La Brutocracia
El Estupidómetro
Tratado sobre la fabricación industrial de la estupidez humana
«La máquina más peligrosa no es la que piensa por nosotros, sino aquella que consigue que dejemos de preguntarnos si todavía pensamos por cuenta propia».
I. La enfermedad de una civilización
Durante treinta y siete años trabajé convencido de que la inteligencia era una propiedad que la humanidad deseaba conservar. Me equivoqué.
No fue un error de cálculo, ni una falla en los materiales, ni una equivocación derivada de mis modelos matemáticos. Fue un error filosófico. Supuse que el hombre, cuando tenía la posibilidad de pensar, elegía pensar; que, cuando se le ofrecía conocimiento, prefería comprender antes que repetir; que, cuando la verdad exigía un esfuerzo, estaba dispuesto a sacrificar unos minutos de comodidad a cambio de una comprensión más profunda de sí mismo.
Descubrí que no era así.
La humanidad no había perdido su inteligencia. Algo mucho más inquietante había ocurrido: había comenzado a utilizarla para construir mecanismos que le permitieran prescindir de ella.
La civilización contemporánea había alcanzado una sofisticación técnica extraordinaria. Podíamos comunicarnos con alguien situado al otro lado del planeta en una fracción de segundo, reconstruir estructuras moleculares, enviar instrumentos a otros cuerpos celestes y almacenar bibliotecas enteras en dispositivos que cabían en la palma de una mano. Sin embargo, el mismo individuo capaz de acceder a siglos de conocimiento podía pasar cuatro horas observando imágenes de desconocidos, discutiendo con personas a las que jamás conocería y consumiendo fragmentos de información que olvidaría antes de acostarse.
Aquella contradicción comenzó a obsesionarme.
Yo no veía una sociedad ignorante. Veía una sociedad rodeada de inteligencia, pero organizada para no necesitarla.
El problema no era que la gente no pudiera pensar. El problema era que pensar se había convertido en una actividad económicamente inconveniente, emocionalmente agotadora y socialmente innecesaria.
Habíamos construido una época en la que cualquier pregunta encontraba una respuesta inmediata, pero cada vez menos personas parecían capaces de formular una pregunta que mereciera la pena.
Y entonces comprendí que, si una sociedad podía ser inducida a abandonar progresivamente sus facultades intelectuales, también debía ser posible construir una máquina capaz de medir ese abandono.
Mi nombre carece de importancia. Durante muchos años fui ingeniero en sistemas cognitivos, especializado en la interacción entre la conducta humana, los entornos digitales y los mecanismos de decisión. Había trabajado para empresas tecnológicas, instituciones académicas y organismos gubernamentales. Mi especialidad consistía en estudiar cómo reaccionaba una mente ante estímulos repetidos y cómo podía modificarse su comportamiento sin que el individuo percibiera la modificación.
No inventé la manipulación.
Inventé algo mucho más peligroso: un instrumento capaz de demostrar que la manipulación funcionaba.
Lo llamé Estupidómetro.
Y el día en que lo encendí por primera vez, comprendí que la humanidad no me pagaría por haber descubierto su enfermedad.
Me pagaría por haber encontrado una manera de administrarla.
II. El laboratorio de las conductas inútiles
Mi laboratorio estaba instalado en el subsuelo de un edificio industrial abandonado, en una zona de la ciudad donde los comercios cerraban temprano y las ventanas permanecían cubiertas de polvo. Elegí aquel lugar por una razón práctica: el silencio.
Necesitaba escuchar aquello que los demás habían aprendido a ignorar.
Durante los primeros meses trabajé con registros de comportamiento voluntariamente anonimizados, investigaciones sobre atención, hábitos de consumo, estudios de memoria y observaciones de grupos sometidos a diferentes estímulos audiovisuales. No pretendía establecer una escala universal de inteligencia. Aquello habría sido científicamente absurdo. La inteligencia humana es demasiado compleja para reducirla a una cifra única, y la ignorancia no constituye, por sí misma, una enfermedad.
Mi objetivo era otro.
Quería medir la distancia entre la capacidad de una persona para comprender algo y su disposición a realizar el esfuerzo necesario para comprenderlo.
Construí un modelo con cinco variables principales: la tolerancia a la complejidad, la resistencia a la gratificación inmediata, la capacidad de sostener la atención, la disposición a revisar las propias creencias y la dependencia de la aprobación colectiva.
No medía cuánto sabía una persona, sino cuánto estaba dispuesta a sacrificar para no tener que aprender.
En mis cuadernos llamé a ese fenómeno atrofia voluntaria del pensamiento.
La primera versión del Estupidómetro ocupaba una habitación entera. Tenía procesadores, pantallas, sensores de respuesta y un sistema de análisis lingüístico que estudiaba patrones de consumo y reacción. Pero lo verdaderamente importante no estaba en los circuitos.
Estaba en la hipótesis.
Una sociedad podía conservar sus universidades, sus museos, sus bibliotecas y sus academias mientras desarrollaba hábitos cotidianos que debilitaban la capacidad de utilizar todo aquello. La cultura podía seguir existiendo como decoración. La ciencia, como espectáculo. La política, como entretenimiento. La música, como un conjunto de estímulos diseñados para provocar una respuesta inmediata.
No era necesario destruir el conocimiento si conseguías que nadie tuviera paciencia para acceder a él.
Una tarde introduje en el sistema una colección de contenidos musicales contemporáneos, canciones antiguas, composiciones instrumentales, letras de diferentes géneros y grabaciones de intérpretes con propuestas estéticas muy distintas.
No pretendía demostrar que la música actual fuera inferior a la del pasado. Esa afirmación, además de simplista, habría convertido mi investigación en una nostalgia disfrazada de ciencia. En todas las épocas había existido música comercial, composiciones extraordinarias y canciones olvidables. La vulgaridad nunca había sido un invento moderno.
Lo que me interesaba era otra cosa: la transformación de la música en un producto cuya supervivencia dependía cada vez más de su capacidad para capturar la atención durante los primeros segundos.
Observé cómo determinadas estructuras se repetían: frases breves, estribillos previsibles, imágenes de lujo, sexualidad convertida en mercancía, violencia presentada como prestigio, riqueza utilizada como argumento moral y una insistencia casi religiosa en la exhibición del propio éxito.
En algunas letras, el dinero era la medida del hombre; el cuerpo, un objeto de intercambio; la humillación, una forma de victoria; y la sensibilidad, una debilidad que convenía ocultar.
No me preocupaban los artistas individualmente. Algunos eran conscientes de sus decisiones; otros simplemente respondían a las reglas del mercado. Tampoco consideraba que escuchar una canción comercial volviera estúpido a nadie.
Me preocupaba el sistema que premiaba la repetición de fórmulas cada vez más fáciles de reconocer y comercializar.
La pregunta que escribí aquella noche en mi cuaderno fue la siguiente:
¿Qué sucede cuando una sociedad comienza a confundir aquello que consigue captar su atención con aquello que merece su atención?
El Estupidómetro registró una anomalía.
No en los datos musicales, sino en los patrones de comportamiento asociados al consumo.
Cuando un contenido exigía una interpretación, las respuestas tendían a dividirse: algunas personas profundizaban, otras lo rechazaban y otras simplemente lo abandonaban. En cambio, los estímulos que ofrecían una recompensa emocional inmediata producían respuestas más rápidas y, en determinados entornos, más repetitivas.
La diferencia no era una prueba de inferioridad intelectual. Era una señal de cómo el entorno podía favorecer ciertos hábitos sobre otros.
Y comprendí que mi máquina no debía medir la estupidez como una propiedad del individuo.
Debía medir las condiciones que hacían rentable la renuncia a pensar.
Aquella distinción cambiaría el destino de mi invento.
III. El descubrimiento del teléfono
El verdadero punto de inflexión no llegó con una nueva fórmula matemática. Llegó una mañana de invierno, mientras observaba a un hombre sentado frente a una cafetería.
Tenía aproximadamente cincuenta años. Llevaba un abrigo oscuro, un periódico doblado bajo el brazo y un café que se enfriaba sobre la mesa. Durante casi cuarenta minutos no levantó la vista del teléfono.
Lo vi reír, fruncir el ceño, deslizar el dedo, detenerse, regresar a una imagen anterior y continuar. En determinado momento, una mujer se sentó frente a él. Le habló. Él levantó la cabeza, respondió algo y volvió a mirar la pantalla antes de que ella terminara la frase.
No había violencia en la escena. Nadie parecía estar obligándolo. No existía ninguna orden explícita.
Era precisamente eso lo que me inquietaba.
La dominación más eficiente no necesita un tirano visible. Basta con organizar las circunstancias para que la persona participe voluntariamente en su propia distracción.
Regresé al laboratorio y revisé mis modelos.
Hasta entonces había considerado el teléfono como una herramienta que transportaba contenidos. Aquella mañana empecé a verlo de otra manera: como el espacio en el que convergían el deseo de reconocimiento, el miedo a quedar excluido, la necesidad de entretenimiento, la ansiedad y la promesa de una recompensa siempre próxima.
El teléfono no era, por sí mismo, una máquina de embrutecimiento. También permitía estudiar, crear, trabajar, comunicarse y acceder a conocimientos que antes resultaban inaccesibles.
Pero reunía en un solo objeto las condiciones ideales para una forma de dependencia cotidiana: disponibilidad permanente, estímulos variables, respuesta inmediata y una arquitectura capaz de aprender qué despertaba la atención de cada usuario.
No necesitaba mantener a todos mirando lo mismo.
Le bastaba con descubrir qué podía mantener a cada uno mirando algo.
A partir de ese momento, el Estupidómetro dejó de ser un aparato experimental.
Se convirtió en un modelo de sociedad.
Imaginé una ciudad donde las personas recibieran, desde la mañana, una secuencia ininterrumpida de estímulos cuidadosamente adaptados a sus preferencias. Una ciudad donde cada ciudadano tuviera la impresión de elegir libremente, aunque sus elecciones estuvieran condicionadas por sistemas que conocían sus debilidades mejor que él mismo.
El ciudadano no recibiría una orden de no leer.
Simplemente encontraría una distracción antes de abrir el libro.
No se le prohibiría pensar.
Se le ofrecería algo más urgente que pensar.
No se le impediría desarrollar una opinión propia.
Se le proporcionaría una opinión prefabricada, acompañada de miles de personas que parecían compartirla.
Y cuando sintiera la necesidad de detenerse, el sistema le ofrecería una nueva razón para continuar.
La máquina no tenía que apagar la inteligencia.
Tenía que conseguir que utilizarla pareciera innecesario.
IV. La arquitectura de la estupidez
En mis notas técnicas definí el Estupidómetro como un sistema de análisis de la degradación de la autonomía intelectual bajo condiciones de estimulación continua.
El nombre era deliberadamente provocador. Sabía que nadie prestaría demasiada atención a un aparato llamado Índice de Resistencia Cognitiva al Entorno Digital. Los nombres solemnes tranquilizan a las instituciones; los nombres ofensivos despiertan su curiosidad.
Sin embargo, la palabra estupidez ocultaba una dificultad fundamental.
La estupidez no es una sustancia que pueda extraerse de una persona, pesarse en una balanza y archivarse en una caja. Tampoco es sinónimo de falta de educación, pobreza, escaso vocabulario o desconocimiento científico. Un individuo puede carecer de formación académica y poseer un juicio extraordinario; otro puede acumular títulos y comportarse de manera profundamente irracional.
Lo que yo buscaba medir era una conducta: la disposición persistente a sustituir el juicio propio por la comodidad de una respuesta inmediata.
La máquina estudiaba cinco dimensiones.
La primera era la fragmentación de la atención. No consistía simplemente en utilizar el teléfono durante muchas horas, sino en la dificultad para mantener una actividad cuando aparecía una alternativa más estimulante.
La segunda era la intolerancia a la complejidad. El sistema examinaba cómo cambiaba la disposición de los usuarios cuando una cuestión requería matices, explicaciones extensas o la aceptación de una contradicción.
La tercera era la dependencia de la validación externa. Medía, en estudios experimentales, hasta qué punto las reacciones ajenas podían modificar la expresión de una opinión, la percepción del propio valor o la voluntad de sostener una idea impopular.
La cuarta era la repetición sin elaboración. No castigaba la repetición en sí misma, indispensable para aprender, sino la reproducción de afirmaciones sin comprensión suficiente de sus fundamentos.
La quinta era la incapacidad de interrumpir una recompensa inmediata. Analizaba la distancia entre la intención declarada de abandonar una actividad y la conducta efectiva.
Ninguna variable, por separado, podía definir a una persona. Incluso en conjunto, debían interpretarse con prudencia. El contexto social, la salud, el cansancio, la situación económica y las obligaciones cotidianas podían modificar los resultados.
Pero el sistema identificaba patrones colectivos.
Y esos patrones eran inquietantes.
En determinados entornos, la exposición constante a estímulos breves coincidía con una menor disposición a dedicar tiempo a actividades que no ofrecían una recompensa inmediata. Las conversaciones se volvían más reactivas. Las opiniones, más dependientes de la pertenencia grupal. La indignación podía convertirse en entretenimiento y el entretenimiento, en una forma de identidad.
El ciudadano ya no necesitaba defender una idea porque la considerara verdadera.
Podía defenderla porque su grupo la defendía.
Tampoco necesitaba comprender una canción para apropiarse de ella como símbolo. Bastaba con que el estribillo representara una actitud, una marca, un deseo o una imagen de sí mismo.
La cultura comenzaba a operar como una colección de insignias.
La persona no preguntaba necesariamente qué significaba una obra.
Preguntaba qué decía de ella el hecho de consumirla.
Aquello era más profundo que la decadencia de determinados géneros musicales. Era una modificación de la relación entre el individuo y los objetos culturales. El libro, la canción, la película y la conversación corrían el riesgo de convertirse en instrumentos para representar una identidad antes que en oportunidades para transformarla.
El hombre moderno no necesita que le quiten el pensamiento; basta con que le vendan una identidad que piense por él.
La frase era brillante.
Y, como descubriría más tarde, la brillantez también puede ser una forma de estupidez cuando uno se enamora demasiado de sus propias conclusiones.
V. La oferta de los Estados
La primera propuesta formal llegó un martes.
No recibí una invitación de un ministro ni una llamada de un presidente. Me contactó un intermediario que se presentó como asesor de políticas públicas y que hablaba con la serenidad de quien está acostumbrado a convertir los problemas humanos en partidas presupuestarias.
Había leído mi trabajo preliminar. Conocía las limitaciones metodológicas del sistema, pero parecía más interesado en sus posibilidades administrativas.
—Doctor, su máquina podría ayudarnos a comprender el deterioro de las capacidades críticas de la población —me dijo.
Le expliqué que no era un instrumento de diagnóstico individual, que los resultados no permitían clasificar a los ciudadanos como inteligentes o estúpidos y que su aplicación exigía controles éticos rigurosos.
Me escuchó sin interrumpirme.
Después me preguntó cuánto costaría adaptar el sistema a una población nacional.
No preguntó qué medidas educativas podrían reducir los problemas observados. No preguntó cómo proteger a las personas de la manipulación comercial. No preguntó cómo distinguir entre una dificultad temporal de atención y un patrón social persistente.
Preguntó cuánto costaba.
Durante los meses siguientes recibí propuestas de diferentes organismos estatales, fundaciones y empresas vinculadas a servicios digitales. Todos empleaban vocabularios distintos para expresar una curiosidad semejante.
Unos hablaban de estabilidad social.
Otros, de prevención de conflictos.
Algunos utilizaban la expresión resiliencia informativa.
Ninguno decía abiertamente que deseaba una población menos capaz de cuestionar las decisiones de quienes gobernaban.
No hacía falta.
Una institución no necesita proponerse fabricar ciudadanos obedientes para beneficiarse de sistemas que premian la obediencia, la distracción o la conformidad. A veces basta con que considere esos resultados convenientes y deje de formular preguntas sobre sus consecuencias.
Finalmente, acepté vender licencias del Estupidómetro.
Me dije que la tecnología debía permanecer en manos de quienes pudieran financiar investigaciones independientes. Me convencí de que, si yo no negociaba con los gobiernos, alguien menos escrupuloso lo haría. Pensé que podía establecer límites contractuales, auditorías y protocolos de uso.
La justificación era razonable.
Ese fue el primer indicio de que estaba comenzando a parecerme a mis clientes.
El contrato inicial se firmó en una sala de paredes claras, con una mesa demasiado grande para las personas sentadas a su alrededor. Había representantes de tres organismos y dos asesores jurídicos. Sobre la mesa reposaba una carpeta con mi nombre y una cifra económica que superaba todo lo que había ganado durante los diez años anteriores.
En el documento, el Estupidómetro ya no aparecía descrito como una herramienta de investigación.
Se lo definía como un sistema de evaluación del comportamiento cognitivo colectivo.
Era una expresión elegante.
La elegancia de las palabras tiene una función particular en las instituciones: permite que una decisión moralmente incómoda parezca una operación administrativa.
Firmé.
Esa noche regresé a casa y me senté frente a la ventana. La ciudad brillaba debajo de mí. Miles de personas sostenían pequeños rectángulos luminosos mientras esperaban autobuses, cenaban, caminaban o permanecían acostadas en sus habitaciones.
Por primera vez sentí que mi máquina ya no estaba en el laboratorio.
Estaba en todas partes.
VI. El programa que nadie había solicitado
El error de los primeros compradores fue creer que el Estupidómetro servía únicamente para medir.
Los ingenieros sabemos que toda medición modifica, en alguna medida, aquello que vuelve visible. Cuando una institución comienza a evaluar una conducta, tarde o temprano alguien intenta optimizarla. Y cuando una métrica determina presupuestos, reputaciones o decisiones políticas, las personas empiezan a comportarse de acuerdo con ella.
El Estupidómetro no tardó en convertirse en una referencia para investigaciones sobre consumo digital, comunicación pública y diseño de plataformas.
Pero los contratos tenían anexos.
Los anexos tenían cláusulas.
Y las cláusulas permitían desarrollar sistemas derivados.
No fui yo quien diseñó todas aquellas aplicaciones. No tuve acceso a todos sus códigos ni participé en cada decisión de implementación. Durante un tiempo me refugié en esa distancia técnica, como si la ausencia de mis manos sobre un teclado pudiera separarme de las consecuencias de mi firma.
Hasta que recibí un informe interno filtrado por un antiguo colaborador.
El documento describía un proyecto piloto en el que se estudiaba cómo modificar la distribución de contenidos digitales según determinados patrones de respuesta de la población.
El lenguaje era neutral. Hablaba de personalización, eficiencia, reducción de fricciones y optimización de la experiencia.
Pero entre las páginas aparecía una observación que me heló la sangre.
Los perfiles que mostraban mayor dificultad para sostener una atención prolongada tendían a permanecer más tiempo en entornos donde los estímulos se sucedían rápidamente. Los usuarios más sensibles a la aprobación social reaccionaban de manera diferente ante señales de popularidad. Las personas que consumían información principalmente para confirmar creencias previas podían desarrollar patrones de interacción particularmente persistentes.
El informe proponía aprovechar esas diferencias para aumentar el tiempo de permanencia.
No para mejorar la comprensión.
No para fomentar el aprendizaje.
Para mantener la actividad.
El documento no afirmaba que todos los usuarios fueran manipulables ni que las respuestas pudieran predecirse con absoluta precisión. Era más inquietante precisamente porque no prometía control total. Le bastaba con mejorar probabilidades, identificar tendencias y ajustar estímulos.
La sociedad no necesitaba una conspiración perfecta.
Necesitaba miles de decisiones comerciales aparentemente pequeñas, cada una justificada por una mejora marginal en los resultados.
Una empresa quería aumentar la retención de usuarios.
Otra quería vender publicidad.
Una institución deseaba anticipar reacciones públicas.
Un partido político buscaba comprender qué mensajes movilizaban a sus simpatizantes.
Una aplicación quería reducir el número de personas que abandonaban la pantalla.
Ninguna decisión, considerada de forma aislada, parecía contener el destino de una civilización.
Pero todas podían empujar en la misma dirección.
La inteligencia humana, que había inventado aquellas herramientas para ampliar sus posibilidades, comenzaba a competir contra sistemas diseñados para capturar su atención.
Y la competencia era desigual.
El individuo disponía de una voluntad limitada, un cuerpo que necesitaba dormir, obligaciones económicas, preocupaciones familiares y una capacidad de concentración que variaba según su estado emocional.
Las plataformas, en cambio, podían operar continuamente, comparar resultados y ajustar sus sistemas a partir de enormes cantidades de interacciones.
No eran omnipotentes.
No necesitaban serlo.
Les bastaba con ser persistentes.
Entonces comprendí el verdadero significado de mi invento: el Estupidómetro no había creado la estupidez, ni había convertido a la humanidad en una masa uniforme. Había hecho visible una vulnerabilidad y había proporcionado un lenguaje con el cual las instituciones podían convertirla en una oportunidad.
Yo había construido un termómetro.
Otros estaban aprendiendo a controlar la temperatura.
VII. La psiquiatría de una sociedad distraída
Durante aquellos años comencé a leer mis propios informes como si fueran historias clínicas de una civilización.
No me interesaba diagnosticar a los individuos. La psiquiatría pierde su sentido cuando convierte diferencias humanas en etiquetas indiscriminadas. Me interesaba la posibilidad de describir un entorno que producía malestar y, simultáneamente, ofrecía mecanismos para mantener a las personas dentro de ese mismo entorno.
En mis notas clínicas imaginarias, la sociedad contemporánea presentaba síntomas contradictorios.
El primero era la hiperestimulación acompañada de aburrimiento. Nunca habíamos tenido tantos recursos para entretenernos y, sin embargo, muchas personas parecían incapaces de permanecer unos minutos en silencio sin experimentar la necesidad de introducir un estímulo nuevo.
El segundo era la conexión acompañada de aislamiento. La comunicación se había vuelto técnicamente más sencilla, pero la disponibilidad permanente no garantizaba intimidad, confianza ni comprensión.
El tercero era la abundancia informativa acompañada de desorientación. El problema ya no consistía únicamente en acceder a los hechos, sino en decidir qué merecía atención, qué podía verificarse y qué debía descartarse.
El cuarto era la exhibición permanente del yo. La identidad, antes construida principalmente a través de experiencias, vínculos y decisiones, se presentaba cada vez más como un objeto visible, susceptible de evaluación pública.
El quinto era la indignación recurrente. El ciudadano recibía continuamente motivos para enfadarse, indignarse, burlarse o defenderse. La emoción se convertía en una actividad que ocupaba el lugar de la acción.
No afirmo que estos fenómenos afecten por igual a todas las personas, ni que sean consecuencia exclusiva de los teléfonos. La ansiedad, la soledad, el deseo de reconocimiento y la necesidad de pertenencia son anteriores a la tecnología digital.
Lo que cambió fue la escala, la velocidad y la posibilidad de convertir esas necesidades en datos comercializables.
El dispositivo no inventó la fragilidad humana.
La volvió medible.
Y aquello que puede medirse con facilidad puede convertirse en objetivo de optimización, incluso cuando nadie ha demostrado que optimizarlo sea bueno para la persona.
Una noche, durante una entrevista para una revista científica, un periodista me preguntó si consideraba que las redes sociales estaban volviendo estúpida a la humanidad.
Le respondí que la pregunta estaba mal formulada.
—La inteligencia no desaparece de un día para otro —le dije—. Lo que puede desaparecer lentamente es la costumbre de ejercerla. Y una facultad que no se utiliza puede dejar de formar parte de la vida cotidiana sin que nadie experimente la sensación de haber perdido algo.
El periodista anotó la frase y me preguntó si eso significaba que estábamos ante una epidemia.
Me negué a utilizar aquella palabra.
Las epidemias tienen agentes identificables, mecanismos de transmisión y criterios clínicos. El deterioro de la atención, la desinformación, la dependencia de la aprobación externa y la pérdida de hábitos reflexivos son fenómenos heterogéneos que exigen explicaciones distintas.
Pero aquella conversación me dejó una inquietud que no pude resolver.
Quizá una sociedad podía enfermar sin que ninguno de sus integrantes estuviera necesariamente enfermo.
Quizá el problema no residía en la suma de los individuos, sino en la estructura que organizaba sus relaciones, sus incentivos y sus posibilidades de actuar.
Quizá una persona podía conservar intacta su inteligencia mientras vivía en un sistema que premiaba constantemente el uso menos exigente de esa inteligencia.
Y quizá esa era la forma más sofisticada de empobrecimiento: aquella que no se experimentaba como una pérdida, sino como una sucesión de pequeñas comodidades.
VIII. El arte, el mercado y la desaparición de la dificultad
El asunto de la música regresó a mí durante una visita a una escuela pública.
Había sido invitado a hablar sobre tecnología y pensamiento crítico. En el aula encontré a treinta adolescentes que parecían bastante menos interesados en mi conferencia que en sus teléfonos.
No los culpé.
Yo también habría preferido mirar una pantalla antes que escuchar a un ingeniero de mediana edad explicar las consecuencias filosóficas de la economía de la atención.
En determinado momento les pregunté qué música escuchaban.
Las respuestas fueron variadas. Algunos mencionaron artistas populares, otros hablaron de géneros urbanos, rock, música electrónica y canciones que habían descubierto a través de sus familias. Uno de los estudiantes me dijo que una canción era buena porque tenía un estribillo que se le quedaba en la cabeza.
Le pregunté si eso era suficiente para considerar buena una canción.
Se encogió de hombros.
—No sé. Si me gusta, me gusta.
La respuesta era perfectamente legítima. El gusto no necesita justificarse ante un tribunal filosófico. Nadie tiene la obligación de convertir cada experiencia estética en un examen de teoría musical.
Sin embargo, me quedé pensando en la distancia que existía entre dos preguntas: «¿Me gusta?» y «¿Qué encuentro en esto que me gusta?».
La primera expresa una reacción.
La segunda puede iniciar una exploración.
El arte, en sus manifestaciones más profundas, no siempre nos ofrece comodidad. A veces nos obliga a convivir con una emoción que no sabemos nombrar, con una contradicción que preferiríamos evitar o con una belleza que exige tiempo para ser comprendida.
Una pintura puede desconcertarnos.
Una novela puede obligarnos a reconocer nuestra propia crueldad.
Una pieza musical puede transmitir una tristeza que no se resuelve en el estribillo final.
Pero la cultura organizada exclusivamente alrededor de la velocidad comercial tiende a favorecer aquello que puede reconocerse, consumirse y reemplazarse con facilidad.
La dificultad se vuelve un riesgo.
El silencio se vuelve un espacio vacío que conviene rellenar.
La ambigüedad, una amenaza para la retención.
Y la atención prolongada, un recurso que debe competir contra alternativas más rentables.
No era la música urbana la culpable. Tampoco el reguetón, el pop, el rap ni ningún otro género. Hay obras de extraordinaria complejidad en estilos populares, y hay obras profundamente triviales en géneros tradicionalmente considerados elevados.
El problema era confundir la popularidad con la calidad, la complejidad con la superioridad moral o la repetición comercial con una prueba automática de decadencia.
Una sociedad puede disfrutar de una canción sencilla y, al mismo tiempo, producir poesía extraordinaria.
Lo preocupante aparece cuando las condiciones de producción y distribución vuelven cada vez más difícil que una obra exigente encuentre espacio, no porque el público sea incapaz de apreciarla, sino porque su atención está sometida a una competencia permanente.
El mercado no necesita prohibir la música compleja.
Puede simplemente relegarla.
No necesita censurar la poesía.
Puede hacer que desaparezca entre miles de estímulos.
No necesita destruir el arte.
Puede convertirlo en contenido.
Y quizá esa fue la transformación cultural más importante que observé durante mis investigaciones: el desplazamiento de la obra por el flujo, de la experiencia por la reacción y de la contemplación por el consumo.
El hombre ya no necesitaba escuchar una canción.
Podía utilizarla como fondo mientras hacía otras tres cosas.
No necesitaba mirar una película.
Podía consultar el teléfono durante las escenas que exigían atención.
No necesitaba leer una idea completa.
Podía quedarse con una frase, convertirla en una imagen y compartirla con personas que tampoco habían leído el texto original.
La cultura seguía circulando.
Lo que comenzaba a escasear era el encuentro profundo con ella.
Y yo, que había construido una máquina para estudiar ese fenómeno, empecé a sospechar que también había contribuido a convertirlo en una mercancía.
IX. El hombre que medía a los demás
Con el tiempo, el Estupidómetro adquirió una reputación que nunca había buscado.
En determinados círculos se convirtió en una metáfora de la época. Los periodistas lo mencionaban cuando hablaban de desinformación, educación o redes sociales. Algunos académicos criticaban sus fundamentos; otros encontraban en su marco conceptual una herramienta útil para estudiar la economía de la atención.
Pero el nombre comenzó a adquirir vida propia.
Se utilizaba para insultar a quienes pensaban de manera diferente, para ridiculizar gustos musicales, para descalificar a adversarios políticos y para establecer jerarquías imaginarias entre personas que se consideraban intelectualmente superiores.
Había creado un concepto para cuestionar la renuncia al pensamiento y la gente lo utilizaba para renunciar a pensar sobre los demás.
La ironía era tan perfecta que habría resultado cómica de no haber sido tan reveladora.
El Estupidómetro se había convertido en aquello que pretendía estudiar.
Una etiqueta.
Un atajo mental.
Una herramienta para evitar la complejidad de comprender al otro.
Durante semanas revisé los documentos originales de mi investigación. Busqué una advertencia que hubiera omitido, una cláusula que no hubiese considerado, una conclusión demasiado ambiciosa.
Encontré muchas imperfecciones técnicas, pero ninguna explicaba mi fracaso.
El problema no estaba exclusivamente en el aparato.
Estaba en mi expectativa de que una herramienta de medición pudiera protegerse de los usos sociales que le daban significado.
Había creído que, si describía cuidadosamente un fenómeno, la sociedad tendría que enfrentarse a él con la misma seriedad.
No comprendí que los seres humanos no utilizan las ideas únicamente para conocer el mundo. También las utilizan para defenderse, pertenecer, dominar, tranquilizarse y evitar la incertidumbre.
El conocimiento no elimina esas necesidades.
Puede incluso proporcionarles mejores instrumentos.
Yo había supuesto que el diagnóstico conduciría a la cura.
Pero un diagnóstico también puede convertirse en una identidad, una excusa o un mecanismo de control.
A partir de entonces empecé a desconfiar de mi propio lenguaje.
Cada vez que alguien hablaba de masas manipulables, me preguntaba quién se atribuía el derecho de definirlas.
Cada vez que alguien se presentaba como intelectualmente superior, me preguntaba qué parte de su superioridad dependía de la necesidad de despreciar a los demás.
Cada vez que una institución afirmaba actuar por el bien de la población, me preguntaba quién había definido ese bien, qué indicadores se estaban utilizando y qué aspectos de la experiencia humana quedaban fuera de la medición.
El ingeniero que había querido cuantificar la estupidez comenzó a descubrir una forma mucho más peligrosa de estupidez: la convicción de que uno mismo se encuentra a salvo de ella.
X. La máquina perfecta
Años después, cuando los gobiernos ya habían adquirido suficientes licencias y las empresas habían desarrollado sus propios sistemas derivados, recibí una invitación para asistir a una demostración internacional.
La exposición se celebraba en un edificio de cristal. Había pantallas gigantes, presentaciones impecables y representantes de organizaciones que hablaban de eficiencia, bienestar, personalización y transformación social.
En uno de los salones se mostraba una plataforma que utilizaba modelos predictivos para adaptar la experiencia digital de cada ciudadano.
La presentación describía un sistema capaz de identificar patrones de atención, anticipar intereses y modificar la secuencia de contenidos en función de las respuestas individuales.
Todo estaba diseñado para parecer útil.
La plataforma recomendaba materiales educativos a quienes mostraban interés por determinados temas. Ofrecía información complementaria cuando detectaba preguntas. Proponía contenidos culturales relacionados con preferencias anteriores.
Pero también podía priorizar estímulos emocionalmente intensos, reducir la exposición a perspectivas que generaban abandono y favorecer aquellos formatos que mantenían a las personas conectadas durante más tiempo.
Los responsables insistían en que el sistema no obligaba a nadie a hacer nada.
Y era cierto.
Nadie obligaba a nadie.
La máquina no necesitaba imponer decisiones. Podía limitarse a organizar las opciones disponibles, establecer el orden en que aparecían y aprender de las respuestas.
La libertad formal permanecía intacta.
La experiencia efectiva de la libertad podía volverse más estrecha.
Pensé entonces en un concepto que había estudiado durante mi formación: la diferencia entre la ausencia de coacción directa y la capacidad real de actuar de manera autónoma.
Una persona puede ser formalmente libre y encontrarse, sin embargo, rodeada de condiciones que dificultan el ejercicio de esa libertad.
Puede tener acceso a millones de libros y carecer de tiempo, concentración o recursos para leerlos.
Puede recibir miles de noticias y no disponer de herramientas para verificar su procedencia.
Puede comunicarse con millones de individuos y no encontrar un espacio donde hablar sin sentir la necesidad de representar un papel.
Puede elegir entre innumerables canciones mientras los mecanismos de distribución concentran la visibilidad en un número limitado de propuestas.
Puede creer que está eligiendo libremente cuando, en realidad, sus elecciones se producen dentro de un entorno que alguien diseñó para influir en su comportamiento.
No significa que toda elección esté manipulada ni que las personas sean marionetas incapaces de resistirse.
Significa que la autonomía no depende únicamente de tener opciones.
También depende de cómo se construye el entorno en el que esas opciones se presentan.
Esa tarde, mientras recorría la exposición, comprendí que la versión más peligrosa del Estupidómetro ya no necesitaba llamarse Estupidómetro.
Podía presentarse como una herramienta de productividad, una aplicación de bienestar, un sistema de recomendación cultural o una plataforma educativa.
Podía ser agradable, intuitiva y visualmente impecable.
Podía ayudar a resolver problemas reales.
Y, al mismo tiempo, podía utilizar el conocimiento sobre las debilidades humanas para orientar conductas sin que los individuos comprendieran plenamente cómo se estaban configurando sus experiencias.
La máquina perfecta no sería aquella que midiera correctamente la estupidez.
Sería aquella que consiguiera que nadie se preguntara qué estaba midiendo, quién utilizaba los resultados y con qué propósito.
XI. La última prueba
Regresé al laboratorio, que para entonces apenas utilizaba, y conecté la primera versión del Estupidómetro.
Habían pasado muchos años desde su construcción. Los ventiladores emitían un zumbido irregular y algunas pantallas tardaron en encenderse. Sobre una mesa seguían apilados mis cuadernos originales, cubiertos de anotaciones que parecían pertenecer a otra persona.
Decidí realizar una última prueba.
No introduje datos de redes sociales, registros de consumo, patrones musicales ni estadísticas nacionales.
Introduje mis propios escritos.
Las primeras hipótesis.
Los informes técnicos.
Las advertencias éticas.
Los contratos.
Las entrevistas.
Las notas privadas que había redactado después de descubrir cómo se utilizaban los resultados.
Quería comprobar si el sistema podía identificar alguna contradicción entre mis principios declarados y mis decisiones efectivas.
La prueba carecía de validez clínica. Lo sabía. Una máquina no podía determinar mi calidad moral a partir de mis documentos. Ningún algoritmo podía reducir las complejidades de la responsabilidad humana a una puntuación definitiva.
Pero necesitaba enfrentarme a la pregunta que había evitado durante años.
¿Qué había hecho yo con el conocimiento que había adquirido?
El sistema procesó los archivos.
La pantalla permaneció en blanco durante varios segundos.
Después apareció una advertencia:
RESULTADO NO CONCLUYENTE.
Debajo, una línea adicional:
SE DETECTA UNA DISCREPANCIA PERSISTENTE ENTRE LOS OBJETIVOS DECLARADOS Y LAS DECISIONES REGISTRADAS.
Me quedé inmóvil.
No porque el resultado demostrara nada extraordinario. Era un análisis automatizado, limitado por los datos y por los criterios que yo mismo había definido.
Me quedé inmóvil porque la frase describía con precisión el problema que llevaba años intentando evitar.
Había construido una máquina para estudiar cómo las personas renunciaban a ejercer su juicio.
Después había aceptado dinero de instituciones interesadas en utilizar aquel conocimiento.
Había defendido la autonomía intelectual y había contribuido a desarrollar herramientas que podían debilitarla.
Había denunciado la transformación de la cultura en mercancía mientras convertía mi investigación en un producto comercial.
Y había utilizado argumentos razonables para justificar decisiones que, observadas en conjunto, contradecían mis principios.
No había perdido la inteligencia.
La había puesto al servicio de mi propia justificación.
Apagué la máquina.
Por primera vez en muchos años, el laboratorio quedó en silencio.
Me senté frente a la pantalla negra y comprendí algo que ninguna ecuación me había enseñado: la capacidad de razonar no garantiza la voluntad de reconocer aquello que el razonamiento descubre.
Un hombre puede construir argumentos extraordinarios para proteger una mentira sencilla.
Puede conocer los mecanismos de la manipulación y utilizar ese conocimiento para manipular.
Puede comprender las consecuencias de una decisión y encontrar, aun así, una explicación que le permita continuar.
La inteligencia es una capacidad.
La honestidad intelectual es una práctica.
Y no existe ningún instrumento capaz de garantizar que ambas permanezcan unidas.
XII. El último teléfono
Hoy vivo en un departamento pequeño, lejos del laboratorio y de los edificios donde se firmaron los contratos.
Sigo utilizando un teléfono. Sería absurdo afirmar que la solución consiste en abandonar la tecnología, como si la modernidad pudiera deshacerse de sus propias herramientas sin perder también algunas de sus conquistas más importantes.
Leo noticias, escucho música, converso con amigos y utilizo sistemas digitales para trabajar.
Pero intento observar mis hábitos.
Cuando abro una aplicación sin saber exactamente qué busco, me pregunto qué necesidad estoy intentando satisfacer.
Cuando una canción me parece extraordinaria por primera vez, intento escucharla otra vez, prestando atención a aquello que no había advertido.
Cuando leo una afirmación con la que estoy de acuerdo, trato de encontrar el argumento más sólido en su contra.
Cuando siento la urgencia de responder inmediatamente a una provocación, procuro preguntarme si mi respuesta contribuirá a comprender algo o si únicamente alimentará la necesidad de demostrar que tengo razón.
No siempre lo consigo.
A veces paso demasiado tiempo mirando una pantalla. A veces comparto una opinión sin haberla examinado suficientemente. A veces elijo la comodidad antes que el esfuerzo y la distracción antes que el silencio.
La diferencia es que ahora intento reconocer esos momentos sin convertirlos en una identidad ni utilizar mis errores para sentirme superior a los demás.
Porque la estupidez, si queremos conservar la palabra, no puede entenderse como una clase de persona.
Es una posibilidad humana.
Una posibilidad que aparece cuando dejamos de examinar nuestras creencias, cuando confundimos la seguridad con la verdad, cuando renunciamos a comprender aquello que nos incomoda o cuando entregamos a otros la responsabilidad de decidir qué merece nuestra atención.
El Estupidómetro sigue existiendo.
Sus distintas versiones continúan circulando por instituciones y empresas. Algunas se utilizan para estudiar fenómenos legítimos; otras forman parte de sistemas cuyos objetivos desconozco. No tengo forma de controlar todos sus derivados, y tampoco puedo afirmar que sus efectos sean siempre perjudiciales.
He intentado explicar sus limitaciones, denunciar los usos que considero abusivos y promover investigaciones independientes sobre la relación entre tecnología, autonomía y atención.
Pero ya no creo que una máquina pueda resolver el problema que me llevó a construirla.
Una máquina puede identificar patrones.
Puede señalar contradicciones.
Puede calcular probabilidades y hacer visibles ciertas tendencias.
No puede obligar a una sociedad a considerar importante aquello que le resulta incómodo.
No puede imponer la honestidad.
No puede producir sabiduría a partir de la mera acumulación de información.
Y no puede sustituir el esfuerzo individual y colectivo que requiere una cultura capaz de convivir con la complejidad.
A veces me preguntan si volvería a inventar el Estupidómetro.
Nunca sé qué responder.
Si no lo hubiera construido, quizá alguien más habría desarrollado una herramienta semejante. Tal vez su existencia haya contribuido a revelar mecanismos que de otro modo habrían permanecido ocultos. Pero también es posible que mi trabajo haya facilitado usos que nunca debieron recibir legitimidad científica.
No existe una fórmula que permita separar perfectamente ambas cosas.
La responsabilidad no desaparece porque el resultado sea ambiguo.
Quizá esa sea la última lección que aprendí como ingeniero: toda tecnología que amplía nuestro poder amplía también el alcance de nuestras equivocaciones.
Y, sin embargo, la humanidad continúa buscando máquinas que le permitan evitar el esfuerzo de decidir qué hacer con ese poder.
Construimos sistemas para recordar y dejamos de ejercitar la memoria.
Creamos herramientas para comunicarnos y confundimos la comunicación con la presencia.
Desarrollamos instrumentos para obtener información y confundimos la información con el conocimiento.
Diseñamos plataformas para expresar nuestra identidad y comenzamos a depender de ellas para saber cuánto vale esa identidad.
Finalmente, inventamos máquinas capaces de medir las limitaciones humanas y empezamos a utilizarlas para decidir quién merece ser escuchado.
La paradoja no está en la tecnología.
Está en la facilidad con la que una herramienta creada para ampliar nuestras posibilidades puede convertirse en una excusa para renunciar a ellas.
A veces, cuando la noche está avanzada, dejo el teléfono sobre la mesa y me siento junto a la ventana.
Observo las luces de los edificios, los automóviles que atraviesan las calles y las personas que caminan mirando hacia abajo. Pienso en los millones de conversaciones que se están produciendo en este instante, en las canciones que suenan detrás de las paredes, en los libros que permanecen cerrados y en las preguntas que nadie se formula porque otra cosa ha reclamado su atención.
No sé si estamos viviendo una decadencia intelectual, una transformación cultural o simplemente una etapa de adaptación a tecnologías que todavía no hemos aprendido a gobernar.
Desconfío de las respuestas definitivas.
Pero hay una pregunta que continúa acompañándome desde aquella primera noche en el laboratorio.
Si mañana desaparecieran todas las pantallas, si se apagaran las redes sociales, si dejaran de circular las canciones que escuchamos por costumbre y desaparecieran los sistemas que nos indican qué pensar, qué comprar, qué admirar y qué rechazar...
¿Cuántas de nuestras ideas seguirían siendo nuestras?
No me refiero a las ideas originales. Nadie piensa desde cero. Todos heredamos palabras, costumbres, prejuicios, conocimientos y formas de interpretar el mundo. La autonomía no consiste en vivir aislado de la sociedad, sino en desarrollar la capacidad de examinar críticamente aquello que recibimos de ella.
Me refiero a algo más elemental.
¿Cuántas de nuestras opiniones resistirían cinco minutos de silencio?
¿Cuántos de nuestros gustos sobrevivirían a la desaparición de las señales que nos dicen qué es popular?
¿Cuántas de nuestras convicciones seguirían en pie si dejáramos de recibir aprobación por sostenerlas?
¿Cuántas veces hemos llamado libertad a la posibilidad de elegir entre opciones que otros diseñaron para nosotros?
Y, sobre todo, ¿cuántas veces hemos llamado inteligencia a nuestra capacidad de justificar aquello que, en el fondo, nunca nos hemos atrevido a cuestionar?
No tengo las respuestas.
Tal vez por eso sigo escribiendo.
Porque he comprendido que el verdadero peligro del Estupidómetro nunca fue que pudiera medir la estupidez humana.
Fue que la humanidad pudiera utilizarlo para convencerse de que la estupidez siempre estaba en otra parte.
En el vecino que escucha otra música.
En el ciudadano que vota de otra manera.
En el joven que pasa demasiado tiempo con el teléfono.
En el anciano que rechaza los cambios.
En el artista que produce canciones comerciales.
En el político que manipula a sus seguidores.
En el desconocido que comparte una noticia falsa.
Siempre en el otro.
Nunca en nosotros.
Y mientras continuemos buscando una máquina que identifique a los estúpidos, quizá no advirtamos que la pregunta importante no es quién merece recibir ese nombre, sino qué clase de sociedad estamos construyendo cuando resulta más rentable debilitar el juicio de las personas que fortalecerlo.
Apago la lámpara.
El teléfono permanece sobre la mesa.
La pantalla se ilumina una vez más. Una notificación. Un mensaje. Una invitación a mirar algo que, probablemente, olvidaré en unos minutos.
No la abro.
Durante unos segundos no sucede absolutamente nada.
Y descubro que esos segundos, tan insignificantes para cualquier estadística, contienen algo que mi máquina nunca pudo medir del todo: la posibilidad de no reaccionar, de interrumpir el hábito, de recuperar la atención antes de entregarla.
Quizá la libertad no sea siempre una gran revolución.
Quizá comience con un gesto tan pequeño que ninguna institución considere necesario registrarlo.
La decisión de detenerse.
La voluntad de preguntar.
La paciencia de escuchar una idea hasta el final.
El coraje de reconocer que uno puede estar equivocado.
La disposición a encontrar belleza donde no hay recompensa inmediata.
La capacidad de permanecer frente a una contradicción sin correr a buscar una respuesta que nos tranquilice.
He dedicado gran parte de mi vida a construir una máquina que pudiera medir los límites de la inteligencia humana.
Al final, lo único que he aprendido con certeza es que la inteligencia no nos salva de nosotros mismos.
Y que ninguna máquina, por sofisticada que sea, podrá impedir que una sociedad se vuelva estúpida si sus integrantes comienzan a considerar que pensar ya no merece el esfuerzo.
El Estupidómetro no necesita una pantalla, un procesador ni un laboratorio.
Su versión más perfecta aparece cada vez que dejamos de preguntarnos por qué creemos lo que creemos y comenzamos a conformarnos con que alguien, en alguna parte, ya haya pensado por nosotros.
Thomas A. Riani
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