Y cuando ese día llegue

ELOGIO DE LA IGNORANCIA ASISTIDA

"La comodidad puede erosionar capacidades que sólo se desarrollan mediante el esfuerzo."

La memoria se fortalece recordando.
El criterio se fortalece juzgando.
La creatividad se fortalece creando.
La sabiduría se fortalece enfrentando incertidumbre.

Si delegamos completamente esas actividades, algo humano se atrofia.

La pregunta entonces no es:

¿Debemos usar estas herramientas?

Sino:

¿Las usamos para evitar pensar o para pensar mejor?

Esa diferencia determina si una tecnología se convierte en una prótesis intelectual o en una muleta permanente.

Hay algo profundamente obsceno en nuestra época.

No la violencia.

No la corrupción.

Ni siquiera la mentira.

¿Qué habilidades humanas conviene delegar y cuáles conviene seguir ejercitando aunque exista una máquina capaz de hacerlas por nosotros?

Lo obsceno es que hemos logrado vaciar las cabezas sin necesidad de abrirlas.

Durante siglos se creyó que el conocimiento era una conquista. Una montaña. Una herida. Un precio. Hoy parece ser un servicio de entrega inmediata.

La sabiduría llega en segundos, empaquetada, resumida y lista para consumir. Como una comida que nadie cocinó y que nadie recuerda haber cultivado.

Y todos celebran.

Celebran la velocidad.

Celebran la comodidad.

Celebran el acceso.

Pocas veces se preguntan qué está desapareciendo.

"El hombre inventó bibliotecas para no olvidar y terminó inventando algoritmos para no recordar."

Me pregunto qué clase de seres estamos fabricando.

No hablo de los niños.

Hablo de nosotros.

Los niños todavía tienen la excusa de estar llegando al mundo.

Nosotros somos adultos que han decidido abandonarlo.

Habitamos edificios donde nadie conoce a sus vecinos, ciudades donde nadie conoce el cielo y redes donde nadie conoce el silencio.

Cada generación recibe una versión más perfecta de la realidad y una comprensión más pobre de ella.

Sabemos más.

Entendemos menos.

Es una hazaña extraordinaria.

La humanidad ha conseguido construir bibliotecas infinitas para producir analfabetos funcionales de lujo.

"Cada respuesta inmediata es una pregunta asesinada antes de crecer."

A veces imagino un futuro cercano.

No una catástrofe.

Eso sería demasiado romántico.

Imagino algo peor.

La continuidad.

Un niño nace.

No conoce el olor de los libros viejos.

No reconoce las estaciones por el aire.

No distingue el paso de las horas por la inclinación de la luz.

Aprende primero a deslizar un dedo que a sostener una pregunta.

Crece rodeado de respuestas.

Muere sin haber conocido el asombro.

Y lo más terrible es que nadie advertirá la tragedia.

Porque estará perfectamente adaptado.

"Hay personas que ya no distinguen entre comprender algo y encontrarlo rápidamente."

Lo llamarán progreso.

Como siempre.

Se llama progreso a cualquier cosa que llegue acompañada de una pantalla.

Mientras tanto los adultos celebran.

Las máquinas responden.

Los algoritmos predicen.

Los sistemas organizan.

Todo funciona.

Todo es eficiente.

Todo parece inteligente.

Salvo las personas.

"Qué alivio no tener que pensar."

Escucho esa frase escondida detrás de cada avance tecnológico.

No se dice.

Se respira.

Está en el entusiasmo con que entregamos cada facultad humana a un sistema más cómodo.

Primero delegamos los cálculos.

Luego la memoria.

Después la atención.

Ahora comenzamos a delegar el criterio.

Mañana quizás deleguemos la duda.

Y cuando eso ocurra habremos resuelto el problema de la libertad de una forma admirable: eliminando discretamente la necesidad de ejercerla.

"Me enseñaron que el conocimiento era luz. Ahora descubro que la luz puede tercerizarse."

Nos gusta pensar que seguimos siendo inteligentes porque tenemos acceso a inteligencia.

Es una confusión infantil.

Tener una biblioteca no convierte a nadie en sabio.

Tener un piano no convierte a nadie en músico.

Tener una respuesta no convierte a nadie en pensador.

Sin embargo vivimos rodeados de personas que confunden proximidad con posesión.

Creen poseer el conocimiento porque pueden tocar una pantalla.

Como quien cree poseer el océano porque tiene una fotografía.

"Construimos una memoria infinita porque nos cansamos de ejercitar la nuestra."

Hay un humor monstruoso en todo esto.

Una ironía cósmica.

Nuestros antepasados aprendían el nombre de las estrellas porque las necesitaban.

Nosotros apenas conocemos el nombre de las aplicaciones que nos dicen dónde están.

Ellos temían a la oscuridad.

Nosotros tememos quedarnos sin batería.

La diferencia parece pequeña hasta que uno comprende que la batería puede recargarse.

La inteligencia no siempre.

"Los antiguos temían a los dioses. Nosotros tememos olvidar la contraseña."

A veces sueño con una interrupción.

No un castigo.

Una revelación.

Un instante en el que todas las respuestas desaparezcan.

Las pantallas negras.

Los servidores mudos.

Los buscadores convertidos en tumbas electrónicas.

Y entonces millones de personas descubrirían algo terrible.

No que la tecnología falló.

Sino que ellos habían dejado de estar allí.

Porque una facultad abandonada durante demasiado tiempo termina pareciéndose a un órgano extirpado.

"Cada nueva herramienta me hace sentir más poderoso. Cada año me siento menos capaz."

Imagino universidades paralizadas.

Profesionales observando monitores apagados como astrónomos frente a un cielo sin estrellas.

Expertos incapaces de reconstruir los fundamentos de aquello que juraban dominar.

Generaciones enteras descubriendo que confundieron acceso con conocimiento.

Dependencia con inteligencia.

Información con sabiduría.

"Quizás la inteligencia artificial sea el espejo más cruel jamás inventado: no refleja lo inteligentes que son las máquinas, sino lo rápido que renunciamos a serlo."

Y entonces aparecería la verdadera pobreza.

No la económica.

No la material.

La pobreza interior.

La incapacidad de permanecer a solas con una pregunta.

La incapacidad de pensar sin asistencia.

La incapacidad de soportar el silencio.

Porque el conocimiento nunca fue una acumulación de datos.

Fue una forma de habitar la incertidumbre.

Pero la incertidumbre vende poco.

Produce ansiedad.

Y las sociedades modernas han decidido que toda ansiedad debe ser eliminada inmediatamente.

Aunque para lograrlo haya que sacrificar la profundidad.

"Nos prometieron acceso al conocimiento universal. A cambio entregamos la atención."

Quizás ése sea el retrato definitivo de nuestro tiempo.

Una civilización que logró almacenar todo el conocimiento humano mientras perdía el hábito de buscarlo dentro de sí misma.

Una especie capaz de hablar con máquinas en cualquier idioma imaginable y cada vez más incapaz de sostener una conversación consigo misma.

"El problema no es que las máquinas aprendan. El problema es que nosotros celebramos desaprender."

Y cuando los arqueólogos del futuro intenten entender qué ocurrió, quizá no encuentren ruinas.

Encontrarán dispositivos.

Millones de ellos.

Perfectamente diseñados.

Extraordinariamente sofisticados.

Y completamente incapaces de explicar por qué quienes los construyeron eligieron apagarse por dentro mientras iluminaban el mundo por fuera.

Entonces alguien preguntará en qué momento comenzó la decadencia.

Y la respuesta será insoportablemente simple.

Comenzó cuando confundimos una herramienta con una conciencia.

Cuando confundimos información con conocimiento.

Cuando confundimos rapidez con inteligencia.

Cuando confundimos comodidad con progreso.

"El último hombre no será un ignorante. Será alguien convencido de que sabe porque puede consultar."

No me preocupa que las máquinas algún día escriban poemas.

Me preocupa que llegue el día en que los poemas ya no sean necesarios porque nadie tenga una herida propia que expresar.

No me preocupa que una inteligencia artificial responda preguntas.

Me preocupa que llegue una generación incapaz de formularlas.

Hay un conocimiento que entra por los ojos y otro que entra por las heridas. El primero ordena el mundo; el segundo lo vuelve verdadero. Quizás por eso nunca olvidé el sabor metálico de la sangre. No por la sangre misma, sino porque en ella habita una revelación antigua: la de sabernos criaturas incompletas, expuestas al golpe, al fracaso y al límite. La sangre es la firma que la realidad deja sobre aquellos que se atreven a vivir sin barandas.

Sin embargo, existe una fuerza capaz de reconciliar al hombre con su propia fragilidad. La descubrí en el abrazo de mi hijo. Allí donde dos vidas se encuentran, el tiempo parece detener su maquinaria y revelar algo esencial: que el amor no es una recompensa por haber comprendido el mundo, sino la razón por la que seguimos intentando comprenderlo.

El hombre camina. Siempre camina.

Nace en un callejón sin nombre, entre sombras que todavía no sabe interpretar. Avanza por la calle de las preguntas, dobla en la esquina de las dudas, atraviesa plazas donde las certezas duran apenas una estación y termina, inevitablemente, perdido en los suburbios de sus propios errores. Desde lejos cree ver el barrio del conocimiento, iluminado como una promesa, pero cuando llega descubre que estaba más lejos de lo que imaginaba.

Porque al barrio del conocimiento no se llega en colectivo.

No hay transporte hacia aquello que vale la pena entender. No existen boletos para la experiencia ni mapas definitivos para la sabiduría. Se llega a pie. Con las rodillas raspadas. Con las suelas gastadas por el roce de las equivocaciones. Se llega avanzando por la vereda de la incertidumbre, cruzando la avenida de la elección, donde cada decisión implica abandonar para siempre otros caminos posibles.

Y más adelante aparece la calle del fracaso.

Una calle larga, silenciosa y poco transitada por los que sólo quieren aparentar. Allí el hombre aprende que el error no es una interrupción del camino. El error es el camino. Cada equivocación derrumba una versión insuficiente de nosotros mismos. Cada caída elimina una ilusión. Cada fracaso es una dirección tachada que impide seguir perdiéndose en el lugar equivocado.

Por eso la sabiduría no vive en el centro de la ciudad. Vive en la circunvalación. En ese borde extraño donde convergen todas las derrotas asumidas, todos los arrepentimientos comprendidos y todas las preguntas que nunca encontraron respuesta definitiva. Allí el hombre descubre que entender no significa poseer la verdad, sino aprender a caminar junto a ella sin pretender encerrarla.

Y mientras avanza, aparece el amor.

No como destino, sino como compañía.

El amor de un hijo transforma las calles. Lo que antes parecía un laberinto se vuelve legado. Lo que antes era una herida se convierte en enseñanza. Entonces el hombre comprende que sus errores ya no le pertenecen únicamente a él; también son los faroles que dejará encendidos para quien venga detrás.

Cuando abrazo a mi hijo entiendo que ninguna inteligencia, ningún libro y ninguna máquina podrán recorrer por nosotros las calles necesarias para aprender quiénes somos. Podrán mostrarnos mapas. Podrán señalar atajos. Podrán responder preguntas. Pero jamás podrán reemplazar el acto irrepetible de caminar.

Porque aprender es perderse.

Es elegir mal una esquina y descubrir algo que no figuraba en ningún plano.

Es caerse, sangrar, levantarse y seguir.

Es atravesar la noche sin garantías de encontrar la salida.

Y es precisamente por eso que el conocimiento humano tiene valor: porque está construido con pasos y no con respuestas; con cicatrices y no con certezas; con el temblor de quien se equivoca y continúa.

El hombre aprende porque fracasa. Aprende porque ama. Aprende porque ignora.

Y mientras exista un hijo al que abrazar, una pregunta que perseguir y una calle desconocida por recorrer, seguirá avanzando hacia ese barrio imposible llamado sabiduría, al que nadie llega de golpe y del que nadie puede decir que es dueño.

Y cuando ese día llegue, el silencio no será la consecuencia de la ignorancia.

Será la consecuencia de haber delegado hasta la última chispa de luz.

Entonces comprenderemos, demasiado tarde, que nunca fueron las máquinas las que se volvieron humanas.

Fuimos nosotros quienes aceptamos convertirnos en terminales.

Y el apagón que temíamos nunca fue eléctrico.

Fue interior.

Lento.

Cómodo.

Voluntario.

Y ocurrió con todas las luces encendidas.

Autor: Thomas A. Riani – “La cuestión no es elegir entre inteligencia humana o inteligencia artificial. La cuestión es si usamos la tecnología para expandir nuestras facultades o para dejar de ejercerlas.”

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