Los prejuicios de la memoria
La dosis exacta de la crueldad
Thomas A. Riani
Los extremos se tocan, aunque jamás admitan haberse visto. Uno llega envuelto en la promesa de protegernos; el otro, en la de liberarnos. Ambos construyen sus templos con palabras distintas y, llegado el momento, exigen sacrificios en el mismo idioma. No hay nada más peligroso que una idea cuando deja de considerarse una idea y comienza a creerse una ley natural. El fanático no necesita tener razón: le basta con haber encontrado una explicación que lo absuelva de las consecuencias.
Quizá el verdadero problema de las sociedades no sea la elección entre el Estado y el mercado, entre la protección y la libertad, sino nuestra antigua inclinación a convertir cualquier herramienta en una religión. El ser humano tiene una capacidad extraordinaria para fabricar instrumentos y una todavía más extraordinaria para olvidar que fueron fabricados. Después se arrodilla ante ellos, les atribuye una sabiduría que no poseen y les entrega, con admirable eficiencia, la responsabilidad de sus propios actos.
Toda doctrina promete corregir alguna injusticia. Algunas lo consiguen, otras la trasladan de habitación y unas pocas tienen la delicadeza de cambiarle el nombre. Porque el sufrimiento, cuando aparece en el balance de una idea, rara vez conserva su nombre original. Se transforma en ajuste, transición, externalidad, costo inevitable. La pobreza adquiere vocabulario técnico; la desesperación, una explicación administrativa. Es curioso: cuando el dolor pertenece a quien lo padece, es una tragedia; cuando pertenece a un informe, es una variable.
La crueldad, después de todo, no siempre necesita de un verdugo. A veces le basta un escritorio, una firma y la convicción de que los números, por no llorar, tampoco sufren. El verdugo antiguo al menos tenía que mirar a su víctima. El moderno puede delegar incluso la incomodidad de saber que existe.
«La civilización no eliminó la crueldad; consiguió que ya no necesitáramos ensuciarnos las manos para ejercerla», podría escribir alguien que jamás haya tenido que limpiar la sangre de una decisión ajena.
En Francia, en Argentina, en cualquier lugar donde una sociedad discuta cuánto debe protegerse y cuánto debe exigirse a sí misma, reaparece una pregunta incómoda: ¿en qué momento la solución comienza a parecerse al problema? No porque todas las soluciones sean iguales ni porque sus consecuencias puedan medirse con la misma regla, sino porque ninguna idea está inmunizada contra la soberbia de quien la administra. El remedio puede ser necesario y, aun así, estar mal dosificado. La intención puede ser legítima y, aun así, producir una injusticia. La realidad tiene esa mala educación: no siempre coopera con nuestras convicciones.
El mercado puede olvidar que detrás de cada precio existe alguien que necesita vivir; el Estado puede olvidar que detrás de cada protección existe alguien que necesita decidir. Uno corre el riesgo de confundir el valor de una persona con su capacidad de producir; el otro, de confundir su bienestar con la obediencia a un sistema diseñado para administrarlo. En ambos casos, el individuo corre el peligro de convertirse en una molestia teórica: esa pequeña anomalía humana que insiste en tener hambre, dignidad, miedo, deseos y una biografía que no cabe en las estadísticas.
La ironía es que nadie suele declararse partidario del sufrimiento. Ni siquiera quienes lo administran. Todos prefieren llamarlo sacrificio, disciplina, responsabilidad o precio de entrada al futuro. El futuro, por cierto, es un acreedor extraordinariamente conveniente: acepta cualquier promesa, no presenta reclamos en el presente y jamás se sienta a cenar con quienes pagaron por él.
«No estamos destruyendo el presente», dice la voz imaginaria del progreso; «solo estamos pidiendo que deje de comportarse como si tuviera derecho a existir».
Hay una obscenidad particular en exigir paciencia a quien ya ha agotado sus reservas. Pedirle esperanza al que no sabe cómo llegar a fin de mes, serenidad al que teme perder su casa o comprensión al que contempla cómo se reduce su mundo puede ser, en ciertas circunstancias, una forma sofisticada de no escuchar. No hace falta burlarse del pobre para humillarlo; alcanza con explicarle, con una sonrisa perfectamente razonable, por qué su desgracia resulta necesaria.
Y, sin embargo, tampoco sería honesto convertir toda exigencia en crueldad ni toda pérdida en una injusticia deliberada. Las sociedades no pueden evitar cada dolor, los recursos no son infinitos y ninguna organización humana resuelve sus contradicciones sin costos. Precisamente por eso importa tanto distinguir entre el sufrimiento inevitable y el sufrimiento que se vuelve aceptable por conveniencia; entre una decisión difícil y una decisión protegida de toda crítica; entre pedir un esfuerzo colectivo y decidir unilateralmente quién debe sacrificarse.
La diferencia quizá resida en una pregunta que las grandes teorías suelen considerar demasiado pequeña: ¿quién paga, quién decide y quién tiene permitido equivocarse?
Porque los errores de los poderosos suelen llamarse experiencias, mientras que los de los débiles reciben nombres menos generosos. Para unos, el fracaso es una etapa de aprendizaje; para otros, puede ser la pérdida del techo, del trabajo o de la posibilidad de empezar de nuevo. La igualdad, al parecer, también tiene sus excepciones: todos podemos caer, pero no todos disponemos de un suelo que amortigüe el golpe.
Lo verdaderamente inquietante no es que existan personas convencidas de tener razón. Es que la convicción pueda servirles de anestesia. El fanático de una idea no siempre desea el mal; a veces está tan ocupado imaginando el bien futuro que pierde la sensibilidad necesaria para reconocer el mal presente. Su tragedia consiste en creer que la pureza de su propósito disminuye la responsabilidad por sus consecuencias.
Pero la historia no suele conceder descuentos por buenas intenciones. Y la realidad, ese juez sin sentido del humor, no acepta como moneda de cambio las citas de nuestros autores favoritos.
Tal vez por eso la crueldad más resistente sea aquella que consigue sentirse virtuosa. La que no se reconoce en el grito, sino en la explicación; no en el odio, sino en la indiferencia cuidadosamente argumentada. Es fácil condenar al monstruo cuando tiene colmillos. Mucho más difícil es reconocerlo cuando utiliza nuestras palabras, defiende nuestros principios y nos asegura que todo cuanto hace es por nuestro bien.
Al fin y al cabo, cada época inventa una manera de administrar sus contradicciones y luego la presenta como un descubrimiento moral. Nosotros hemos perfeccionado la técnica: podemos hacer sufrir a alguien y conservar intacta nuestra imagen de personas razonables. Basta con que la responsabilidad se distribuya entre suficientes manos. Cuando todos han participado un poco, nadie parece haber hecho demasiado.
Quizá ahí se toquen verdaderamente los extremos: no en sus programas, ni en sus promesas, ni siquiera en sus resultados, sino en la tentación de considerar que una causa suficientemente noble puede justificar cualquier dosis de dolor. El problema no es que busquemos remedios. Es que, enamorados de ellos, olvidemos examinar al paciente.
Y conviene recordar que el paciente no es una abstracción, que la sociedad no es un laboratorio y que quienes sobreviven al tratamiento no necesariamente han sido curados. Algunos simplemente han aprendido a convivir con la enfermedad; otros han tenido la suerte de no estar en la habitación cuando comenzó el experimento.
La esperanza, por tanto, no debería consistir en creer que encontraremos una fórmula sin contradicciones, un sistema que nos libre de la imperfección o una autoridad incapaz de equivocarse. Esa sería otra religión, y ya tenemos suficientes dioses administrando asuntos que no comprenden del todo. La esperanza quizá consista en algo menos espectacular: conservar la capacidad de revisar nuestras certezas, reconocer el dolor que producen nuestras decisiones y desconfiar de cualquier idea que nos exija renunciar a la compasión para demostrar que somos inteligentes.
Porque la inteligencia puede explicar casi cualquier cosa. La sabiduría comienza cuando dejamos de confundir esa capacidad con un permiso.
Y si alguna vez descubrimos que el remedio se ha convertido en veneno, habrá que tener el valor de cambiar la dosis, incluso si fuimos nosotros quienes escribimos la receta. De lo contrario, la historia continuará su trabajo habitual: los de arriba discutirán la composición del medicamento, los de abajo soportarán sus efectos y, en algún despacho, alguien publicará un estudio concluyendo que el tratamiento fue un éxito.
Al paciente, lamentablemente, no le habrán consultado. Pero habrá quedado muy bien en las estadísticas.
«La luz es la forma más sublime del ser; la muerte, su estado más sutil. Tal vez morir no sea desaparecer, sino alcanzar una forma de existencia tan refinada que ni siquiera los vivos puedan seguir molestándonos».
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