La distancia entre la sangre y la razón
Tres poemas y una vereda
Donde la raza de mi raza forja el tiempo del amor
Thomas A. Riani
I. El Espejo del Rigor
He cometido el viejo y humano pecado
de traducir en voz la geometría
del silencio. No medí la distancia
entre el ciego fervor que lleva la sangre
y la fría lucidez del pensamiento:
viento del norte que triza los mitos.
Profané la razón de los espejos,
cegado por la soberbia de mirarme,
y solo arribé al borde de tu nada:
un desierto de cálculos exactos,
minucias ordenadas con paciencia
por la mano implacable del tiempo.
Te entregué, sin pudor, mis sombras vivas.
Quebré el cristal del pacto del mutismo,
y hoy solo queda el humo de un incienso,
la rota simetría de una burla
flotando suspendida en el aire,
un eco cobarde, refractado
en la penumbra inútil de la filosofía.
Hacia el olvido marcha mi ilusión.
No soy rebaño, sino pieza herida
que perdió su partida en el reverso;
un número estéril en el margen
de un libro que las sombras van borrando,
un simulacro que la bruma devora.
Te hablé para que supieras la sentencia.
Habitaré el olvido y su distancia,
allá donde las formas se fatigan.
Seré lo que el destino dicte, ajeno
a mi propia ansiedad, mientras persistas
bajo el rigor del azogue,
donde, como el primer día, todavía te pienso.
III. La Fiebre del Pantano
Cuando la fiebre del pantano despierte
bajo la luna enferma de los juncos,
y el agua, lentamente, me pronuncie
con su lengua de lodo,
yo sabré que llegó.
No vendrá con trompetas ni con muerte,
ni habrá caballo alguno en la ribera.
Vendrá como la niebla entre los árboles,
callada y verdadera,
a cobrar lo que di.
Yo llevaré sobre la espalda mis pecados,
como un manto de hierro y de ceniza,
y en el pecho, la voz de aquel que un día
me llamó desde lejos
y no supe escuchar.
Perdóname si el barro me reclama.
Perdóname si el agua me deshace.
No fue falta de amor lo que me hizo
cerrar las manos cuando
debí dejarlas dar.
Porque hay culpas que nacen con el hombre
y otras que el hombre engendra sin saberlo.
Yo llevé la segunda entre mis huesos
hasta volverla fiebre,
hasta volverla hogar.
Y cuando avance solo por las aguas,
sin lámpara, sin nombre y sin testigos,
si escucho entre los juncos tu silencio,
no pediré auxilio:
me quedaré a esperar.
Que venga entonces la noche del pantano.
Que se levanten sus antiguas aguas.
Que el barro cubra el rastro de mis pasos
y borre de la tierra
todo lo que fui.
Mas si una voz pequeña, desde lejos,
pronuncia todavía alguna vez mi nombre,
que no diga que fui un hombre sin alma,
ni que el miedo venció
lo que no supe amar.
Dile que fui cobarde algunas veces,
que tuve entre mis manos lo sagrado
y que, por no saber sostenerlo,
lo dejé entre las sombras
de mi propia oscuridad.
Dile también que nunca hubo en mi pecho
un lugar donde su memoria muriera;
que aun cuando mi boca dijo silencio,
por dentro lo llamaba
con la fuerza de un rey.
Y si mañana el sol descubre el pantano
y no encuentra de mí más que una huella,
que nadie la levante de la tierra,
que nadie la recuerde
si no es para llorar.
Pues yo no habré perdido contra el agua.
Ni habré vencido.
Habrá sido la fiebre, lentamente,
la que tomó mi sangre
para llevarla hacia su reino oscuro.
Y cuando todo calle,
cuando el pantano cierre sus heridas,
cuando mi nombre ya no encuentre labios
y el barro sea dueño
de mi última verdad,
quedará solamente aquella voz
que no pude abrazar cuando era tiempo.
Y entonces, bajo el reino de las aguas,
sin gloria, sin perdón y sin regreso,
comprenderé demasiado tarde
que no era el pantano
quien venía por mí.
Era yo quien caminaba hacia sus aguas
desde el día en que te perdí.
Y allí terminaré.
No como termina un hombre.
Sino como termina una promesa
que llegó demasiado tarde.
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