Quizás la vida...

 

“Primero fue pasión. Después llegaron las cuentas, el miedo y el tiempo: así empezó la presión.”

“Régimen General de Deudas Ontológicas: intereses acumulados sobre un hombre que todavía respira”

La carta llegó un martes, porque las tragedias verdaderas nunca ocurren en fechas poéticas. Llegan en días administrativos, entre cuentas de luz y publicidades de internet. El sobre estaba húmedo por la lluvia y tenía el color burocrático de las cosas inevitables.

Él la abrió sin miedo, prolongando apenas la ilusión de interrumpir la condena.
Había en su gesto la dignidad vencida de las cosas que sobreviven por costumbre:
un cuerpo flaco como saldo de liquidación,
un escaparate zurcido con restos de antiguas derrotas,
y la voz gastada de quien vende ruinas con entusiasmo profesional,
ofreciéndote refugio mientras afila, para el día siguiente, la misma intemperie.

El miedo requiere esperanza previa. “No permitas que alguien que no se hace cargo de su propio destino decida el tuyo.”

Dentro había una sola hoja doblada en tres partes. Arriba, con tipografía estatal, decía:


FACTURA IMPAGA — RESUMEN DE CONCEPTOS ADEUDADOS

Concepto

Importe

Amor no correspondido

$ 14.820

Fe depositada en personas incorrectas

$ 32.400

Ilusiones laborales destruidas

$ 18.900

Pasión desperdiciada en sobrevivir

$ 41.000

Rencor acumulado

$ 7.500

Ansiedad hereditaria

Sin subsidio

Sueños abandonados antes de intentar

Recargo punitorio

Culpa transmitida por vía familiar

Débito automático

Esperanza durante crisis económicas

Bien de lujo gravado

IVA (Impuesto al Valor Afectivo)

21%

TOTAL A PAGAR:

Toda su vida restante.


Abajo figuraba una aclaración aún peor:

“El incumplimiento de esta deuda puede derivar en episodios depresivos, insomnio persistente y necesidad patológica de mirar el techo a las 3 a.m.”

Él soltó una risa.

No una risa feliz.
La risa extraña de los hombres que ya fueron derrotados muchas veces y empiezan a detectar cierto profesionalismo en la desgracia.

Pensó:

Claro. Hasta el sufrimiento está privatizado.

Volvió a leer el detalle de la deuda mientras el ventilador giraba lento sobre su cabeza, haciendo ese ruido viejo de helicóptero soviético que tienen todos los ventiladores argentinos después de enero.

Había algo obscenamente exacto en la factura.

Como si alguien hubiese auditado su existencia.

El amor figuraba como uno de los ítems más caros. Y entendió por qué: amar siempre fue una actividad económicamente inviable. Nadie sale ileso de poner el corazón en manos de otro ser humano. Era como dejarle un vaso de vidrio a un niño hiperactivo y pedirle responsabilidad emocional.

Pensó en todas las veces que quiso quedarse y terminó huyendo.
Pensó en todas las veces que quiso huir y terminó quedándose.

Porque el ser humano tiene esa perversión: incluso sabiendo que algo va a destruirlo, desarrolla afecto por el mecanismo que lo lastima.

Como los países con inflación enamorados de sus propios discursos.

Como él.

Se sentó al borde de la cama.

La habitación era un naufragio de ropa, tazas vacías y café muerto en el fondo de una taza olvidada. El aire olía a encierro y a esa resignación áspera que algunos hombres aprenden a llamar dignidad. Afuera, dos voces se desgarraban por plata, como si el dinero pudiera todavía salvar algo. Siempre había alguien discutiendo por plata. La economía argentina había transformado el ruido de las peleas domésticas en una especie de folclore urbano.

Entonces volvió a mirar una línea específica:

“Pasión desperdiciada en sobrevivir.”

Y esa frase le dolió más que todas.

Porque recordó quién había querido ser antes de convertirse en alguien que simplemente llega cansado a fin de mes. Recordó la época donde todavía creía que el talento podía competir contra el agotamiento. Qué inocencia brutal.

De joven imaginaba gloria.
Ahora calculaba cuotas.

Y lo más humillante no era el fracaso.
Era la adaptación.

El ser humano se acostumbra a cualquier infierno siempre que pueda organizarlo un poco. Pone horarios, compra una agenda, aprende palabras como productividad y resiliencia, como si cambiarle el nombre al sufrimiento lo volviera menos miserable.

Se quedó pensando largo rato.

Quizás el problema nunca fue sufrir.
Quizás el problema era descubrir que el universo no distingue entre un hombre bueno y uno cruel.

Las estrellas explotan igual.
Los cánceres avanzan igual.
Las personas que amamos se van igual.

Toda moral humana parecía una pequeña discusión barrial ocurriendo en medio de una catástrofe cósmica.

Y sin embargo seguíamos exigiendo sentido.

Eso le parecía conmovedor y ridículo al mismo tiempo.

Como un jubilado alimentando palomas frente al derrumbe financiero del mundo.

Entonces leyó la letra pequeña al final de la factura:

“Gracias por confiar en el Sistema Existencial Integrado. Su dolor es importante para nosotros.”

Ahí sí largó una carcajada verdadera.

Oscura.
Vacía.
Casi elegante.

Porque entendió algo terrible:

Toda su vida había obedecido autoridades invisibles. Padres rotos intentando enseñar estabilidad. Jefes mediocres hablando de compromiso. Gobiernos prometiendo futuro. Gurús explicando felicidad. Gente igual de perdida actuando como si supiera algo.

Y él había tenido fe.

Ese era el verdadero núcleo del castigo.

No perder.
No caer.
No quedarse solo.

Sino haber creído sinceramente que alguna estructura superior iba a devolverle el esfuerzo en forma de sentido.

Miró nuevamente el total a pagar:

“Toda su vida restante.”

Y por primera vez en años sintió una claridad extraña.

Tal vez la adultez consistía exactamente en eso: descubrir que nadie viene a rescatarte y aun así levantarte al día siguiente a comprar pan.

Había algo heroico en esa miseria cotidiana.

Algo profundamente humano.

Entonces dobló la factura con cuidado y la guardó en el bolsillo.

Como quien conserva una sentencia.
O una prueba.

Después salió a la calle. “Porque al final el universo reduce toda grandeza al mismo destino: estrellas apagadas, nombres olvidados y tiempo convertido en polvo; pero incluso cuando todo parezca perder sentido, que Dios jamás se te ausente, porque hay vacíos que ni el infinito sabe llenar.”

El universo seguía funcionando con absoluta indiferencia. Los colectivos llenos. Las persianas bajas. Los perros callejeros durmiendo mejor que muchos psicólogos. La gente caminando rápido como si supiera adónde va.

Y él pensó algo que probablemente dejaría incómodo a cualquiera:

Quizás la vida no sea una búsqueda de felicidad.
Quizás sea apenas aprender cuánto dolor puede soportar una persona sin dejar de hacer chistes.

Autor: Thomas A. Riani

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