Públicos del Cielo

 “Los empleados públicos del cielo”

Por Thomas A. Riani

“¿Quién soy cuando ya no tengo público? Las redes prometieron acercarnos y apenas lograron que millones de desconocidos aprendieran a odiarse con Wi-Fi. Estamos hiperconectados, pero emocionalmente cada vez más solos.”

El domingo me encuentra siempre sentado igual: con las botas llenas de barro seco, la bombacha gastada como las rodillas de un ternero mamón y el mate lavado… uff, el mate, como la conciencia de un diputado. Afuera el viento peina los yuyos del campo y adentro cruje el silencio, ese silencio viejo que sólo conocen los hombres que han trabajado toda la semana sin hablar demasiado. Yo miro lejos, pa’ donde se pierde el alambrado, y pienso que hay cansancios que no se curan durmiendo, sino quedándose quieto, dejando que el día pase despacio como tropilla mansa.

A esa hora en que el campo parece haberse tragado el ruido del mundo, me siento en el borde de la galería y miro los alambrados como quien revisa las costillas de un animal muerto. Ahí empieza mi semana de verdad. No el lunes. El lunes es apenas la resaca administrativa del infierno.

Porque el domingo, para un criollo cansado, no es descanso.

Es refugio.

Refugio de los hombres, que son peores que las tormentas porque vienen con opiniones. Refugio de esos comedidos a Dios, empleados públicos del cielo, que andan repartiendo culpas como si fueran estampitas.

Yo ya estoy viejo para hablar con intermediarios.

Toda la vida escuchando tipos que dicen:
—“Dios quiere esto.”
—“Dios castiga aquello.”
—“Dios condena lo otro.”

Y uno los mira… gordos de moral, secos de alma, con la lengua llena de cielo y las manos vacías de tierra.

Nunca vi a ninguno sembrar una papa.

Pero te administran el paraíso como si tuvieran acciones.

A veces pienso que el Juicio Final va a parecerse a una municipalidad rural: una fila interminable de muertos esperando un sello mientras un santo con cara de escribano grita:
—“¡Le falta arrepentimiento en triplicado!”

Y ahí estarán los comedidos, adelante de todos, acomodándole la eternidad a Dios:
—“No, este no entra.”
—“Este dudó.”
—“Este blasfemó.”
—“Este pensó.”

Sobre todo eso último.

Pensar es un pecado que jamás perdonan los religiosos con vocación de policía. Porque el hombre que piensa se vuelve difícil de arrear.

Yo aprendí hace años que el problema no era Dios.

El problema era su barra brava.

Nunca tuve pelea con Dios. Con quien me cansé fue con sus traductores.

Mire qué curiosidad: el Todopoderoso hizo galaxias, inventó el relámpago, la sangre y las yeguas pariendo bajo la lluvia… pero resulta que para decirme algo necesita un gerente de sotana o un fanático con aliento a café recalentado.

No señor.

Si Dios quiere hablar conmigo, sabe dónde vivo.

La tranquera nunca estuvo cerrada.

Que venga nomás. Mate hay. Sillas también. Y si aparece de noche mejor, porque de día siempre cae algún moralista a arruinar la conversación.

Yo me lo imagino distinto a como lo venden.

No creo que Dios tenga voz de trueno. Debe hablar cansado. Como hablan los peones viejos después de carnear. Debe estar agotado de escuchar gente usando su nombre para justificar miserias.

Porque el hombre hace atrocidades y después mira para arriba como quien busca un escribano cósmico que le firme la coartada.

“Fue voluntad de Dios.”

Qué frase magnífica para lavarse las manos.

El mundo está lleno de asesinos perfumados de providencia.

Y mientras tanto el campo sigue.

Noble en su brutalidad.

Ahí no hay hipocresía. La vaca se muere de frente. El caballo patea sin metáforas. El invierno no promete salvación.

La naturaleza, al menos, tiene la decencia de ser cruel sin sermones.

El hombre no.

El hombre te clava un cuchillo y después te cita un salmo.

Por eso los domingos me aparto.

No por santo.

Por fatiga.

Porque uno llega a cierta edad donde descubre que la mayoría de las conversaciones son apenas formas educadas de invadirse.

Entonces me siento solo y repaso la semana como quien hila un poncho roto.

El lunes fue un vecino hablando de humildad mientras le gritaba a la mujer.

El martes uno diciendo que “todo pasa por algo”, frase favorita de los imbéciles cuando la tragedia le ocurre a otro.

El miércoles un predicador de radio asegurando que Dios premia a los buenos… justo antes de pedir plata por transferencia.

Hasta el cielo se volvió negocio.

Hay gente que reza como quien paga una coima.

Y sin embargo, a veces, en medio de toda esta mugre espiritual, pasa algo raro.

Un silencio.

Un perro acomodándose a los pies.
El viento cruzando los eucaliptos.
La noche respirando despacio sobre el campo.

Y ahí sí.

Ahí pienso que tal vez Dios no habla en idioma humano porque conoce demasiado bien a los humanos.

Tal vez por eso nunca escribió libros ni fundó iglesias ni abrió cuentas bancarias.

Capaz que su único idioma verdadero sea el cansancio del hombre honesto.

Ese momento donde uno deja de actuar.

Donde ya no quiere convencer a nadie.

Donde hasta el pecado pierde teatralidad.

Yo, por ejemplo, ya ni siquiera blasfemo con entusiasmo. Me sale una resignación más criolla:
—“Y bueno… Dios sabrá en qué anda.”

Aunque sospecho que hace siglos que se desentendió del proyecto.

Y quién podría culparlo.

Mire el personal que le quedó a cargo.

El infierno moderno no tiene fuego.

Tiene opiniones.

Millones de personas gritándose moralidades mientras se pudren por dentro con una prolijidad administrativa que da miedo. Todos fiscales del alma ajena. Todos expertos en pecados que jamás tuvieron el coraje de cometer ellos mismos.

Y así está la Argentina.

Un país lleno de santos de sobremesa y verdugos de Facebook.

Acá cualquiera te habla de valores mientras evade impuestos, explota empleados o abandona a la madre en una clínica barata. Después se persignan antes de comer como si Dios llevara contabilidad.

La religión nacional ya no es la fe.

Es la superioridad moral.

Nos encanta señalar. Somos un pueblo especialista en indignación tercerizada. Nadie limpia su rancho pero todos quieren barrerle la conciencia al vecino.

Porque pensar cansa.

Y hacerse responsable todavía más.

Entonces inventamos tribus.

El religioso acusa al ateo.
El ateo acusa al religioso.
El progresista acusa al conservador.
El conservador acusa al pobre.
El pobre acusa al rico.
Y el rico acusa al país mientras compra departamentos en Miami.

Todos administrando culpas ajenas como monaguillos del resentimiento.

Pero el campo no participa de esa locura.

El campo te enseña algo brutal: las cosas son lo que son.

La sequía no debate.
La helada no milita.
El ternero no miente.
La tierra no finge sensibilidad para quedar bien.

En cambio el argentino urbano vive actuando.

Actuamos felicidad.
Actuamos compromiso.
Actuamos espiritualidad.
Actuamos indignación.

Hasta el dolor se volvió performático.

Hay gente que no ayuda a un pobre si no puede subirlo a Instagram.

Y después hablan de Dios.

Porque si algo perfeccionamos como sociedad fue el arte de disfrazar egoísmo de virtud.

El político roba “por el pueblo”.
El empresario explota “para sostener empleo”.
El periodista miente “para defender la democracia”.
El militante insulta “por amor”.
El religioso condena “para salvar almas”.

Todos haciendo daño con excelentes intenciones impresas en el membrete.

Por eso desconfío de la gente demasiado convencida de sí misma.

El fanático nunca duda.

Y el que no duda termina pareciéndose peligrosamente a un cadáver con objetivos.

En cambio el hombre cansado… ese todavía puede ser decente.

Porque la fatiga le limó el orgullo.

Yo le creo más al peón silencioso que comparte el mate sin preguntarte a quién votaste, que a cualquier iluminado con podcast espiritual.

Le creo más a la vieja que reza callada mientras amasa pan, que al predicador que necesita luces LED y transferencia bancaria.

La verdadera fe, si existe, debe parecerse más a un gesto que a un discurso.

A darle agua a un perro en enero.
A quedarse despierto cuidando a un enfermo.
A no humillar cuando se tiene poder para hacerlo.

Pero eso vende poco.

La crueldad siempre tuvo mejor marketing.

Por eso la Argentina vive atrapada entre mesías baratos y salvadores de utilería. Cada década aparece uno nuevo prometiendo redención nacional mientras el país sigue llenándose de pobres, de solos y de tipos hablando a los gritos.

Mucho ruido moral.

Muy poca misericordia.

Y sin embargo el domingo cae igual.

Lento.
Polvoriento.
Honesto.

El mate se lava.
El sol se inclina sobre los corrales.
Los perros duermen como si todavía confiaran en el mundo.

Después, en alguna casa lejana, alguien prende la televisión para escuchar a otro imbécil explicar el país.

Y el campo, mientras tanto, sigue ahí.

Callado.

Como Dios cuando ya se cansó de discutir con argentinos.

Y sin embargo el domingo cae igual.

Lento.
Polvoriento.
Honesto.

El mate se lava.
El sol se inclina sobre los corrales.
Los perros duermen como si todavía confiaran en el mundo.

Y a veces, cuando la tarde se empieza a desarmar sobre el campo y el cielo toma ese color de chapa vieja mojada, me agarra una idea absurda.

Capaz Dios es argentino.

No lo digo por elegido.

Lo digo por cansado.

Porque hay que tener una resistencia sobrenatural para seguir mirando este país sin renunciar al proyecto.

Capaz por eso nunca baja con trompetas ni milagros espectaculares. Sería poco serio para un argentino. Acá hasta el Mesías tendría que hacer fila, presentar papeles y fumarse a un empleado diciéndole:
—“Le falta una fotocopia del Apocalipsis.”

No.

Si Dios fuera argentino, aparecería distinto.

Caería al campo al atardecer, sin hacer ruido, con los zapatos llenos de tierra y una bolsa de bizcochitos grasientos abajo del brazo.

Se sentaría despacio.

Miraría el horizonte un rato largo, como hacen los hombres que ya entendieron demasiado.

Y recién después diría algo.

No sobre el pecado.
Ni sobre el cielo.
Ni sobre la salvación.

Preguntaría:
—“¿Cómo viene la seca?”

Porque las tragedias verdaderas siempre son concretas.

Entonces yo le cebaría un mate.

Y nos quedaríamos callados un rato, como corresponde entre gente cansada.

Hasta que en algún momento Él miraría el país allá lejos, hecho un ruido de televisores, bocinas y opinadores profesionales, y suspiraría con una tristeza medio cómica:
—“Che… se les fue un poco la mano con el ego.”

Y yo le contestaría:
—“No se haga el sorprendido. El personal lo tomó usted.”

Ahí sí.

Ahí me parece que Dios se reiría.

Pero reírse de verdad.

No esa sonrisa santa que pintan en las iglesias. Una carcajada cansada, humana, de esas que obligan a agacharse y secarse los ojos.

Una risa de tipo derrotado pero todavía curioso.

Y mientras el sol termina de morir atrás de los eucaliptos, capaz levantaría el mate como haciendo un brindis invisible y diría:

—“Al final el infierno no era abajo.”

Entonces yo miraría el país, las noticias, las discusiones eternas, las almas desesperadas por tener razón… y le respondería:

—“No, patrón. El infierno fue querer organizarle el corral a los hombres.”

Y otra vez se reiría.

Más de la cuenta.

Como se ríe alguien cuando descubre, demasiado tarde, que la tragedia y el chiste eran exactamente la misma cosa.

Fin.


La Opinión del Autor:

Las opiniones son bichos curiosos.
Siempre aparecen cuando el peligro ya pasó.

Nadie opina mientras se le incendia la vida.
El hombre opina después, desde la comodidad del mate ajeno, cuando la tragedia ya tiene forma de anécdota y el miedo dejó de transpirar.

Por eso desconfío de la gente demasiado segura de lo que otro tendría que haber hecho.

El que jamás bajó al fondo de sí mismo siempre cree que la conciencia ajena se arregla con frases cortas.

Pero las decisiones importantes no ocurren en público.
Ocurren a solas.

Sin aplausos.
Sin banderas.
Sin versículos.
Sin posteos hablando de empatía.

Hay un momento donde el hombre queda encerrado con aquello que realmente es, y ahí no sirven ni la política, ni la religión, ni las ideologías de moda.
Ahí cada uno negocia mano a mano con su propia oscuridad.

Y eso da miedo.

Porque es más fácil opinar que comprender.
Comprender obliga a lastimarse un poco.

Obliga a aceptar que muchas veces el hombre no hace el bien por bondad, sino porque no tuvo coraje suficiente para admitir lo que deseaba hacer.

La religión quiso salvar almas y terminó criando inspectores morales.
La política prometió justicia y profesionalizó el resentimiento.
Las redes prometieron acercarnos y apenas lograron que millones de desconocidos aprendieran a odiarse con Wi-Fi.

Todo el mundo anda desesperado por tener razón.
Como si la verdad pudiera usarse de garrote.

Yo creo otra cosa:
el hombre que más grita moralidades suele estar escapando de algo propio.

Porque cuando llega la noche de verdad —esa donde nadie mira y el silencio pesa más que una culpa vieja— ahí se termina el teatro.

Y recién entonces aparece la pregunta importante:

“¿Quién soy cuando ya no tengo público?”

Capaz por eso hay tanta gente hablando en nombre de Dios.
Porque escuchar la propia conciencia a solas requiere un coraje que casi nadie tiene.

Y mire que curiosidad…
cuanto más envejece uno, menos ganas le quedan de juzgar.

El cansancio, al menos, tiene una virtud:
le rompe al hombre esa soberbia de creerse fiscal del alma ajena.

Por eso ya no me impresionan los fanáticos.
Desconfío más del tipo demasiado convencido que del pecador arrepentido.

El primero todavía cree que entendió el mundo.
El segundo, aunque sea, ya sospecha que nadie entiende nada del todo.

Y quizá ahí empiece la única forma decente de sabiduría.

“Ya sé qué yuyo me enluta el corazón;
el alma tiene clarita la verdad,
pero hay verdades que es mejor no arriarlas al fogón.” — El Autor.

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