Algún día habrá de terminar

 La paz de los que todavía luchan

Por Thomas A. Riani

«Dicen que por paz mental hay que aprender a soltar. Es curioso: si esa hubiera sido siempre la regla, quizá hasta los tibetanos habrían entregado su territorio para dormir tranquilos. Tal vez la paz no consista en entregar lo que es nuestro, sino en decidir qué estamos dispuestos a defender sin convertirnos en aquello contra lo que luchamos.»

Es triste admitirlo, pero el miedo siempre será la salida más fácil ante los problemas. No porque los resuelva, sino porque consigue algo mucho más cómodo: convencernos de que dejar de enfrentarlos es lo mismo que haberlos superado.

Y así inventamos una virtud para cada una de nuestras renuncias.

Llamamos prudencia al miedo.

Llamamos paz a la resignación.
Llamamos madurez a abandonar aquello que todavía nos importa.
Si alguien nos perjudica, lo soltamos.
Si nos hacen una injusticia, la soltamos.
Si nos quitan algo, también lo soltamos.

Todo con tal de dormir tranquilos.

Pero al final de la vida quizá no sea el miedo lo que más pese, sino aquello que dejamos sin intentar. Hay derrotas que duelen durante un tiempo y hay renuncias que pueden acompañarnos durante toda la vida. El fuego del olvido tiene una crueldad particular: no siempre quema lo que perdimos, sino aquello que pudimos haber hecho y no hicimos.

Dicen que por paz mental hay que aprender a soltar.

Es un consejo hermoso. De esos que parecen contener toda la sabiduría del mundo mientras uno los escucha cómodamente, siempre que no haya nada verdaderamente importante en juego.

Porque llevado hasta sus últimas consecuencias, resulta casi cómico.

Si algo nos perturba, lo soltamos.

Y así, poco a poco, uno puede quedarse sin nada, pero con una paz mental envidiable.

Qué maravilloso negocio:

perderlo todo a cambio de dormir tranquilo.

Hay algo sospechoso en semejante paz. Se parece demasiado a la resignación.

Porque una cosa es soltar aquello que nos destruye y otra muy distinta es entregar aquello que tenemos derecho a defender simplemente porque defenderlo nos incomoda.

No todo lo que pesa debe ser abandonado.

A veces pesa porque importa.

Una piedra pesa. Una responsabilidad pesa. Una promesa pesa. La dignidad pesa. La verdad, cuando defenderla cuesta, también pesa.

Y quizá por eso hemos convertido la palabra paz en una especie de refugio moral donde escondemos algunas de nuestras derrotas. Decimos: «Elegí mi paz», cuando quizá lo que ocurrió fue que nos cansamos. Decimos: «Aprendí a soltar», cuando quizá simplemente descubrimos que era más cómodo perder que resistir.

Y no hay nada particularmente noble en llamar sabiduría a aquello que simplemente nos resultó más cómodo.

Pero tampoco se trata de glorificar la lucha.

Hay una forma miserable de luchar: aquella que necesita convertir al adversario en un monstruo para justificar cualquier cosa. El odio puede vestir a un hombre de valentía durante un tiempo, pero termina convirtiéndolo en aquello que juró combatir.

No se trata de eso.

No se trata de vivir con el puño cerrado ni de convertir cada desacuerdo en una guerra. Hay batallas que merecen ser abandonadas. Hay discusiones que no merecen una palabra. Hay personas a las que la mejor respuesta es cerrar la puerta y seguir caminando.

Soltar el rencor, sí.

Soltar el deseo de venganza, también.

Soltar el orgullo cuando el orgullo se convierte en una cadena.

Pero no necesariamente soltar la justicia.

No necesariamente soltar aquello que nos pertenece.

No necesariamente soltar aquello que, si abandonamos, hará que mañana tengamos que preguntarnos por qué no fuimos capaces de defenderlo.

Porque también existe una diferencia entre dejar ir lo que nos hace daño y entregar aquello que amamos.

La primera puede ser libertad.

La segunda puede ser simplemente miedo con una buena excusa.

Y aquí aparece la ironía más incómoda: pasamos buena parte de nuestra vida intentando encontrar tranquilidad y, sin embargo, algunas de las cosas que más nos roban la paz no son las batallas que libramos, sino aquellas que abandonamos antes de saber hasta dónde podíamos llegar.

Uno puede sobrevivir a una derrota.

Lo que resulta mucho más difícil es convivir con la pregunta:

«¿Qué habría ocurrido si lo hubiera intentado?»

Hay preguntas que envejecen con nosotros.

Y quizá esa sea una de las peores formas de derrota: no perder después de haber luchado, sino vivir sabiendo que uno se retiró antes de descubrir si podía vencer.

Pero llega un momento en toda batalla en que incluso el más decidido se cansa.

Uno mira alrededor, ve el polvo, la incertidumbre, las heridas y las probabilidades en contra, y comienza a preguntarse si no sería más sensato abandonar.

Es precisamente ahí cuando conviene recordar algo extraordinariamente sencillo:

Hasta las células de nuestro propio cuerpo luchan por nosotros.

Cada una trabaja para que exista otro día.

Los pulmones siguen buscando oxígeno sin preguntarnos si la vida ha sido justa. El corazón continúa golpeando aunque estemos cansados. El cuerpo entero se organiza, resiste, repara y continúa.

La vida, en su forma más elemental, parece tener una obstinación admirable:

quiere seguir siendo.

Y si eso también es luchar, entonces quizá no haya nada vergonzoso en hacerlo nosotros.

No con odio.

No con sed de venganza.

No con la intención de destruir al otro para sentirnos vencedores.

Sino con la serenidad de quien sabe que hay cosas por las que vale la pena permanecer de pie.

Porque quizá la valentía no sea creer que vamos a ganar.

Quizá sea algo mucho más humilde:

negarse a abandonar mientras todavía exista algo digno de ser defendido.

Y entonces aparece el miedo.

Porque sí: tengo miedo.

No voy a cometer la vulgaridad de fingir que no lo tengo. Hay que desconfiar de quien presume de no conocerlo; probablemente nunca haya tenido algo verdaderamente importante que perder.

El miedo aparece precisamente cuando aquello que defendemos significa algo.

Pero tener miedo no me obliga a rendirme.

Y aquí es donde mi fe deja de ser una teoría y se convierte en una forma de resistencia.

Creo ciegamente en el fuego de un Dios, no porque haya conseguido someter mi razón a una prueba definitiva, sino porque aprendí que no todo aquello que amamos necesita presentarse ante nuestros ojos para ser verdadero.

Sería absurdo dejar de creer en mis padres simplemente porque sus cuerpos ya no están aquí.

La muerte puede llevarse una presencia, pero no posee autoridad suficiente para borrar un amor.

Ellos ya no caminan a mi lado, pero siguen viviendo dentro de mí. Están en mis pensamientos, en mis decisiones, en aquello que todavía me enseñaron a ser. Los encuentro en la manera en que miro el mundo y, algunas veces, incluso en la manera en que intento no rendirme ante él.

Y quizá amar de verdad consista precisamente en eso:

continuar llevando dentro del pecho a quienes ya no podemos llevar de la mano.

Por eso creo.

No porque no tenga dudas.

Creo precisamente porque las tengo.

La fe no me parece la ausencia del miedo, sino la decisión de continuar aun cuando no tenemos garantías.

Tal vez creer sea aceptar que no todo puede demostrarse antes de ser amado.

Tal vez amar a quienes ya no están sea una de las formas más íntimas de comprenderlo.

Y tal vez por eso también prefiero luchar.

Porque prefiero morir intentando que vivir tranquilamente después de haber entregado aquello que sabía que debía defender.

Quizá el último disparo no sea de victoria.

Quizá no haya gloria, ni aplausos, ni recompensa.

Quizá el final sea injusto.

Quizá incluso pierda.

Pero todavía existe algo que puedo elegir:

la manera en que llego hasta ese final.

No necesito que algún día digan que fui invencible.

Me bastaría con que alguien pudiera decir:

«Tuvo miedo. Sabía que podía perder. Y, aun así, lo intentó.»

Porque hay derrotas que nos quitan algo y hay derrotas que, aun quitándonos casi todo, nos permiten conservar lo único que no deberíamos entregar jamás:

la dignidad de no habernos traicionado.

Quizá por eso la verdadera paz no sea necesariamente la ausencia de conflicto.

Quizá sea poder mirarse al espejo después de haberlo atravesado y saber que uno hizo, honestamente, todo lo que estaba en sus manos hacer.

La paz no siempre está del lado de quien abandona la batalla.

A veces está del lado de quien, después de atravesar el polvo, el miedo y la incertidumbre, todavía puede decir:

«No elegí la guerra. Pero tampoco elegí rendirme cuando todavía tenía algo por lo que vivir.»

Y entonces comprendo que quizá sí haya que aprender a soltar.

Pero no todo.

Hay cosas que se sueltan porque pesan demasiado.

Y hay otras que se sostienen precisamente porque, aunque pesen, son demasiado importantes para entregarlas.

Porque vivir sin riesgo puede conservar el cuerpo, pero no siempre conserva el alma.

Y quizá la verdadera fe no consista en creer que Dios nos sacará del fuego.

Quizá consista en entrar en él sin exigir garantías, sabiendo perfectamente que podemos quemarnos.

Porque hay algo más triste que perder una batalla:

ganar una vida entera de tranquilidad y descubrir, demasiado tarde, que para conseguirla tuvimos que abandonar aquello que nos hacía ser nosotros mismos.

Yo no quiero esa clase de paz.

Prefiero el temblor de quien todavía lucha.

Prefiero la incertidumbre de quien todavía espera.

Prefiero las heridas de quien defendió aquello que amaba antes que la tranquilidad de quien se acostumbró a vivir sin ello.

Y si algún día llega el último instante, si el fuego termina por consumir todas nuestras fuerzas y ya no queda nada más que hacer, quisiera poder mirar hacia atrás sin pedirle al pasado que me devuelva una sola oportunidad.

Quisiera poder decir simplemente:

Tuve miedo.

Pero no me rendí.

Amé. Creí. Luché.

Y lo intenté.

Quizá eso no sea ganar.

Pero quizá, al final, tampoco sea perder.

Porque mientras todavía exista algo por lo que valga la pena levantarse, todavía existe una forma de paz que ningún miedo puede arrebatarnos: la paz de saber que no abandonamos aquello que amábamos cuando todavía podíamos defenderlo.

Y si alguna vez dudas de todo esto, si alguna vez te preguntas si has errado al intentar aquello que creías que valía la pena defender, recuerda lo que alguna vez me dijeron:

«La muerte solo se lleva el bulto de materia que habitamos; todo lo demás queda en la lucha que fuimos capaces de sostener. Y tan solo por ese hecho, hay que luchar durante el resto de nuestra vida.»

Porque quizá la vida no consista en ganar siempre, sino en no abandonar aquello que, aun sabiendo que algún día habrá de terminar, le dio sentido a nuestros días.

Fin.

 

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