Una visita al manicomio

La prisión de las certezas | Thomas A. Riani

La prisión de las certezas

El hombre ante el silencio de Dios

Por Thomas A. Riani

Nadie puede enseñarte a sobrevivir entre lobos y cabras, ni a encontrar el camino cuando la tierra se resquebraja bajo tus pies.

Porque de poco sirve prolongar la existencia si el precio que debemos pagar es renunciar a aquello que nos hace humanos.

La vida revela su inmenso valor mientras nos pertenece; sin embargo, parece perderlo cuando la entregamos sin medida, incluso antes de haber comprendido por qué nos fue concedida.

«El hombre que se encierra en sus propias certezas termina convirtiendo su fe en una prisión. No necesariamente porque Dios sea la cárcel, sino porque puede serlo la incapacidad de escuchar, de dudar y de dejarse conmover por el sufrimiento ajeno».

Existe una forma de soledad mucho más profunda que la ausencia de compañía: aquella que nace cuando un hombre deja de escuchar el mundo porque cree haber encontrado una explicación definitiva para él. No es el aislamiento del ermitaño ni la melancolía de quien ha sido abandonado, sino una clausura más sutil y, por eso mismo, más peligrosa: la del espíritu que, convencido de haber alcanzado la verdad, renuncia a la posibilidad de descubrirla nuevamente.

En ese estado, el hombre deja de contemplar la existencia y comienza a juzgarla. Ya no se interroga sobre el misterio de las cosas, sino que las somete a las respuestas que ha construido para protegerse del vértigo de lo desconocido.

La necesidad de creer parece acompañar al ser humano desde que adquiere conciencia de su propia finitud. Saber que existimos y comprender, al mismo tiempo, que nuestra existencia está destinada a terminar constituye una de las contradicciones más dolorosas de la condición humana. Deseamos la eternidad, pero habitamos el tiempo; buscamos un sentido absoluto, aunque apenas disponemos de una vida fragmentaria para intentar comprenderlo.

Ante esa desproporción, la fe puede convertirse en refugio, en una manera de soportar aquello que la razón no consigue resolver. Puede ofrecer consuelo frente a la muerte, esperanza ante la injusticia y una forma de reconciliación con el sufrimiento. Sin embargo, aquello que comienza como una respuesta al desamparo también puede transformarse en una defensa contra la realidad.

El problema no reside necesariamente en la existencia de Dios, sino en la necesidad humana de convertirlo en una posesión. Una cosa es buscar lo divino con humildad y otra, radicalmente distinta, utilizar su nombre para legitimar las propias convicciones. El primer movimiento exige reconocer los límites del entendimiento; el segundo pretende abolirlos.

Cuando la fe se vuelve propiedad, el misterio deja de ser una invitación a la contemplación y se transforma en una frontera que nadie puede atravesar sin ser considerado enemigo. El creyente deja entonces de buscar a Dios y comienza a defender la imagen que ha construido de él. Sin advertirlo, confunde la fidelidad espiritual con la obediencia a sus propios temores.

Hay hombres que hablan de amor mientras se muestran incapaces de comprender el dolor de quienes piensan de manera diferente. Otros predican la compasión, pero encuentran justificaciones para la crueldad cuando esta se ejerce en nombre de aquello que consideran sagrado. Algunos proclaman la humildad como virtud suprema, aunque difícilmente toleran que una sola de sus certezas sea puesta en duda.

En ellos aparece una contradicción que ninguna repetición doctrinal puede resolver: cuanto más absoluta es la seguridad con la que afirman conocer la verdad, menos dispuestos parecen a reconocerla cuando se manifiesta fuera de los límites de sus creencias.

La tragedia de estos hombres no consiste simplemente en equivocarse. El error pertenece a la naturaleza de todo ser que piensa, y ninguna conciencia está completamente a salvo de él. La tragedia comienza cuando el error se vuelve irreconocible para quien lo comete; cuando la convicción se endurece hasta impedir cualquier examen de sí misma; cuando el miedo a estar equivocado resulta tan insoportable que se prefiere deformar el mundo antes que modificar una idea.

En ese punto, la inteligencia deja de ser un instrumento de conocimiento y se convierte en servidora de la certeza. Ya no busca comprender la realidad, sino encontrar argumentos que permitan conservar intacta la imagen que el hombre tiene de ella.

Así se construye una prisión sin barrotes. Sus paredes están hechas de palabras repetidas, preguntas prohibidas, respuestas heredadas que jamás fueron examinadas y del temor persistente a que una duda derrumbe todo aquello sobre lo que se ha edificado una vida.

Quien habita en ella puede caminar libremente por las calles, conversar con sus semejantes e incluso enseñar a otros lo que considera verdadero. Sin embargo, permanece encerrado en una estructura mental de la que no consigue salir. Su mundo parece inmenso, pero está limitado por aquello que se permite pensar. Su libertad es apenas aparente: cada posibilidad nueva debe comparecer ante el tribunal de sus convicciones antes de ser admitida.

Y quizá una de las formas más dolorosas de esa cautividad sea la incapacidad de escuchar.

Escuchar verdaderamente exige una disposición que pocas veces reconocemos en toda su profundidad: admitir que el otro puede saber algo que nosotros ignoramos. Supone aceptar que la experiencia ajena quizá revele aspectos de la existencia que ninguna doctrina ha conseguido abarcar por completo.

El sufrimiento de un desconocido, la confesión de quien ha perdido la fe, la pregunta de un niño o el silencio de una persona que ya no encuentra razones para continuar pueden contener una verdad que no se presenta como un argumento, sino como una herida que reclama ser comprendida.

Pero el hombre encerrado en sus certezas no escucha para comprender; escucha para responder. Mientras el otro habla, prepara una refutación, busca una contradicción o intenta identificar el error que le permitirá conservar su posición. La palabra ajena no llega a transformarlo porque es interceptada antes de alcanzar su conciencia.

Así, aunque permanezca rodeado de voces, vive en una soledad que él mismo ha producido. No carece de interlocutores: carece de la disposición necesaria para encontrarse con ellos.

Esta sordera espiritual resulta particularmente grave cuando se presenta bajo la apariencia de la virtud. El hombre puede convencerse de que su incapacidad para escuchar es una señal de firmeza, de que su rechazo a toda objeción demuestra fidelidad y de que su indiferencia ante el sufrimiento ajeno constituye una forma de obediencia a un principio superior.

Entonces, la conciencia deja de ser un espacio de examen y se convierte en un mecanismo de justificación. Cualquier acto puede ser absuelto si se encuentra una razón suficientemente elevada para defenderlo; cualquier sufrimiento puede ser minimizado si reconocerlo amenaza la integridad del sistema de creencias.

De esta manera, la religión, la ideología, la filosofía e incluso la ciencia pueden deformarse cuando dejan de ser caminos de búsqueda y se convierten en instrumentos de clausura. Ninguna esfera del pensamiento humano está completamente libre de esa posibilidad.

También el escéptico puede convertir su incredulidad en un dogma; el racionalista puede despreciar aquello que todavía no comprende, y quien presume de no someterse a ninguna autoridad puede terminar obedeciendo ciegamente a sus propios prejuicios.

La prisión de las certezas no pertenece exclusivamente a quienes creen en Dios. Pertenece a todos aquellos que necesitan mantener el mundo subordinado a una explicación que los proteja de la incertidumbre.

Porque la incertidumbre es, en muchos sentidos, el precio de la conciencia.

Vivir con lucidez significa aceptar que la existencia no siempre ofrece respuestas proporcionales al sufrimiento que impone; que la justicia no aparece necesariamente cuando más se la necesita; que los inocentes pueden padecer y que los culpables pueden morir sin haber reconocido sus faltas.

Significa comprender que ninguna inteligencia individual puede abarcar la totalidad de lo real y que incluso las convicciones más profundas deben convivir con la posibilidad de una comprensión incompleta.

Aceptar esta condición no implica renunciar a la verdad ni caer en la indiferencia de quien considera que todas las ideas poseen el mismo valor. Implica, por el contrario, asumir con mayor responsabilidad la tarea de buscarla.

Quien reconoce sus límites no se vuelve necesariamente más débil. Puede volverse más cuidadoso con sus juicios, más atento al sufrimiento y menos propenso a confundir sus deseos con la estructura del universo. La duda, cuando no se utiliza como excusa para evitar todo compromiso, puede constituir una forma superior de honestidad: la negativa a presentar como indudable aquello que todavía no ha sido comprendido.

Sin embargo, la apertura al mundo no es solamente una cuestión intelectual. Hay verdades que no se aprenden mediante la reflexión, porque requieren atravesar la experiencia.

Un hombre puede estudiar durante años la naturaleza de la compasión y permanecer indiferente ante quien necesita ayuda. Puede conocer las doctrinas más elaboradas sobre el amor y ser incapaz de acompañar a alguien en su desgracia. La comprensión adquiere otra profundidad cuando deja de ser una abstracción y se convierte en una disposición concreta hacia los demás.

Es entonces cuando el conocimiento se enfrenta a su prueba más exigente: no aquello que nos permite explicar, sino aquello que nos permite reconocer.

En este sentido, el silencio también merece una consideración particular. No todo silencio es señal de indiferencia, del mismo modo que no toda palabra demuestra comprensión. Existe un silencio que nace de la contemplación, otro que protege la intimidad y otro que reconoce honestamente la imposibilidad de ofrecer una respuesta adecuada.

Pero existe, asimismo, un silencio que constituye una renuncia moral: el de quien presencia una injusticia y prefiere no comprometer sus convicciones; el de quien escucha el sufrimiento y lo reduce a una consecuencia necesaria; el de quien ha aprendido a justificar tanto la realidad que ya no siente la obligación de interrogarla.

La diferencia entre ambos silencios reside en aquello que los precede y en lo que dejan abierto. El silencio de la humildad reconoce que todavía puede haber algo por comprender. El de la clausura pretende haber agotado todas las posibilidades.

Uno reconoce el misterio; el otro lo declara resuelto. Uno deja espacio para el encuentro; el otro convierte la ausencia de preguntas en una prueba de seguridad.

Y es precisamente en esa distinción donde se revela la distancia que separa una convicción viva de una certeza muerta.

El paso del tiempo vuelve más evidente esta diferencia. La vejez no comienza necesariamente cuando el cuerpo pierde su vigor, ni siquiera cuando la memoria empieza a desdibujar los acontecimientos. En ocasiones, comienza mucho antes: cuando la conciencia deja de renovarse, cuando el hombre ya no permite que ninguna experiencia altere sus juicios y cuando el pasado deja de ser una fuente de aprendizaje para convertirse en una autoridad incuestionable.

Hay personas que conservan intacta su capacidad física y, sin embargo, habitan espiritualmente un mundo clausurado desde hace décadas. Otras, incluso en los últimos años de su vida, conservan una curiosidad que las mantiene en contacto con aquello que todavía desconocen.

Envejecer espiritualmente significa perder la capacidad de dejarse afectar por la existencia. Significa contemplar el sufrimiento sin sentir la necesidad de comprenderlo, escuchar una pregunta sin examinarla y encontrarse con una idea nueva sin permitir que produzca siquiera una fisura en las estructuras del pensamiento.

El alma envejece cuando deja de exponerse al riesgo de aprender; cuando prefiere la comodidad de una respuesta conocida a la inquietud de una verdad que podría exigirle cambiar.

Y esa pérdida es particularmente dolorosa porque el hombre no siempre advierte que está ocurriendo. Puede continuar hablando de esperanza mientras se vuelve incapaz de reconocerla fuera de sus propias categorías. Puede invocar el amor mientras se distancia de quienes necesitan una forma de amor que no sabe ofrecer. Puede creer que se encuentra cerca de lo absoluto y, sin embargo, haberse alejado de las manifestaciones más concretas de la vida: la fragilidad de los otros, la dignidad de quien se equivoca y la necesidad de ser escuchado sin recibir inmediatamente una sentencia.

Tal vez una de las contradicciones más profundas de la existencia humana consista en que, cuanto más desesperadamente buscamos una certeza capaz de protegernos del misterio, mayor es el riesgo de quedar separados de aquello que intentamos comprender.

El mundo no se agota en las explicaciones que construimos sobre él, ni el sufrimiento desaparece porque haya sido incorporado a una doctrina. La muerte continúa siendo una herida para quien pierde a alguien amado; la injusticia sigue exigiendo una respuesta, aunque se la declare parte de un orden superior; la soledad conserva su peso incluso cuando se le atribuye un propósito trascendente.

Y es aquí donde el silencio de Dios adquiere su dimensión más inquietante.

Ante el dolor de los inocentes, ante la muerte de quien todavía tenía razones para vivir y ante las injusticias que parecen no encontrar reparación, el ser humano vuelve a enfrentarse a una pregunta que ninguna fórmula consigue clausurar definitivamente: ¿cómo comprender el sufrimiento cuando las respuestas disponibles no alcanzan para aliviarlo?

Quien cree puede encontrar en la fe una fuente de esperanza, pero también puede experimentar el desconcierto de no comprender aquello que sucede. Quien no cree puede rechazar toda explicación trascendente y, aun así, enfrentarse al mismo desamparo ante la muerte, la injusticia y la fragilidad de la vida.

Ninguna de estas posiciones debería utilizarse para descalificar el dolor de la otra. Creer no elimina automáticamente las preguntas; dejar de creer tampoco resuelve por sí solo el misterio.

Quizá el problema no consista en que Dios guarde silencio, sino en la facilidad con la que los seres humanos se atribuyen el derecho de hablar en su nombre. Allí donde alguien afirma conocer con absoluta seguridad las razones últimas del sufrimiento ajeno, convendría preguntarse si está ofreciendo comprensión o simplemente intentando protegerse de una realidad que lo incomoda.

Porque hay dolores que no necesitan una explicación inmediata, sino una presencia capaz de acompañarlos. Hay pérdidas ante las cuales las palabras más elaboradas resultan insuficientes, y hay personas para quienes una respuesta doctrinal, por bien intencionada que sea, puede convertirse en una carga adicional.

A veces, la mayor muestra de respeto no consiste en explicar por qué alguien sufre, sino en reconocer que no comprendemos del todo su dolor y permanecer a su lado sin convertir su desgracia en una lección ajena.

Por eso, ninguna respuesta debería eximir al hombre de la obligación de permanecer atento. La fe que no conduce a una mayor sensibilidad corre el riesgo de convertirse en una estructura vacía; el conocimiento que no admite sus límites puede degenerar en soberbia, y la razón que no reconoce la vulnerabilidad humana puede terminar justificando aquello que pretendía combatir.

No basta con poseer una explicación acerca del mundo. También es necesario preguntarse qué clase de persona llegamos a ser al defenderla, qué hacemos con ella y a quién dejamos fuera de nuestro horizonte.

Quizá la verdadera madurez no consista en alcanzar una conclusión definitiva sobre Dios, el universo o el destino humano, sino en desarrollar una conciencia capaz de sostener preguntas difíciles sin recurrir inmediatamente a una respuesta tranquilizadora.

Quizá la sabiduría resida en comprender que la incertidumbre no siempre es un vacío que deba llenarse, sino también un espacio en el que el pensamiento puede permanecer honesto y la sensibilidad conservar su libertad.

Y quizá el acto más profundo de humildad consista en admitir que ninguna verdad, por elevada que parezca, debería utilizarse para justificar la indiferencia ante el dolor de otro ser humano.

No comprendió, quizá, porque hay demasiado en este mundo que escapa al entendimiento humano; demasiados misterios que se revelan apenas para dar paso a nuevas incertidumbres. Pues vivir consiste, en cierta medida, en aprender a convivir con aquello que jamás llegaremos a conocer del todo: perseguir respuestas que engendran nuevas preguntas, buscar certezas en medio de lo incierto y pretender descifrar una existencia cuyo sentido se nos oculta. Hay, acaso, una profecía silenciosa inscrita en el origen mismo de nuestra vida: nacemos condenados a ignorar, destinados a buscar y sentenciados, desde el primer aliento, a encontrar en la muerte el único desenlace inevitable. Al final, el hombre no queda prisionero únicamente de aquello que desconoce, sino también de aquello que cree conocer demasiado bien. Puede pasar la vida buscando una verdad que le permita comprender el mundo y terminar utilizándola para evitar todo encuentro con él. Puede levantar una arquitectura de ideas tan perfecta que ya no encuentre en ella ninguna puerta hacia el exterior.

Cuando las voces de los demás dejan de atravesar sus convicciones, cuando las preguntas pierden el derecho a existir y cuando la conciencia ya no encuentra motivos para examinarse, algo esencial comienza a extinguirse, aunque el hombre continúe creyendo que ha alcanzado la plenitud.

Porque existe una diferencia entre encontrar sentido y clausurar el misterio; entre creer y pretender poseer lo sagrado; entre defender una convicción y sacrificar la propia humanidad para conservarla.

La primera posibilidad mantiene al hombre en movimiento, expuesto a la duda, al aprendizaje y a la transformación. La segunda lo inmoviliza dentro de una seguridad que puede parecerle eterna, pero que, en realidad, lo separa progresivamente de la vida.

Y quizá la desgracia más silenciosa no sea vivir sin respuestas, sino llegar a un punto en el que ninguna respuesta consiga devolverle al hombre la capacidad de escuchar.

El silencio de una fe sin humanidad

Puedes llevar a Dios en la boca y tener el alma en ruinas. Puedes rezarle toda la vida y, aun así, ser incapaz de escuchar el dolor ajeno.

Porque una fe que no conmueve, una oración que no transforma y una conciencia que no responde corren el riesgo de convertirse en refugios del vacío, antes que en caminos hacia la plenitud.

Y cuando el dolor del otro ya no te conmueve, tu fe todavía puede tener voz, pero tu humanidad comienza a enmudecer.

© Thomas A. Riani · Ensayo filosófico

«No cuestiono la fe de quien cree, sino la oscuridad a la que puede llegar cuando deja de cuestionar aquello en lo que cree.»

Comentarios

Entradas populares de este blog

CONCURSOS: CONCURSOS DE CUENTOS Y DE CUENTOS INFANTILES 2023

Historia de la Asociación de Artes y Letras de Valencia, del Hermanamiento cultural Corrientes- Valencia y libros editados