Espero estar equivocado...

“Saber Perder es saber Amar”

Por Thomas A. Riani

"Espero estar equivocado por mil razones y por todos los futuros que aún desconozco. Pero cada vez sospecho más que la tecnología podrá desafiar muchas cosas, menos la silenciosa autoridad de la tumba. Y si no es así, que sea mi corazón quien reciba la noticia."

"Cómo seguir diciendo sí a la vida cuando sabemos que todo puede perderse."

Hay domingos en los que uno descubre que gran parte de su vida está sostenida por costumbres invisibles. Personas que supone que seguirán ahí. Proyectos que imagina avanzando en silencio. Versiones de sí mismo que da por sentadas.

Rara vez pensamos en ello.

Vivimos como si la permanencia fuera el estado natural de las cosas.

Sin embargo, basta una ausencia inesperada para comprender que gran parte de nuestra tranquilidad descansaba sobre una ficción necesaria.

Toda relación humana está sostenida por una confianza silenciosa: la creencia de que el otro seguirá siendo, más o menos, quien creemos que es. No porque lo haya prometido. Porque necesitamos creerlo.

Los vínculos son, en el fondo, una forma de fe.

Y quizá por eso duelen tanto cuando cambian.

No siempre porque alguien nos traicione. A veces simplemente porque el tiempo hace lo que siempre ha hecho: transformar a las personas, desplazar sus prioridades, volver extraños a quienes alguna vez parecían inevitables.

Durante mucho tiempo pensé que la inteligencia consistía en comprender estas cosas antes que los demás. Creía que anticipar las decepciones me volvería menos vulnerable a ellas.

Con los años descubrí que estaba equivocado.

Comprender una pérdida nunca ha evitado que duela.

La lucidez no protege.

Apenas ilumina y una buena reflexión no consiste en decir cosas profundas, sino en desarrollar una idea central y explorarla desde distintos lados.

Todo encuentro lleva escondida una despedida. Toda cercanía contiene la posibilidad de una distancia futura. Todo amor convive, desde el principio, con la posibilidad de terminar.

Y aun así insistimos.

Hay algo admirable en esa terquedad humana.

Seguimos construyendo amistades. Seguimos enamorándonos. Seguimos imaginando futuros junto a personas que podrían no acompañarnos hasta el final de ellos.

No porque ignoremos la fragilidad de las cosas.

Sino porque, de alguna manera, entendemos que su fragilidad no las vuelve menos valiosas.

Tal vez ocurra exactamente lo contrario.

Muchas cosas importan precisamente porque son transitorias.

La juventud suele admirar la capacidad de comprender. Los años enseñan algo diferente: comprender es apenas el comienzo. La verdadera dificultad consiste en decidir qué hacer con aquello que hemos comprendido.

La experiencia rara vez entrega respuestas definitivas.

Lo que hace es corregir algunas preguntas.

Nos obliga a abandonar ciertas ilusiones. Nos muestra cuáles de nuestras ideas sobreviven al contacto con la realidad y cuáles dependían demasiado de nuestra imaginación.

Sin embargo, existe una trampa frecuente. "Si algún día la muerte deja de ser el final, no quiero enterarme solo como una información; quiero experimentarlo como una alegría profunda."

Después de suficientes decepciones, el cinismo comienza a parecer una forma de sabiduría.

Aprendemos que las personas pueden mentir. Que algunos proyectos fracasan. Que la justicia no siempre llega. Que el amor no siempre permanece.

Entonces aparece una voz seductora que nos invita a esperar menos, confiar menos y sentir menos.

La propuesta parece razonable.

Pero es una trampa.

Porque el cinismo no es sabiduría.

Es una decepción que aprendió a hablar con elegancia.

El cínico cree haberse liberado del dolor cuando, en realidad, se ha retirado del juego.

Renuncia para no perder.

Y en ese intento termina renunciando también a la posibilidad de ganar.

Existe una diferencia inmensa entre comprender la fragilidad del mundo y despreciarlo por ella.

La experiencia auténtica no debería volvernos más duros.

Debería volvernos más precisos.

Más conscientes de los límites.

Más humildes frente a lo imprevisible.

Más cuidadosos con aquello que todavía merece nuestra confianza.

Porque llega un momento en la vida en que uno descubre algo incómodo: la inteligencia explica muchas cosas, pero no enseña a vivir.

Para eso hace falta otra forma de conocimiento.

Más silenciosa.

Menos brillante.

Más difícil de exhibir.

La sabiduría consiste en aceptar que nada garantiza la permanencia de aquello que amamos y, aun así, seguir amándolo.

No porque ignoremos la posibilidad de perderlo.

Sino porque la conocemos.

Tal vez por eso el amor y la sabiduría terminan pareciéndose.

Ambos exigen convivir con la incertidumbre.

Ambos implican una forma de vulnerabilidad.

Ambos nos obligan a actuar sin garantías.

Y ambos nos recuerdan una verdad incómoda:

No poseemos nada.

Ni a las personas.

Ni a los momentos.

Ni siquiera a las versiones de nosotros mismos que alguna vez fuimos.

Todo cambia.

Todo se transforma.

Todo se aleja.

La pérdida no es una anomalía de la existencia.

Es una de sus condiciones fundamentales.

La madurez no consiste en negar esa evidencia.

Consiste en mirarla de frente sin convertirla en una excusa para dejar de sentir.

Quizá por eso la frase más honesta sobre el amor no sea una promesa de eternidad.

Quizá sea algo mucho más humilde.

Mucho más humano.

Amar es aceptar que un día podríamos perder.

Y elegir quedarnos de todos modos.

Porque al final el amor no es saber encontrar.

Ni saber conservar.

Ni siquiera saber comprender.

Es saber perder.

Y considerar que valió la pena.

Sin embargo, hay otra cuestión que el tiempo termina revelando.

Algo que no tiene que ver únicamente con el amor, sino con la vida entera.

Durante años creemos que perseguimos objetos, metas o personas.

Más tarde descubrimos que muchas veces perseguíamos otra cosa.

El movimiento.

La expectativa.

La promesa.

El deseo.

Mientras deseamos, avanzamos.

Inventamos proyectos.

Compramos libros que quizá nunca terminemos.

Imaginamos versiones futuras de nosotros mismos.

Nos contamos historias sobre quiénes seremos dentro de algunos años.

Y aunque muchas de esas historias jamás se cumplen, cumplen una función esencial:

Nos mantienen caminando.

El problema aparece cuando obtenemos aquello que creíamos indispensable.

Porque existe una tristeza particular en alcanzar una meta largamente perseguida y descubrir que detrás de ella no nos esperaba ninguna revelación.

Solo otra habitación.

Otro día.

Otra versión de nosotros mismos.

Entonces comprendemos algo extraño.

La felicidad rara vez consiste en alcanzar algo definitivo.

Quizá tenga más relación con conservar viva la capacidad de interesarnos por lo que todavía no existe.

Con seguir imaginando.

Con seguir comenzando.

Con seguir haciendo planes que la realidad jamás nos pidió.

El deseo exagera.

Promete más de lo que puede cumplir.

Idealiza.

Distorsiona.

A veces incluso nos engaña.

Y aun así posee una virtud que ninguna filosofía ha logrado reemplazar:

Nos mantiene en movimiento.

Sobrevive a las decepciones.

Sobrevive a las pérdidas.

Sobrevive incluso a nuestras conclusiones más inteligentes.

Uno puede volverse escéptico.

Puede aprender lecciones amargas.

Puede comprender la fragilidad de casi todo.

Y aun así termina empezando de nuevo.

Mirando a alguien.

Imaginando algo.

Confiando otra vez.

Quizá esa sea la forma más discreta de esperanza.

Y quizá también la más verdadera.

Porque después de todo, vivir no consiste en evitar las pérdidas.

Consiste en aceptar que llegarán y seguir participando de la vida a pesar de ellas.

Seguir amando.

Seguir deseando.

Seguir apostando.

Seguir caminando.

Y cuando finalmente miramos hacia atrás, descubrimos que la felicidad nunca fue una conquista definitiva.

Era simplemente la voluntad de continuar.

A cierta edad, eso empieza a parecer suficiente.

Y también empieza a parecerse bastante a la sabiduría.

Fin. (Si es que algo empieza y termina donde realmente desea, que ese destino sea refugio y no encierro; que nunca transforme la mente en un mueble quieto, sino en una ventana abierta hacia nuevos horizontes.)

"Saber perder es saber vivir."

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