La distancia entre la sangre y la razón

Tres poemas y una vereda

Donde la raza de mi raza forja el tiempo del amor

I. El Espejo del Rigor

He cometido el viejo y humano pecado
de traducir en voz la geometría
del silencio. No medí la distancia
entre el ciego fervor que lleva la sangre
y la fría lucidez del pensamiento:
viento del norte que triza los mitos.

Profané la razón de los espejos,
cegado por la soberbia de mirarme,
y solo arribé al borde de tu nada:
un desierto de cálculos exactos,
minucias ordenadas con paciencia
por la mano implacable del tiempo.

Te entregué, sin pudor, mis sombras vivas.
Quebré el cristal del pacto del mutismo,
y hoy solo queda el humo de un incienso,
la rota simetría de una burla
flotando suspendida en el aire,
un eco cobarde, refractado
en la penumbra inútil de la filosofía.

Hacia el olvido marcha mi ilusión.
No soy rebaño, sino pieza herida
que perdió su partida en el reverso;
un número estéril en el margen
de un libro que las sombras van borrando,
un simulacro que la bruma devora.

Te hablé para que supieras la sentencia.
Habitaré el olvido y su distancia,
allá donde las formas se fatigan.
Seré lo que el destino dicte, ajeno
a mi propia ansiedad, mientras persistas
bajo el rigor del azogue,
donde, como el primer día, todavía te pienso.

II. El Navegante sin Fe

Partí sin despedirme de la costa
cuando aún creía que la culpa
podía quedarse dormida entre las piedras,
que bastaba con alejarse de la tierra
para dejar atrás aquello
que no supimos reparar.

Llevaba conmigo un nombre.

El tuyo.

Todavía guardaba en la memoria
la pequeña gravedad de tu voz,
aquella forma de llamarme
sin sospechar que también los padres
pueden convertirse en la causa
de aquello que más temen perder.

Yo no supe quererte.

O acaso te quise de la manera equivocada:
con la antigua dureza de mis manos,
con palabras que pretendían enseñarte
y solo consiguieron levantar distancia,
con silencios que llamé prudencia
cuando eran apenas orgullo.

Creí que el tiempo corregiría mis errores.

El tiempo no corrige nada.

Solo vuelve más nítidas las ruinas.

Después vino aquella noche.

No recuerdo ya si llovía.
Recuerdo, en cambio, el silencio
que quedó después de tu voz.

Desde entonces navego.

La madera cruje bajo mis pasos
como si la nave llevara dentro
un corazón cansado de obedecerme.
He aprendido el idioma de las mareas,
la paciencia oscura de las profundidades,
el modo en que la niebla borra las formas
sin necesidad de destruirlas.

Quizá por eso la prefiero.

En ella no existen rostros.

He cruzado aguas sin nombre,
puertos donde nadie conoce mi historia,
islas que aparecen un instante
y vuelven a perderse detrás del horizonte.

Pero ninguna distancia consigue hundirte.

Tu nombre permanece.

A veces lo encuentro
en una cuerda húmeda entre mis manos,
en la sombra de un mástil al amanecer,
en el rumor de una puerta que el viento mueve
como si alguien todavía esperara entrar.

Entonces recuerdo tus manos.

Tan pequeñas alguna vez.

Y comprendo que hay culpas
que no necesitan sentencia.

He perdido la fe.

No porque los cielos hayan respondido con silencio,
sino porque aprendí que existen plegarias
que llegan demasiado tarde,
cuando aquello que amábamos
ya no puede escucharlas.

Desde entonces no le pido nada a las estrellas.

Que sigan ardiendo.

Que continúen su curso indiferente
sobre los hombres que nacen,
se pierden y desaparecen.

Yo ya no busco señales.

Solo mantengo el timón.

Porque detenerme sería volver,
y volver significaría encontrar aquella costa
donde todavía permanece el hombre que fui:
aquel que creyó que la severidad era cuidado,
que el silencio era protección,
que un hijo podía comprender algún día
las razones que un padre
jamás se atrevió a explicar.

Tal vez nunca llegues a saberlo.

Tal vez ninguna palabra consiga atravesar
la distancia que dejó aquella noche.

Y quizá sea justo así.

Hay verdades que llegan tarde
y solo sirven para acompañar al culpable.

Pero si alguna vez el viento
llevara hasta vos el rumor de estas aguas,
si alguna noche miraras hacia el horizonte
sin saber por qué sentís que alguien te llama,
no busques mi rostro.

Buscá solamente la parte de mí
que nunca aprendió a despedirse.

Porque debajo de mi orgullo,
debajo de aquellas palabras antiguas,
debajo de cada gesto que te hizo pequeño
y de cada silencio que llegó demasiado tarde,
había algo que no supe nombrar.

Algo que confundí con deber,
con miedo,
con autoridad.

Y era amor.

Un amor torpe, tardío, imperfecto,
incapaz de salvar aquello que amaba.

Por eso sigo navegando.

No espero una costa.

No espero perdón.

No espero siquiera que el mar
tenga la misericordia que yo no tuve.

Solo avanzo.

Y cuando llegue el día
en que la niebla cierre definitivamente el horizonte,
cuando la madera ceda
y las aguas reclamen lo poco que queda de mí,
no habrá plegaria,
ni estrella,
ni puerto.

Solo este nombre
que todavía llevo conmigo.

El tuyo.

Y si el océano conserva alguna memoria
de los hombres que alguna vez lo cruzaron,
que guarde también esta última verdad:

yo no perdí el rumbo aquella noche.

Lo abandoné.

Y desde entonces,
cada milla recorrida,
cada tormenta atravesada,
cada amanecer que me encontró despierto,
no fue más que una forma inútil
de regresar hacia vos.

Aunque nunca pueda hacerlo.

III. La Fiebre del Pantano

Cuando la fiebre del pantano despierte
bajo la luna enferma de los juncos,
y el agua, lentamente, me pronuncie
con su lengua de lodo,
yo sabré que llegó.

No vendrá con trompetas ni con muerte,
ni habrá caballo alguno en la ribera.
Vendrá como la niebla entre los árboles,
callada y verdadera,
a cobrar lo que di.

Yo llevaré sobre la espalda mis pecados,
como un manto de hierro y de ceniza,
y en el pecho, la voz de aquel que un día
me llamó desde lejos
y no supe escuchar.

Perdóname si el barro me reclama.
Perdóname si el agua me deshace.
No fue falta de amor lo que me hizo
cerrar las manos cuando
debí dejarlas dar.

Porque hay culpas que nacen con el hombre
y otras que el hombre engendra sin saberlo.
Yo llevé la segunda entre mis huesos
hasta volverla fiebre,
hasta volverla hogar.

Y cuando avance solo por las aguas,
sin lámpara, sin nombre y sin testigos,
si escucho entre los juncos tu silencio,
no pediré auxilio:

me quedaré a esperar.

Que venga entonces la noche del pantano.
Que se levanten sus antiguas aguas.
Que el barro cubra el rastro de mis pasos
y borre de la tierra
todo lo que fui.

Mas si una voz pequeña, desde lejos,
pronuncia todavía alguna vez mi nombre,
que no diga que fui un hombre sin alma,
ni que el miedo venció
lo que no supe amar.

Dile que fui cobarde algunas veces,
que tuve entre mis manos lo sagrado
y que, por no saber sostenerlo,
lo dejé entre las sombras
de mi propia oscuridad.

Dile también que nunca hubo en mi pecho
un lugar donde su memoria muriera;
que aun cuando mi boca dijo silencio,
por dentro lo llamaba
con la fuerza de un rey.

Y si mañana el sol descubre el pantano
y no encuentra de mí más que una huella,
que nadie la levante de la tierra,
que nadie la recuerde
si no es para llorar.

Pues yo no habré perdido contra el agua.

Ni habré vencido.

Habrá sido la fiebre, lentamente,
la que tomó mi sangre
para llevarla hacia su reino oscuro.

Y cuando todo calle,
cuando el pantano cierre sus heridas,
cuando mi nombre ya no encuentre labios
y el barro sea dueño
de mi última verdad,

quedará solamente aquella voz
que no pude abrazar cuando era tiempo.

Y entonces, bajo el reino de las aguas,
sin gloria, sin perdón y sin regreso,
comprenderé demasiado tarde
que no era el pantano
quien venía por mí.

Era yo quien caminaba hacia sus aguas
desde el día en que te perdí.

Y allí terminaré.

No como termina un hombre.

Sino como termina una promesa
que llegó demasiado tarde.

· · ·

«No son los años los culpables, sino aquello antiguo que aún guardamos entre las manos; pues de nuestro trato con el pasado nace la culpa de nuestros días.» — Thomas A. Riani Poesía · 14 de agosto de 2026

Comentarios