuencia secundaria de una obra, una pasión o una visión.
No.
Quería riqueza pura. Desnuda. Acumulativa.
Dinero convertido en metafísica.
El capital como sustituto del sentido.
Antes de dormir había repetido, como cada
noche, la liturgia contemporánea: videos de empresarios hablando sobre
disciplina, dominación y éxito; frases motivacionales dichas por hombres cuyos
ojos parecían permanentemente vigilados por un enemigo invisible.
Después cerró los ojos.
Y cayó.
No en un sueño, sino en una estructura.
Porque ciertos sueños no son imágenes: son
arquitecturas filosóficas.
Despertó en una ciudad imposible.
Todo estaba construido en oro, pero el oro
parecía enfermo.
Las avenidas eran perfectas y sin embargo producían angustia.
No había basura.
No había ruido.
No había niños.
Solo pantallas.
Millones de pantallas suspendidas en el aire
mostrando números que subían y bajaban como pulsaciones de un corazón
artificial.
Entonces oyó una voz:
—La humanidad inventó primero a los dioses y
después inventó los mercados. Lo interesante es que terminó exigiéndole más
milagros al segundo que al primero.
El hombre giró.
Dios estaba sentado sobre un trono hecho de
restos humanos cubiertos de diamantes.
No había crueldad en la imagen.
Había diagnóstico.
Porque el verdadero horror nunca necesita
exageración.
—¿Vos sos Dios? —preguntó el hombre.
—Eso depende —respondió la figura—. En esta
época me llaman “potencial”, “éxito”, “marca personal” o “libertad financiera”.
Mi antiguo nombre ya no cotiza demasiado bien.
El hombre sintió incomodidad.
Había algo ofensivo en el tono de Dios: no
sonaba omnipotente.
Sonaba lúcido.
Y la lucidez siempre humilla más que la
violencia.
—Yo solo quiero dinero —dijo finalmente—. No
entiendo qué tiene eso de malo.
Dios sonrió.
No con superioridad.
Con cansancio.
— “Hijo… hice galaxias, océanos, montañas, atardeceres, café, perros que se
alegran cuando llegás y gente capaz de enamorarse… y vos llorando porque el
Wi-Fi anda lento.
Te di un planeta entero sin pedir depósito, sin
contrato y sin aumento de alquiler cada seis meses. Algunos viven en mansiones,
otros en piezas chiquitas… pero ninguno puso un ladrillo del universo. Y aun
así escucho: ‘qué injusta la vida’.
Inventé frutas que vienen con envase
biodegradable incluido… y ustedes compran agua con sabor a sandía artificial.
Les di pulmones automáticos, un corazón que
trabaja 24/7 sin sindicato y un sol que sale gratis todos los días… pero el ser
humano igual necesita ‘motivación para levantarse’.
Encima cuando algo sale bien dicen: ‘qué crack
soy’.
Cuando sale mal: ‘Dios mío, ¿por qué me haces esto?’
Decídanse, gerente o cliente.
Mirá que yo hice miles de especies… pero la
única que paga gimnasio para correr sin ir a ningún lado fue la humana.
Y otra cosa: puse árboles que dan sombra
gratis, playas gratis, estrellas gratis… y terminaron pagando suscripción para
escuchar lluvia artificial mientras ignoran la lluvia real.
No
les cobré alquiler por existir… y todavía tienen el descaro de decir: ‘lunes
otra vez’.
Hermano, hice el tiempo. No me arruines el producto.”
Nada. El problema es que ustedes ya no quieren
dinero para vivir. Quieren dinero para merecer existir.
Entonces las pantallas comenzaron a mostrar
escenas de la humanidad.
Personas despertando y mirando primero su
teléfono antes que el rostro de quienes aman.
Padres trabajando hasta convertirse en extraños para sus hijos.
Jóvenes transformando cada experiencia en contenido para demostrar felicidad en
vez de sentirla.
Hombres destruyendo su salud para comprar después pequeños instantes
artificiales de descanso.
Todo giraba alrededor de una misma órbita:
La conversión de la vida en rendimiento.
Dios habló otra vez:
—“El capitalismo tardío produjo una criatura
inédita: el individuo que se explota a sí mismo creyéndose libre.”
El hombre respondió rápido:
—Eso lo dicen los fracasados.
Dios rió.
Y aquella risa fue insoportable.
Porque no era una risa divina.
Era la risa de alguien que ya vio terminar demasiadas civilizaciones.
—No —dijo—. Los fracasados todavía conservan
algo de humanidad. El verdadero problema son los exitosos vaciados por dentro.
Entonces la ciudad comenzó a deformarse.
Las torres se hicieron más altas.
Más brillantes.
Más obscenas.
Pero al mirar de cerca, el hombre descubrió
algo aterrador:
No estaban hechas de oro.
Estaban hechas de tiempo humano comprimido.
Horas de vida convertidas en materia.
Infancias ausentes.
Matrimonios destruidos.
Sueños aplastados.
Ansiedad convertida en arquitectura.
Y comprendió entonces que toda riqueza extrema
es, en cierto sentido, tiempo vital acumulado.
Dios lo observó en silencio antes de decir:
—“Toda fortuna gigantesca es un cementerio
temporal invisible.”
El hombre sintió rabia.
—¿Entonces querés que todos seamos pobres?
—No. La pobreza material destruye cuerpos.
Pero la riqueza sin límite destruye realidades enteras. Ustedes creen que el
exceso es una extensión natural del deseo, cuando en verdad es una patología
metafísica.
El hombre guardó silencio.
Porque había algo insoportable ocurriendo
dentro suyo:
Comenzaba a entender.
Y entender profundamente siempre se parece un
poco a morir.
Entonces Dios hizo algo extraño.
Tomó al hombre de la frente.
Y le mostró el futuro.
Vio ciudades donde nadie hablaba cara a cara.
Vio algoritmos decidiendo el valor social de las personas.
Vio seres humanos convertidos en pequeñas empresas emocionales, obligados a
vender constantemente versiones editadas de sí mismos.
Pero vio algo aún peor:
La desaparición total del ocio verdadero.
No del descanso físico.
Del ocio espiritual.
La incapacidad absoluta de permanecer quieto
sin sentir culpa.
Y Dios dijo:
—La antigua esclavitud encadenaba cuerpos. La
nueva esclavitud convence a las personas de que deben monetizar incluso su
alma.
El hombre preguntó:
—¿Y qué tiene de malo querer crecer?
Dios respondió:
—Nada. Un árbol también crece. Pero no odia su
sombra mientras lo hace.
Hubo un largo silencio.
Después Dios habló con una tristeza imposible
de fechar:
—Ustedes convirtieron la comparación en
sistema operativo del alma.
El cielo comenzó a agrietarse.
Detrás no había estrellas.
Había ojos.
Millones de ojos observando.
—¿Quiénes son? —preguntó el hombre.
—Todos los que vivieron creyendo que después
de la próxima cifra finalmente descansarían.
—¿Y descansaron?
Dios bajó la mirada.
—Nunca.
Entonces el hombre preguntó algo que jamás se
había preguntado despierto:
—¿Por qué nadie nos detiene?
Dios respondió:
—Porque la humanidad moderna ya no necesita
tiranos. Descubrió cómo colonizarse sola.
Y añadió:
—“La forma más perfecta de dominación es
lograr que el esclavo admire las cadenas que lo consumen.”
El hombre sintió miedo.
No miedo a Dios.
Miedo a sí mismo.
Porque empezaba a sospechar que jamás había
deseado verdaderamente la riqueza.
Lo que había deseado era escapar de la
insignificancia.
Y comprendió algo devastador:
Que una civilización obsesionada con el éxito
suele estar construida sobre individuos aterrados de no valer nada.
Entonces ocurrió el momento más extraño del
sueño.
Dios empezó a debilitarse.
Las paredes temblaron.
Las pantallas parpadearon.
—¿Qué pasa? —preguntó el hombre.
Y Dios respondió:
—Estoy desapareciendo.
—¿Por qué?
—Porque cada época crea el dios que puede
soportar. Y ustedes ya no soportan uno que les recuerde límites.
El hombre sintió un vacío insoportable.
—Entonces… ¿qué nos queda?
Dios lo miró largamente.
Y dijo la frase final como si fuera una
sentencia arqueológica:
—Les queda aprender que el precio de las cosas
jamás reveló su valor. Solo reveló cuánto estaban dispuestos a perder para
obtenerlas.
Entonces todo colapsó.
La ciudad.
Las pantallas.
El oro.
Y el hombre despertó.
Su teléfono brillaba en la oscuridad.
Una notificación decía:
“Cómo convertirte en millonario antes de los
treinta.”
La observó durante varios minutos.
Después hizo algo mínimo.
Casi ridículo.
Apagó el celular.
Y por primera vez en años escuchó el sonido de
su propia respiración como si fuera una lengua olvidada.
Fin.
“Vos tenés
algo que a mí me falta, y yo guardo algo que a vos te completa. Tal vez, si
alguna vez nos reuniéramos todos los que habitan en cada uno de nosotros,
descubriríamos una versión más humana, más entera y más verdadera de lo que
somos.” – Thomas A. Riani
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