Y el Destino
El Casino del Humo y el Destino
Por Thomas A. Riani
«La salud y el destino
tienen una semejanza incómoda: ambos nos recuerdan que nunca controlamos todas
las cartas que recibimos.»
La gente se pasa la
vida haciendo planes.
Dibuja mapas de
carreteras que todavía no existen, levanta casas sobre terrenos que aún no
compró y le cuenta sus sueños a un futuro que ni siquiera se ha dignado a
presentarse.
Después se sorprende
cuando el mundo no respeta sus horarios.
Queremos cosas que
podamos tocar.
Una casa. Un auto. Un
terreno. Un nombre. Algo que podamos señalar y decir:
Esto es mío.
Como si poseer algo
fuera suficiente para convencer a la vida de que no se lo lleve.
Pero la vida nunca
firmó ese contrato.
Todo lo que llega,
algún día puede irse.
Nos gusta creer que
tenemos las manos sobre el volante. Que sabemos adónde vamos. Que la carretera
continuará exactamente como la imaginamos.
Pero basta una curva
para descubrir lo poco que vemos.
Vamos sentados en un
automóvil que avanza demasiado rápido por una carretera que no podemos
contemplar completa.
Y al volante no hay
ningún hombre sabio.
Está el azar.
Algunos lo llaman
destino. Otros prefieren hablar de causalidad, genética, estadísticas o
circunstancias.
Cambiarle el nombre
quizá nos ayude a dormir.
Pero sigue siendo el
mismo pasajero invisible.
El hombre de la
esquina puede cuidarse, comer bien, correr todas las mañanas y acostarse
temprano. Y aun así, una tarde cualquiera, un accidente puede aparecer sin
haber pedido permiso.
Otro puede fumar
durante cincuenta años y llegar a los ochenta.
Y entonces alguien lo
señalará como si fuera una prueba.
—¿Ves? Fumó toda su
vida y no le pasó nada.
Pero eso no demuestra
que el humo haya sido inocente.
Solo demuestra que una
posibilidad nunca es una sentencia.
Las estadísticas
hablan de multitudes.
La vida, en cambio,
siempre termina llamando a una sola puerta.
Por eso resulta tan
fácil engañarnos.
Vemos al hombre que
tuvo suerte y creemos haber descubierto una ley.
No vemos las puertas
que nunca llegaron a abrirse.
Quizá ese sea uno de
los errores más antiguos del ser humano:
confundir haber tenido
suerte con haber tenido razón.
La biología tampoco
conoce nuestras certezas.
Hay cuerpos que
parecen hechos para resistirlo todo y terminan cayendo demasiado pronto.
Hay otros que reciben
castigo durante décadas y, contra toda expectativa, continúan caminando.
Genética.
Edad.
Ambiente.
Hábitos.
Circunstancias.
Y ese huésped
imprevisible al que llamamos azar.
La vida mezcla todo en
una mano que nadie pidió.
Y aquí aparece una
diferencia que a veces olvidamos:
no tener el control
absoluto no significa no tener ningún control.
No podemos ordenar al
corazón que nunca falle.
Pero podemos intentar
no castigarlo innecesariamente.
No podemos exigirle a
nuestros pulmones que permanezcan intactos para siempre.
Pero podemos decidir
qué aire les hacemos respirar.
No podemos comprarle
años a la muerte.
Pero tampoco tenemos
por qué adelantárselos.
Ahí aparece el humo.
No como un demonio
sobrenatural, sino como una pequeña decisión repetida tantas veces que termina
convirtiéndose en una costumbre.
Una bocanada.
Otra.
Otra más.
Al principio parece
insignificante.
Después se convierte
en años.
El humo no necesita
matar a todos los que lo respiran.
Le basta con inclinar
la balanza.
Aumentar el peligro.
Dejar una pequeña
deuda sobre un cuerpo que todavía no sabe cuándo tendrá que pagarla.
A veces la cobra
pronto.
A veces espera
décadas.
A veces parece no
cobrarla nunca.
Y entonces aparece el
anciano que fumó toda su vida.
Ochenta y seis años.
Noventa.
Una fotografía.
Una anécdota.
Una excepción.
Pero las excepciones
tienen una costumbre peligrosa:
nos hacen olvidar a
todos los que no están presentes para contarnos su historia.
La suerte es seductora
porque siempre llega acompañada de una explicación.
Yo lo hice y estoy
bien.
Como si haber cruzado
una carretera sin ser atropellado demostrara que los automóviles son
inofensivos.
No.
Simplemente cruzaste.
Y tuviste suerte.
La suerte no se guarda
en un cajón.
No se acumula.
No podemos gastar la
de ayer para pagar la cuenta de mañana.
Cada día volvemos a
sentarnos a la mesa.
Y las cartas vuelven a
repartirse.
Por eso cuidarse no
debería ser una religión.
Ni una obsesión.
Ni una vida vivida con
miedo.
No se trata de
convertir cada comida en un juicio ni cada dolor en una profecía.
Se trata de algo mucho
más sencillo:
no ayudar
innecesariamente a la desgracia.
Porque hacer lo que
uno quiere no siempre significa ser libre.
A veces solo significa
obedecer al impulso.
Fumar hasta que
respirar se vuelva difícil.
Beber hasta olvidar.
Destruir el mañana
porque el presente duele demasiado.
Podemos llamar
libertad a todo eso si queremos.
Las palabras son
generosas.
Pero el cuerpo conoce
la diferencia.
Hay decisiones que
parecen libertad mientras las tomamos y se parecen mucho más a una cadena
cuando llega la factura.
No elegimos la baraja.
Al nacer recibimos
cartas que jamás pedimos.
La genética.
El carácter.
El cuerpo.
La familia.
La época.
Las circunstancias.
Algunas cartas serán
buenas.
Otras serán terribles.
Y algunas parecerán
buenas hasta que las necesitemos.
No podemos cambiar la
baraja.
No podemos discutir
con el casino.
No podemos exigir que
el azar juegue limpio.
Pero sí podemos
decidir qué hacemos con las cartas que recibimos.
Podemos ponernos el
cinturón.
Podemos mirar antes de
cruzar.
Podemos cuidar un
cuerpo que, aunque imperfecto, todavía nos acompaña.
Podemos dejar de
fumar.
Podemos beber menos.
Podemos dormir.
Podemos caminar.
Podemos correr.
Podemos comer
razonablemente bien.
No porque eso nos haga
inmortales.
Sino porque quizá la
dignidad también consista en no maltratar aquello que todavía tenemos.
Nada de eso detiene el
destino.
El camión puede
aparecer igual.
La enfermedad puede
llegar igual.
Una llamada telefónica
puede cambiar una vida en menos tiempo del que tarda en enfriarse un café.
Ese es el trato.
No hay garantías.
Pero tampoco estamos
completamente indefensos.
Fumar y beber sin
medida es como pisar el acelerador en una curva cerrada.
Quizá salgas.
Quizá no.
Quizá tengas suerte
durante veinte años.
Quizá durante
cincuenta.
Pero haber salido de
la curva anterior no convierte la siguiente en segura.
Y entonces
comprendemos algo incómodo:
cuidarse no es creer
que vamos a ganar.
Es negarse a perder
por negligencia.
No podemos comprar una
vida eterna.
No podemos negociar
con la muerte.
No podemos pedirle al
destino que nos enseñe las cartas antes de tiempo.
Pero podemos llegar a
la última mano sabiendo que, dentro de nuestras posibilidades, no hicimos todo
lo posible para perder.
Quizá eso sea lo
máximo que un hombre puede pedirle al destino.
No ganar.
No escapar.
No controlar cada
resultado.
Simplemente:
no entregarse antes de
tiempo.
Porque el casino
siempre termina cerrando.
Las luces se apagan.
Las mesas quedan
vacías.
Las cartas vuelven a
la caja.
Eso le ocurrirá a
todos.
Pero mientras las
luces sigan encendidas, mientras todavía podamos levantarnos de la cama,
caminar hasta una ventana, respirar el aire de la mañana y escuchar nuestra
propia respiración, seguimos sentados a la mesa.
Todavía queda una
mano.
No elegimos todas las
cartas.
Pero elegimos cómo
jugar algunas de ellas.
Y quizá la verdadera
libertad no consista en ganar la partida.
Quizá consista en
llegar al final y poder mirar hacia atrás sin sentir que fuimos nosotros
quienes empujamos las cartas hacia la derrota.
El destino puede
repartir.
El azar puede golpear.
La vida puede cambiar
las reglas sin pedir permiso.
Pero mientras sigamos
sentados a la mesa, todavía podemos jugar.
Y quizá, al final, eso
sea suficiente.
No haber ganado.
No haber escapado.
Simplemente haber
permanecido de pie todo el tiempo que pudimos.
Porque el casino
siempre termina cerrando.
Pero mientras las
luces sigan encendidas,
la partida es nuestra.
Fin.
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